Por Norah Hamze Guilart
Las islas del Caribe, disimiles algunas en relación con el idioma y otros aspectos vinculados a los proyectos de dominación colonial, conservan atributos comunes que las han alineado al pensamiento emancipador y el razonamiento sobre la autenticidad de lazos consanguíneos de índole cultural, a partir del sincretismo europeo y africano, en un territorio geográficamente fragmentado, sometido y silenciado. Es por tanto El Caribe una zona que mantiene aún secuelas perdurables de poderes hegemónicos devastadores, provenientes del colonialismo occidental naturalizado con el descubrimiento del “Nuevo Mundo”.
Referirse a la decolonialidad como categoría aplicada al teatro contemporáneo cubano, impone la reflexión sobre determinados conceptos intrínsecamente relacionados. A pesar de las variadas acepciones y juicios, me asocio a enunciados de algunos pensadores por la conexión con el tema de este artículo. De ahí el concepto “subalternidad” concebido por el filósofo italiano Antonio Gramsci (1891-1937) alusivo a sectores marginados de la sociedad, a partir de una relación de poder basada en la hegemonía, que requiere reorientarse hacia el anticonformismo, la transformación y la toma de conciencia de su condición subalterna por extracción social, género o filiación de cualquier índole. Otras imprescindibles serían “colonialidad” o “colonialidad del poder”, acuñado por el sociólogo y politólogo peruano Aníbal Quijano Obregón (1928-2018) quien lo define como un patrón estructural de dominación global propio del sistema moderno capitalista, originado por el colonialismo europeo a principio del siglo XVI, a partir de la conquista de América y la hegemonía planetaria europea (Quijano 2001).
La revolución de Haití (1791-1804) puede considerarse el primer gran acontecimiento en El Caribe que marca un giro decolonial como confirmación de una postura distinta ante el dominio europeo, por la inversión del “patrón estructural de poder” en el enfoque de la existencia del conquistador y el conquistado. Este suceso condujo a la abolición de la esclavitud y la expulsión francesa de su territorio en los primeros años del siglo XIX.
Han sido trascendentes las formulaciones anticoloniales de grandes pensadores de la región caribeña como el martiniqueño Aimé Césaire (1913- 2008) a través de una obra, definida por la defensa de las raíces africanas y el estudio sobre la negritud. Otra voz significativa es Frantz Fanon (1925-1961) filósofo, psiquiatra (también de origen martiniqués) cuyo pensamiento se centra en la multipolaridad del mundo y en el giro decolonial en tanto respuesta a la dominación opresiva sobre pueblos confinados a una condición de subalternidad. El puertorriqueño Juan Flores (1943-2014) teórico de estudios latinoamericanos, quien al analizar la identidad puertorriqueña como cultura de resistencia se ampara en teorías poscoloniales, profundizando en el predominio de las raíces africanas, la diáspora desde las identidades y la dialéctica de la interacción de culturas transnacionales.
Ineludible para Cuba en este razonamiento son las voces de nuestros próceres y sus ideas emancipadoras, que tiene en el poeta, ensayista, político y filósofo José Martí (1853-1895) al colosal impulsor de las gestas independentistas en nuestra nación y otros pueblos latinoamericanos y caribeños, desde un pensamiento radical y anticolonial. Ejemplo clave es la unión de los exiliados puertorriqueños en Nueva York al grupo liderado por él en el siglo XIX, cuyo propósito era liberar a Las Antillas para conformar una Confederación, donde se incluía a República Dominicana. Todos luchaban por su liberación de poderes coloniales.
En tal sentido amerita distinguir el pensamiento y acciones del generalísimo Máximo Gómez (1836-1905), dominicano, ferviente luchador por la autonomía de su patria, quien se uniera a la campaña liberadora de José Martí y a las huestes mambisas en las guerras de 1868 y 1895. Son hechos que calzan la histórica unidad caribeña en sus aspiraciones de construir sus propios destinos, sobre la afirmación de la legitimidad de sus culturas y el derecho a despojarse de dominios imperiales.
La necesidad de un cambio de paradigma en Cuba fue sumando numerosos ideólogos, intelectuales y creadores, a la corriente liberadora. Figuras célebres continúan el impulso al posicionamiento anticolonial y participan directamente en el ulterior desarrollo de acontecimientos mediante la lucha clandestina y armada, que desencadena en la fundación de una nación erigida sobre la autonomía nacional, con la inclusión de todos a la nueva construcción de la sociedad.
Este suceso consumado en enero de 1959 liderado por Fidel Castro no logra cambios abruptos en el imaginario social. Las transformaciones ocurren gradualmente, a partir de una plataforma inclusiva de acciones concretas para ampliar la igualdad de derechos, que beneficia los patrones de comportamiento de los ciudadanos y sus proyecciones. Aforan aspectos culturales identitarios y se reivindican tradiciones arraigadas en los grupos subordinados históricamente por el poder, segregados y marginados por los regímenes precedentes, quienes componen la mayoría de los habitantes de la isla. Así van descubriendo sus potencialidades individuales, el valor de la inteligencia colectiva y la necesidad de modificar la autoestimación como seres humanos.
La cultura artística y literaria germina con gran fuerza. Los excluidos pasan a ocupar el espacio público en las diferentes manifestaciones del arte. El impulso al nivel de instrucción, intelectual y cultural, marca un vuelco que va permeando las esferas del conocimiento con buen provecho para la evolución a planos superiores.
El teatro tiene su propio recorrido, marcado -fundamentalmente- por décadas. A la consolidación de una voz nacional de la primera mitad del siglo XX se suman nuevos rostros, quienes por su impronta señalan un rumbo importante dentro de la dramaturgia y la escena teatral cubana contemporánea. La segunda mitad del siglo XX es muy prolífera. Se intensifican las publicaciones de célebres dramaturgos de décadas precedentes como Carlos Felipe (1914-1975) quien junto a los célebres Virgilio Piñera (1914-1979) y Rolando Ferrer (1925-1976), integran la llamada “dramaturgia de transición” por el empeño de crear un teatro nacional genuino. Ellos, que entre las décadas del 40 y 60 encaminan la ruptura de esquemas expresivos envejecidos, desde la asunción de personajes y temáticas nacionales actualizados con técnicas del teatro europeo y norteamericano, encuentran el espacio social ideal para sus creaciones.
Sobre el teatro contemporáneo cubano desde la mirada deolonizadora, continúa la reflexión en una segunda entrega para abordar dos obras que son referentes en este análisis: Réquiem por Yarini con montaje de Carlos Díaz para Teatro el Público y Antígona, con dirección de Linda Soriano para Impulso Teatro.
Referencias:
Morales, Pedro: “De la ritualidad teatral y la teatralidad ritual” en Rito y representación. Ed. Iberoamericana, Madrid 2003.
Pogolotti, Graziella: “El silencio de los excluidos”, en Teatro y Revolución, en Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1980.
Entrevista Osvaldo Cano Castillo- Asesor Teatral de Impulso Teatro.
Foto de portada: Delirio Habanero por Teatro de la Luna. Foto: Sonia Almaguer