Por Roberto Pérez León
Hay obras que pretenden llenar el vacío teatral que tienen con amagos de juicios sociopolíticos que fungen como criterios estéticos e incluso como soportes teóricos. Y todo puede quedar dentro del imperio de los “post” donde caben la antimodernidad o contemporaneidad actual. Entonces no sabemos qué es lo teatral, el teatro ni por donde se destiló el caudal conceptual de la puesta en escena: obra material como forma de un acto, como algún tipo de performance (Badiou).
El montaje de Águilas y Dragones que hace el colectivo Rompetacones es como un tipo de performance, como una forma de acto. En la puesta que estuvo en el Bertolt Brecht, estrenada en 2014 en la sala Covarrubias, la fenomenología del diálogo que se genera con lo social tiene de realismo y de documentalismo. Águila y Dragones no anda por la periferia. No se trata de un teatro significado sin realidad ni de un teatro de lo teatral sin teatro.
El teatro es un diálogo con la sociedad. Pienso ahora en una de las provocadoras, incomodas y transgresoras preguntas que hizo el relevante hombre de teatro griego, Theodoros Terzopoulos en su mensaje por el Día Mundial del Teatro 2025 cuando se pregunta: “¿Puede el teatro arrojar luz sobre las problemáticas sociales y dejar de arrojar luz sobre sí mismo?”
En Águila y Dragones el teatro se hace incesante. No es de las puestas que se celebran y se cantan a sí mismas y se ensanchan en una teatralidad manipulada por la espectacularidad poco exigente en el orden reflexivo.
Formalmente tenemos en este montaje que la moderación en la visualidad taje se resuelve con lo más básico. Queda claro que lo más importante son los actores y la interacción que generan con el espacio. El espacio vacío se desborda de significados con el punto de vista de las actuaciones dentro de las acciones. Sencillez y esencialidad consigue la puesta en escena que dirige José Enrique Leyva con las actuaciones Miladys Ramos y Jorge Ignacio León.
José Enrique Leyva es el director general de Rompetacones, discreto y seguro creador escénico con esmerada labor comunitaria. El colectivo se caracteriza por la singularidad de la fuerza intempestiva del hacer para le gente. Ellos no se trastornan preguntándose “¿qué podemos hacer que sea nuevo?”, sino “¿cómo podemos arreglárnoslas con lo que tenemos?”.
Águilas y Dragones es una puesta eminentemente logocéntrica. No obstante, las actuaciones, sin abandonar lo canónico, son mareas que fluyen y refluyen. No subvierten, crean sintonías. Miladys Ramos y Jorge Ignacio León se articulan en los sucesos escénicos. Entre planos de intensidades y fuerzas sintonizan con el texto deconstruido y vuelto a componer desde suspensiones y ritmos corporales a veces inestables y otras movedizos, pero siempre consonantes.
Son actuaciones de sustancia plástica. Se potencian. Crean naturalezas coreográficas no por danzar, sino por fijar extensiones del temperamento operante de un texto que hacen objeto de realidades con insoportables rencores e incondicionales amores.
El texto no se diluye ni trastrueca pese los enroques narrativos. La linealidad es intervenida por sacudidas que la hacen laberíntica. Está y se fija en un súbito de ritmos narrativos que constituyen el cuerpo resistente de la enunciación verbal de Águila y Dragones. Existe entre la enunciación verbal y la corporal una energización dramatúrgica. Sucede una transferencia hacia el cuerpo desde el texto y este a su vez se hace vivencia corpórea.
El texto tiene en su inmanencia una exigente expresión corporal. Pareciera que Miladys Ramos, quien es la autora, pensó más en actuarlo que en escribirlo. Su acting transpone al texto anotaciones de una pujante latencia teatral.
Las dinámicas corporales espesan el nivel de significación del montaje donde destacan como significantes discretos y definitorios el diseño de vestuario, de luces, de la banda sonora, de la escenografía solo concebida con una mesita y un andamio muy bien plantado que reta al espacio escénico y también a las actuaciones.
Las tensiones, desarrollos y resoluciones dramáticas definen las dimensiones del sentido que hacen de Águila y Dragones una flecha que no le interesa el blanco sino el impulso.
Fotos: Archivo Cubaescena