Amistades peligrosas en el Hubert de Blanck

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Por Roberto Pérez León

¿Quién podría no estremecerse pensando en las desgracias
que puede causar una sola amistad peligrosa?
Carta 81 de Las amistades peligrosas

La versión para teatro de Las amistades peligrosas, novela del francés Pierre Chordelos de Laclos, tuvo su estreno por la Compañía Teatral Hubert de Blanck. A pesar de que la obra literaria fue publicada en 1782, tanto el cine como el teatro la han vitalizado formalmente, y a la vez han perpetuado sus personajes calificados sin “freno moral” por Jean Paul Sartre.

La novela es una crónica de aquelarres de la aristocracia francesa pre-revolucionaria. Tiene las anchuras de tratado sobre la conciencia y la manipulación. No se aleja la obra de Chordelos de Laclos de los escándalos de Jeffrey Epstein y Ghislain Maxwell que nos estremecen y horrorizan.

Tiene la novela, y muy bien plantados dramatúrgicamente en escena, un par de libertinos aberrantes. Personajes que destrozan la libertad subjetiva de quien desean conquistar. Conquistar solo por aniquilar la libertad del otro, robarle la voluntad, convertirlo en objeto obediente y poseído.

La encarnación de estos procedimientos la encontramos en el vizconde de Valmont y la marquesa de Merteuil, protagonistas. Los propósitos de ellos están no solo en la conquista sexual sino apoderarse de la libertad de quien desean y lograr la cosificación

Con esta puesta en escena la Compañía Teatral Hubert de Blanck una vez más se arriesga a representar un clásico. En esta ocasión, al partir de la novela Las amistades peligrosas, también sabe llegar al meollo de la teatralidad y su contemporaneidad como lo hizo en las no muy lejanas puestas de Las Brujas de Salem y Romeo y Julieta.

La adaptación de la obra literaria para la escena que hace Judit Carreño, acompañada en la dirección por Juan Carlos García, no pierde la perspectiva dieciochesca. Se mantienen las esencias de la novela epistolar que hace más de dos siglos sigue sorprendiendo en sus andares por las maniobras del poder.

Nuestros jóvenes padecen una cierta orfandad por la escasez de versiones afincadas en moldes del teatro clásico. Los entusiasmos expresivos que generan las manifestaciones del posdrama suelen opacar formal y estéticamente al teatro de compostura aristotélica. Cuando la contemporaneidad se asume creadoramente, sin abandonar las influencias predecesoras, resulta provechoso el diálogo con el estagirita y sus herramientas vivas para lograr la gramática escénica del funcionamiento del drama que no solo refleja la realidad, sino que la interpreta y revela hondas verdades de la condición humana.

Las amistades peligrosas es una obra de lectura inagotable que subvierte la novela tradicional sentimental y moralizante del siglo XVIII. Podemos decir que su grandeza es inherente por sus dadoras significaciones. La obra se renueva, no se desgasta cada vez que tanto el teatro como el cine se acercan a ella.

La puesta en escena del Hubert de Blanck, como la propia novela, se adentra en las profundidades del cosmos de la seducción y del poder a través de la manipulación que hacen posible las máscaras sociales, la ambigüedad moral, la mezquindad inteligente.

Dos son los personajes centrales, diabólicamente perversos, pero aun así fascinantes en sus maldades: el vizconde de Valmont y la marquesa de Merteuil hacen un pacto emocional aberrante y se consumen en sus búsquedas del poder para instrumentalizar al otro en aras del propio ego que no admite ni respeta vínculo humano alguno.

El montaje del Hubert de Blanck tiene poderío teatral. Trajes de época, mobiliario funcional, música barroca, escenografía minimalista que viabiliza rápidas transiciones que hacen de la visualidad de la puesta una moderada revisitación del clásico otorgándole la cualidad de artefacto dramático que nos estremece por su vigencia.

En cuanto al trabajo actoral se me dificulta reconocer quienes están en escena al tratarse de una puesta con doble elenco en cada uno de los personajes relevantes. Pero en la función a la que asistí, que fue la del estreno, las actuaciones no abandonaron las naturalezas dieciochescas y se mueven entre arquetipos modernos desde dinámicas y composturas gestuales sin opulencias. La lucidez con que cada personaje asume la perversidad, la hipocresía, la inocencia, la seducción, la maldad, la sexualidad hace que el trabajo escénico sea elegante y sugestivo en términos generales y con las consistencias dramáticas correspondientes.

La novela formalmente es un tejido de cartas que conforman una red de entornos que Judit Carreño y Juan Carlos García desentrañan en la adaptación que hacen sin que decaiga la consistencia dramatúrgica. Además, hacen la puesta en escena y la dirección artística donde demuestran destreza en vigilar la precisa tensión y la afilada agudeza dramática.

Se trata de una realización escénica de una obra literaria que tiene más de 350 páginas que “queman como solo el hielo puede quemar”. Paradoja esa del hielo que quema y con la que Baudelaire resume la novela de Laclos: fascinante y que repele a la vez disecciona con precisión, con frialdad pasional la seducción sin escrúpulos.

Las amistades peligrosas es una obra que ha tenido memorables y transgresores montajes en el teatro. El nuestro acá en La Habana, sin radicales actualizaciones, trascurre sin tropiezos.

Unos 20 actores en escena, poco más de dos horas de espectáculo, la sala repleta de espectadores que, desde las butacas, doy fe de ello, exploramos un enjambre de emociones a partir de la realidad teatral nada ajena a la condición humana y sus vericuetos.

Fotos tomadas del perfil de Facebookc de la sala Hubert de Blanck