Un perro que ladra y que podría morder fuerte

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Por Roberto Pérez León

El colectivo Perro Callejero dirigido por Luis Enrique Álvarez ha estrenado El arañazo del yarey, propuesta escénica de la joven agrupación que tiene en su catálogo, además: Yelow Cabaret y El baile de las máquinas, obras premiadas en 2024, la primera mereció la beca de creación El reino de este mundo de la Asociación Hermanos Saíz y la segunda fue reconocida en el Festival DVD Danza Habana.

El arañazo del yarey es un sazonado, refinado y conseguido guateque que alza un curioso, atropellado, pero no estropeado vuelo danzario.

El estreno de El arañazo del yarey deja ver una traza que creo haber visto asomar en Yelow Cabaret: la relevancia de las proporciones dancísticas tiene vasos comunicantes con el teatro. No se trata de danza-teatro, pero sí existe un nutriente teatral poderoso que se manifiesta en la configuración dramatúrgica.

El arañazo del yarey no obstante sus ángulos cabaretísticos y sus escenas de acciones y pasiones teatrales, en su a veces errática contemporaneidad coreográfica, recrea con autenticidad el disfrute de la cubanía desde la fiesta campesina.

Coreográficamente la obra tiene un pulso sucesivo que define el discurso: repeticiones, giros, desplazamientos, retrocesos, avances entre cinco bailarinas en comunidad danzante. Esta dinámica hace del texto coreográfico un juguete visual y sonoro que en su estructura clave contiene una célula rítmica fundacional, definitoria de las cualidades formales y estéticas de Perro Callejero.

El arañazo del Yarey,aunque con pretensiones narrativas, su latido ciertamente está en la danzalidad como esencia de la danza, hacer del movimiento además de una performance, una experiencia sensorial.

Si bien cada uno de los cuadros que integran la obra tiene independencia, la organización del movimiento, las formas o estilos a partir del gesto de los bailes campesinos anclan la obra, pese a los esfuerzos de una dramática que siento tragediosa, en un relato danzario de fuerzas que operan sobre la expresión de un accionar que no reproduce la tradición sino que al danzarla la hace devenir en el presente.

En la danzalidad de El arañazo del Yarey ha intervenido, como veedor y apuntador sagaz, Osnel Delgado quien junto a Luis Enrique ha contribuido a definir dinámicas y a declarar que la naturaleza de la danza no está en la técnica, sino en las relaciones que se establecen entre los bailarines, la música, el espacio, el tiempo, y el espectador.

La calidad coreográfica no está en las individualidades. La energía compartida, la sinergia del colectivo consigue una resignificación contemporánea de símbolos identitarios asociados al campesinado.

Insisto en que esta puesta en escena de Perro callejero tiene en su base de significación fundamentalmente los bailes campesinos sin interés de reproducción folclórica. No representa esos bailes, los actualiza en su potencia de devenir. Desde la tradición, en contra del olvido se activan líneas de fuga (Deleuze) como escape creativo ante lo codificado para hacer algo nuevo, algo que pueda resultar imprevisible y transformador.

El arañazo del yarey no parte de la nada. Reconoce un territorio normativo y lo desterritorializa/reterritorializa convirtiéndolo en zona de enunciación ideoestética.

Tiene Luis Enrique un tino para la música que a manera de flechazo signa su trabajo coreográfico. En esta puesta dictan pauta de movimiento los bailes casi pantomímicos, parranderos y de generosidad gestual que nutren las festividades campesinas.

“Doña Joaquina”, “Papalote” y “Caringa” alientan la banda sonora de El arañazo del yarey. No son canciones. No son bailes. Suenan. Son ceremonias, galas, dedicaciones, apoteosis de la cubanía rural que destila picardía, sutilezas, travesuras danzantes, digamos perrerías.

La banda sonora se compromete fervorosamente al incorporar la caricia de una décima rellolla que, aunque no llega a sonar como tonada, tiene en la voz de Marcos David Fernández Brunet, su compositor y recitador, un sentimiento y emoción íntima.

La música empleada crea además de un espacio sonoro un espacio corporal que de alguna manera reconocemos en Perro Callejero como colectivo que se plantea una operación existencial al activar potencias que podrán configurar un territorio dentro de la danza cubana más contemporánea.

Perro Callejero irrumpe. Esta agrupación es reflejo activo de la subjetividad impetuosa de Luis Enrique Álvarez, joven que desplaza, acelera, yuxtapone, fragmenta con autenticidad nada esencialista y que asume la identidad abierta y relacional, híbrida, performativa.

Foto: Argel Ernesto González