Al Menos Un Gesto Definitivamente Humano

Al Menos Un Gesto Definitivamente Humano

Por Jaime Gómez Triana

La obra para el teatro de la poeta y crítico teatral Nara Mansur Cao constituye una de las estrategias escriturales de expresión más significativas de la cultura cubana de las últimas décadas. Su mirada de perro andaluz devela de manera peculiar el envés y la trama de una existencia isleña obligada a cabalgar a un tiempo la utopía y la escasez. El modo en que nos contamos y la vida que vivimos conforman en estos textos un mismo canevas. Ella, cual Penélope, teje y desteje, no para mostrarnos el exquisito trabajo manual de una dama antigua o los huecos que sobre la preciosa tela —una familia, una isla, un corazón— han dejado las cucarachas.

Más que una arqueología de la nostalgia interesa a la autora el conflicto actual del que esas evidencias dan cuenta. La violencia con que nos estamos corrompiendo ahora mismo, la falta de concordia, la pérdida definitiva del amor. En medio de todo lo olvidado o dilapidado el texto aparece como un catalizador para amplificar el dolor, gritar SOS, saltar del lecho. La obra actúa como un pellizco que me permite recordar que ni aunque me duerma podré escapar de esta pesadilla.

Pienso en eso y en mucho más cuando asisto a la experiencia radical que a partir de Venus y el albañil, obra escrita por Nara Mansur en 2005, nos proponen Aravind Adyantathaya (director), Alejandra Maldonado (actriz, yo), Christopher John Cancel (actor, tú) y Omayra Garriga (técnica), de Casa Cruz de la Luna. Un colectivo que oscila entre su sitio de origen en San Germán, Puerto Rico, y Nueva York.

Me subyuga cómo el proceso mismo de creación de la experiencia recupera un repertorio de gestos humanos que los personajes no se permiten entre ellos pero que emergen definitivamente del vínculo que la pieza activa con los espectadores. El equipo entiende muy bien el modo en que se construye/gestiona/reivindica la presencia, el estar aquí y ahora para y con los demás.

Desde que entramos a la sala somos literalmente convocados a compartir un acto de lectura del texto. Cuando los actores aparecen en escena ya nosotros hemos estado allí y algunos seguirán entrando y saliendo del espacio escénico. Los actores mismos por su parte también vendrán a nuestro lado en la platea. De modo que el hecho de que estén desnudos y pintados/plastificados de negro me hace pensar en sombras y no en un enfoque racial. Son acaso siluetas que buscan autonomía, actantes de un texto enunciado y reconstituido una y otra vez, cuerpos quemados, carne chamuscada.

Evoco a Pirandello, a Kantor, a Müller, pero sobre todo vuelvo a pensar en mi país, en mis amigos, en la confluencia de las islas, en la libertad enfrentada a todo tipo de violencia, en el drama y el melodrama, en el petróleo y en la energía eólica que contamina también aunque nadie lo dice, en el pueblo mapuche y en mi tocayo Jaime Vargas cantándole las cuarenta en televisión al presidente de su país. Pienso también en los aviones que ya no llegarán, el regreso del dólar y en los que muere  por negligencia. Pienso con horror en el/la enfermero/a que piensa: «si te logro robar el antibiótico puedo venderlo al vecino que lo necesita para su perro» y se lo roba y lo vende y hay que estar pendiente en el hospital para evitar que te mate y no te cure y no te page.

Nada de eso está en la obra, pero está porque una madre violada es el fin del mundo y ya uno no es más el mismo después de eso y porque bañarse en naranja, quitarse la máscara antigás, partir las reglas o ser despellejado frente a todos son acaso las únicas maneras para escapar del dolor, del hueco negro, del paisaje después de la batalla. Creo que esta pieza trata del deseo de ser tratado como un ser humano, del deseo de ser humano. La puesta funciona como un inesperado gesto de amor, inclusivo y fraterno, en medio de un panorama repleto de violencia. No se trata ya de rescatar el humanismo, antes hay que salvar la reserva de humanidad que queda en cada uno de nosotros.

Salgo de El Sótano y en mi cabeza retumban dos peguntas del texto: “¿Habremos evolucionado algo nosotros en este tiempo?… ¿Alguien puede a partir de su propia experiencia decir algo, argumentar?”.

Tomado del Perro Huevero / Fotos Archivo FTH 2019

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