Por Kenny Ortigas Guerrero
Invocar el nombre de Camagua dentro del ecosistema cultural cubano trasciende la mera referencia obligada para los salvaguardas del patrimonio danzario, constituye una auténtica patente de corso que legitima un ejercicio artístico ejecutado desde una estricta disciplina, rigor, excelencia técnica y la profundidad antropológica. Su etimología, anclada en la flora endémica de las Antillas, remite a un arbusto de madera albina y resiliente cuyo fruto provee sustento al ciclo vital silvestre. Esta cualidad nutricia opera como una metáfora orgánica que permite a la compañía estar una constante evolución creativa. Camagua no solo interpreta, sino que inocula nutrientes estéticos que vigorizan el quehacer escénico nacional.
Al calificar su obra como “exquisita”, se asume un riesgo semántico en el análisis de la danza. Podría parecer una ambigüedad o un cultismo inconexo —dada la asociación del término con la gastronomía o el exotismo—, pero, bajo una mirada fenomenológica, es el adjetivo que con mayor precisión define la arquitectura del movimiento de esta compañía.
En la contemporaneidad, las danzas tradicionales, populares y folclóricas enfrentan la crisis de la reproductibilidad: el desafío de sostener su vigencia frente a esquemas gestuales prefijados que corren el riesgo de la fosilización. En este escenario, donde cada día el flujo de expresiones de géneros contemporáneos y urbanos desconcentran los gustos y diseminan la atención sobre elementos foráneos que se distancian de lo popular o tradicional, Camagua ha logrado capitalizar una estética de la recepción que cautiva al espectador con sus danzas folclóricas, subvirtiendo continuamente su cenestesia mediante una ruptura de la inercia visual.
Este fenómeno no es azaroso; se articula a través de una rigurosa gramática escénica que combina Virtuosismo y sentido Plástico de la escena con una maleabilidad corporal que permite transitar de la fuerza telúrica del folclor a la fluidez lírica. El Tempo-ritmo y la Dinámica, unidos en estrecho lazo telúrico y sinuoso, conducen el manejo magistral de las acentuaciones y las síncopas motrices. La Geometría Coreográfica en El diseño de composiciones y figuras que eluden la simetría convencional, apostando por una ocupación del espacio proscénico mucho más compleja y disruptiva exigen del elenco de bailarines un máximo de esfuerzo y precisión.
El rigor de Camagua descansa en una dualidad metodológica: una investigación etnográfica exhaustiva del foco folclórico original, seguida de un proceso de teatralización expectante. Así, el dato antropológico se transmuta en hecho artístico sin perder su esencia.
Bajo la égida de Fernando Medrano, el colectivo demuestra que la precariedad material no es un lastre para la potencia creativa, sino un catalizador de nuevas búsquedas semánticas que otorgan lustre a cada propuesta. En sus presentaciones, el concepto de homo laborans se disuelve; la danza de Camagua quiebra la inercia de la “sociedad del cansancio” y la tiranía del rendimiento utilitario, transformando el esfuerzo físico en una apoteosis de resistencia cultural y belleza indómita.





