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Algunas notas personales sobre el Balletómano cubano

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Por Ángel Padrón Hernández

Hace mucho tiempo, allá por 1980, en el portal del Hotel Plaza en La Habana, fui testigo de unos virtuosos 32 fouttés ejecutados con limpieza y asombrosa velocidad por un joven muy delgado al que nombraban “Yuyi”. Con este mote era como llamaban a la primera bailarina Josefina Méndez, las personas más allegadas a ella.

Lo increíble era que el joven los hacía con un par de zapatillas de punta destartaladas: “Estas zapatillas son históricas –aseveró- y me las regalo la propia Yuyi, son mi fetiche, sin ellas no me salen bien los pasos “.

Los que lo rodeaban y aplaudían, lo estimulaban con frases como “dale, Yuyi cabeza, mucha cabeza para que no pierdas el spot”. Y al mismo tiempo iban tarareando en ritmo y tiempo la onomatopeya de la música de los fouttés del Cisne Negro.

Terminado el ciclo de las legendarias 32 vueltas, el joven arremetió con la difícil y archifamosa “vaquita” sobre aquel piso duro rematando con el círculo de piqués que cerró con dos vueltas prefectas. Luego supe que ese joven, quien se preciaba de tener en su repertorio “variaciones de distintos ballets”, hacía esas mismas proezas técnicas en el pórtico del Cine Yara o en las colas de la calle San Rafael para comprar entradas para el Ballet Nacional de Cuba. Siempre traía consigo sus puntas paupérrimas y donde se lo pedían o no, ejecutaba virtuosas proezas.

¿Cómo había aprendido a dominar aquellos pasos en los que muchas bailarinas tardan tanto tiempo en conseguir la perfección? Y se lo pregunté: “Oye, ¿Cómo lograste eso? ¿Alguien te enseñó?” “Nadie”, me dijo el joven con una lánguida caída de ojos, “los aprendí solo de mirar a Yuyi, mi bailarina favorita, adoro a Josefina Méndez. Después de Alicia, ella es la más grande entre todas y mi inspiración. Y yo no bailo, es ella la que me hace bailar, la que desde el escenario “me transmite” la técnica que yo absorbo y acabas de ver el resultado”.

Las Cuatro Joyas. De izquierda a derecha: Aurora Bosch, Josefina Méndez, Mirta Plá y Loipa Araujo. Foto Buby Bode.

Quedé en estado casi catatónico, como creo quedaron muchas de las personas que rondaban aquella zona y que se fueron incorporando a una especie de “función callejera de ballet ”. Lo increíble también de aquel “bailarín balletómano” era su valentía, porque esos eran tiempos en que la homofobia era proverbial en el país. Tiempos de las famosas “recogidas”, donde ser homosexual era ser culpable de tu condición sexual. Aquel impertérrito balletómano repitió la coda más de seis veces a petición de sus admiradores y de todo el que pasaba por esa zona donde, además, recuerdo había una parada de guagua.

Yo también había sido testigo en una función del ballet Coppelia en la sala García Lorca, de algo que me dejó igual paralizado. Como todos saben, en el segundo acto de este ballet, la orquesta repite todo el Vals del primero a modo de obertura; ya un amigo de La Habana me había avisado que me tenía una gran sorpresa y me pidió que nos quedáramos afuera en el pasillo del segundo piso. “No tienes ni idea de lo que vas a ver”-me anunció entusiasmado. Y agregó: “la función buena no es solo en el escenario, hay aquí otra fabulosa, cariño así que prepárate…”

Para mi asombro otro balletómano, alto y muy delgado, en pleno lobby ejecutó de forma brillante y sin un solo fallo técnico el susodicho Vals, que es todo un reto para cualquier primera bailarina. Ese Vals es tan enrevesado técnicamente que para muchos balletómanos, si se hace bien, es como una patente de corso de que será una buena función, porque realmente en la versión de Alicia Alonso es todo un reto técnico aún para las más virtuosas bailarinas. Cuando aquel joven terminó el Vals, atronadores aplausos –incluyendo los míos– estremecieron aquel lobby.

Esas vivencias me adentraron mucho en mis primeros contactos con el ballet, con ese universo fascinante del cual de alguna manera también soy parte: Los balletómanos.

¿Qué es un balletómano? Pues, sin dudas, es aquella persona que adora el ballet, que domina algo o mucho de tu técnica, sabe el nombre de los pasos,  domina con memoria de elefante fechas, nombres de bailarinas, su signo zodiacal, preferencias, gustos, forma en que se viste, si está casada y con quién;  conoce los estilos en el ballet y los defiende atacando con los peores improperios y anatemas cuando las intérpretes los malogran, aplaude vehemente en el teatro, algunos poseen un verdadero patrimonio de adjetivos o epítetos para su bailarina favorita : “perra, regia, única,  divina, sideral, etc.

El balletómano colecciona con verdadero frenesí imágenes de funciones en videos, incluso en formatos antediluvianos, escenas o ballets completos de los cuales han conseguido grabaciones históricas, fotos que tal vez ni el Museo de la Danza tenga; programas firmados por bailarines, rosas secas en un libro –de ballet, desde luego- de un ramo que regalaron en tal o mas cual función de sus adoradas divas de la danza. Esperan a la salida del teatro a su diva favorita para felicitarla e incluso hacerle correcciones de algún paso que no estuvo del todo bien.

Ballet de Camagüey en La fille mal gardée, Teatro Principal, 1991. Al centro: Laura Urguellés, José Antonio Chávez y Ariel Serrano. Foto José Gutiérrez.

En mi juventud, conocí algunos que hacían –yo lo hice- espartanas colas para conseguir una entrada, con largas listas que había que “rectificar”, dejaban de comer si se les hacía tarde para la función o emigraban a otras provincias para ver bailar sus “divas” preferidas. Tengo un amigo que se montaba en aquellos trenes que tardaban un siglo en llegar a La Habana con apenas lo mínimo de dinero para poder ver las funciones de Charín (Rosario Suárez). Muchos balletómano aquí en Camagüey guardaban sus mejores ropas para la función de Aidita Villoch, aunque hubo adoradores de Dania Cristiá, Dorys Pérez, Laura Urgellés, Celia Rosales, Bárbara García, Zoraida Rodríguez. A esta última nadie la igualó ni superó nunca en la velocidad en diagonal de piqués de Paquita, además de que este Grand Pas fue montado especialmente para ella por una rusa, y este detalle pesa mucho en la mente de un balletómano.

Recuerdo que un amigo siempre que se ponía en escena Paquita por otra intérprete, cuando llegaba el momento de la diagonal de “piques”, salía literalmente indignado del teatro y nos decía luego contrariado: “que va, la Zoraida ‘marcó’ esa diagonal y como ella no lo hará nadie, yo prefiero salir…”

La bailarina camagüeyana en Don Quijote con el Ballet Nacional de Cuba. Foto Buby Bode.

En una función de Giselle, si mal no recuerdo con Ofelia González, un balletómano tuvo una memorable discusión con un camarógrafo de televisión, porque habían puesto la cámara en un sitio que no le dejaba ver bien. Se dijeron cosas feas, se insultaron, el balletómano desesperado y ya en el clímax de la indignación, le espetó hecho una furia al camarógrafo: “yo pagué mi entrada y nadie me dijo que iban a ponerme una cámara delante, ¿usted sabe lo que eso significa? Pues que me pierdo el momento en que ella ansiosa y sonriente abre la puerta y sale de la casita y peor aún imagínate, no veré cuando se la traga la tumba con los lirios en las manos…”

Hay otra anécdota estremecedora. En una función de Alicia, los balletómano se aglomeraban embistiendo las puertas de cristal para que los dejaran pasar. De repente alguien le avisa a la Alonso que “su público” estaba enardecido porque no podían pasar. Era un festival, no recuerdo bien…. Ella, medio maquillada pidió que la dejaran hablar con ellos, alguien le dijo que no lo hiciera que aquello sería una locura. Pero Alicia pidió que la llevaran a la puerta e incluso que la abrieran.

“Amigos, por favor, ustedes saben lo que significa esta función -dijo calmadamente- para la cultura de nuestro país y para mí, por favor, sean organizados que todos van a pasar”. Y con un gesto dio la orden a los empleados que abrieran las puertas. Una estruendosa ovación estremeció el lobby del teatro. Y como se pudo, efectivamente todo el que estaba entró al teatro.

Estos adoradores del ballet clásico son capaces de hacer largas colas o pagar precios altísimos por una entrada para la función de su bailarina preferida, aunque es poco probable que un buen balletómano no tenga algunos “contactos” que lo ayuden a conseguir cómo acceder a las funciones de su diva del alma.

En La Habana el fenómeno era más notorio, los había que adoraban a Aurora Bosch, otros a Loipa Araujo, a Mirta Pla. Josefina Méndez fue una de la que más balletómanos tuvo, aunque esa categoría fue exclusiva de Alicia Alonso. Sus balletómanos arrojaban ramos de flores al escenario del García Lorca, la abordaban a la salida, le gritaban exaltados los epítetos más grandilocuentes en medio de una función “única, divina…» Creo que, aunque el término suena un poco “raro”, la bailarina a la que se le adjudicó por algún balletómano delirante el clásico “perrrraaaaaaaa” fue a Alicia Alonso.

Los balletómanos son muy amigos entre sí, mientras no tengan una preferencia divergente a la suya por la bailarina de sus sueños, ejemplos sobrados viví en las colas del Lorca, en aquellos años ochenta de tantos balletómanos adoradores de Amparo Brito, enfrentados a los que sublimaban a Ofelia González.  Discutían de pasos, se disputaban criterios, armaban tremendas alharacas en plena calle San Rafael, ofuscados cuando el criterio del otro no era análogo al de ellos. Presencié literalmente una paliza a galletazos limpios entre dos balletómanos por diversidad de criterios. Desde ese día se pedían la cabeza.  Creo que nunca más se hablaron.

Un caso excepcional en temas de balletómanos fue la bailarina Rosario Suárez. Lo de Charín sí fue algo que todavía me asombra. Un fenómeno social diría yo. Sucedió con ella que todos los balletómanos la adoraban.  Nadie era capaz de cuestionar su grandeza. Le decían “la reina de los jueves”, porque generalmente le tocaba bailar ese día de la semana. Fue ella merecedora de aquel famoso “egregia”, que le gritó un balletómano. O aquel otro “doméstica”, que le lanzó otro balletómano de Camagüey, todo porque en una función del entonces Ballet Teatro de La Habana, dirigido por Caridad Martínez, Charín con una palangana en escena se mojaba el pelo.

Todo el que asiste a funciones de ballet en Camagüey conoce a Hugo, un verdadero virtuoso de epítetos y adjetivos para sus bailarinas preferidas. Una vez le grito a Aidita Villoch, “azulísima”, porque vestía un vestuario de ese color. Hugo tenía el poder de lanzar un ¡Bravo!, extendiendo la vocal final tanto tiempo que uno se preguntaba si hubiera sido cantante, cuánto habría triunfado extendiendo un agudo así tanto tiempo sin respirar.

Igualmente en una función de Coppelia, un balletómano le grito a Rosario Suarez,  “Charín un brazo de Lago”, o sea, le estaba pidiendo a su diosa que en medio de aquel ballet que tiene otro estilo, ella pusiera los brazos como en El lago de los cisnes. Y hay una realidad que bien señala Pedro Simón en su trabajo sobre el balletómano, como todas las obsesiones son dañinas, también este exceso de adoración puede dañar mucho una función y lo que es peor hacer creer cosas equivocadas a la artista que está en el escenario solo por complacer sus “adoradores” que están en la platea.

También se da el caso de artistas que, acostumbrados a complacer el gusto de su público, buscan el aplauso o el alarido extendiendo más allá de lo razonable un balance, aunque el cuerpo este mal colocado, solo con el fin de conseguir el aplauso. Y eso ciertamente no es nada celebrable. Además, el fanatismo de algunos balletómanos con una figura en especial lo hace cegarse de tal manera nociva que no valora o no desea el desempeño de otras bailarinas igualmente buenas y talentosas.

Celia Rosales a la izquierda Bárbara García a la derecha, bailarinas que marcan una época en el Ballet de Camagüey. Foto José Gutiérrez.

Pero un buen y disciplinado balletómano, conocedor y respetuoso –que hay muchos así–, son esenciales en una función de ballet. La comunicación, digamos “espiritual”, del balletómano con el ballet es algo peculiar, pasional, algo que tiene que ver con la adoración y el amor más desenfrenado. Los balletómanos tiemblan de miedo, sudan, sufren, les dan soponcios, taquicardias, cuando su bailarina predilecta no hace la variación tal como ellos esperaban y muchas veces se paran y se van indignados. Un amigo mío se devoraba sus uñas cuando Aidita Villoch ejecutaba una variación. Él no disfrutaba las variaciones, “las sufría”, penando de antemano de que fuera a caerse de la punta o a perder el eje, etc.

Los balletómanos son a veces crueles y no perdonan unas piruetas dobles donde ellos esperaban triples. También es cierto decir que hay un gran grupo de balletómanos que aplauden cuando un bailarín o una bailarina se cae o le falla un paso. Otra cosa particular en este gremio que nos ocupa es que como dijo una vez Alicia, “los grandes públicos siempre aplauden la entrada de las grandes figuras”; se refería, desde luego, que una vez que aparece una primera figura, los buenos y conocedores balletómanos aplauden fervorosamente.

El público cubano en general es de esos “grandes públicos”. Una noche en el Teatro Principal de mi ciudad, bailaba en Paquita Christine Ferrandó –bailarina francesa que, en aquel momento, recibía preparación en el Ballet de Camagüey. Ferrandó no ejecutaba en la coda del ballet Paquita la sucesión de 32 fouttés, sino que hacía solo 16 y los restantes compases los resolvía con un discreto circulo de piqués. Una noche sus padres habían venido de su país a verla y ella no lo sabía, estaban sentados en el, primer balcón como en las películas.

Alguien le avisó a la Ferrandó que ahí estaban sus padres. Un balletómano que estaba cerca le dijo: “Oye Christine tienes que apretar hoy, sobre todo en los “fouttés”, tus padres están ahí, así que suéltate”. Pues bien ocurrió que la Ferrandó esa noche ejecutó sus 32 vueltas cerrando con dobles, lo cual provocó una delirante euforia en el público. Recuerdo que muy cerca de mi había una señora que escuchaba que Hugo, al que ya me referí, muy famoso por sus ditirambos a las bailarinas, le gritaba: “¡lograda, lograda!”. La señora se vuelve hacia mí y pregunta, “qué le están diciendo, ¿rosada?”. Y yo le contesté, no señora, “lograda”. Ella, más desconcertada aun me preguntó: “¿Lograda y qué quiere decir eso? “Quiere decir que la bailarina ‘se logró’ en el escenario, que se logró”. La señora suspiro sin entender y siguió aplaudiendo.

Christine Ferrandó y Osvaldo Beiro en Giselle con el Ballet de Camagüey.

Aunque aclaré bien que La Habana era más pródiga en admiradores del ballet, en mi ciudad este balletómano del que hablo tenia organizado como “un sindicato” de adoradores del ballet, a los cuales “repartía” qué “calificativo o elogio” debían gritarle y en qué momento a la bailarina en cuestión. Estos ocupaban siempre la primera fila de la platea. Asombroso realmente.

Pero no es solamente esto lo que define un balletómano, está por otro lado la gran pasión que siente por el ballet, su capacidad para entenderlo y llegar a tener una gran cultura en este arte secular y complejo. Los balletómanos son capaces de incluso saber la historia del ballet y citar momentos cruciales de la danza con una precisión que envidiaría cualquier historiador del arte.

Barbará García, quien fue primera bailarina del Ballet de Camagüey y del Ballet Nacional de Cuba, gozó en Camagüey desde que se graduó de una especial adoración por parte del público. Una vez bailaba Giselle, en el primer acto, el primer bailarín Osvaldo Beiro se lastimó. Se presentó el segundo acto solo hasta la “iniciación”. Luego de ese momento y bajo una ovación por las tres vueltas con que ella cerró los pirruet en attitude, y con el balance final se cerró el telón. Un suspiro de desaliento envolvió toda la sala, alguien, balletómano acérrimo, me comentó furibundo: “esta niña tiene una técnica que me molesta, no la resisto, es demasiado…, a nadie he visto hacer un grand rond de jambe en l’air, luego pas de bourré sin bajarse de la punta en la variación del primer acto, y ahora esto después de esa iniciación. Es demasiado ya, ¿Qué se cree ella? ¿Que somos de acero? Lo mejor que pudo pasar es precisamente eso, que cerraran el telón”.

En portada: Rosario Suárez (Charín) y Lienz Chang en Don Quijote. Foto BNC.