La Cruzada es escuela al aire libre, en contacto esencial con la realidad, pedagogía del intercambio, conocimiento del individuo y de los grupos humanos
Por Omar Valiño
Como cada 28 de enero desde hace más de tres décadas, arrancó la Cruzada Teatral Guantánamo-Baracoa. Partió del centro de la ciudad hacia los campos. Se detendrá en pequeños poblados y caseríos, algunos muy aislados, de varios municipios, los más orientales del territorio guantanamero.
Primero fue costumbre, en medio de condiciones de periodo especial, similares a las del presente. Luego fue tradición, porque los pobladores del macizo montañoso lo exigieron como algo vital para sus existencias. Y porque los teatreros hallaron, en los encuentros con esos públicos, la dicha martiana de ser útiles.
A los del patio se unieron grupos y experiencias, nacionales y foráneos, que contribuyeron a un desarrollo integral de todas las partes. Se alimentó el quehacer teatral como base de toda la expedición. Se sumó el resto de las manifestaciones artísticas. Se postuló y se practicó lo mejor del trabajo comunitario. Se incorporaron estudiantes de arte y otras especialidades para prácticas vivas que no tienen igual en el país.
Así, la Cruzada es también escuela al aire libre, en contacto esencial con la realidad, pedagogía del intercambio, conocimiento del individuo y de los grupos humanos, así como tiempo de superación profesional mediante la discusión de agendas técnicas, espacios de crítica, foros de debate teórico e inolvidable baño de vida. Por igual, ha generado sus propios testimonios en textos de distinta naturaleza, literarios, periodísticos, investigativos, así como en fotos y audiovisuales.
Repaso la historia, desde un recuento personal, porque hace 30 años llegué por primera vez a la Cruzada. Entré por San Antonio del Sur y subí por el Valle de Caujerí, guiado por el inolvidable Rafelito, que se movía entre las instituciones del teatro y del libro, y junto al maestro Armando Morales, quien se convertiría en alegría y presencia fundamental del evento.
No he podido volver en los últimos años, pero nadie que haya participado de la Cruzada la puede olvidar. Curioso, porque las condiciones de vida más difíciles no disminuyen su disfrute. Sus características, su inmersión en la naturaleza y ese conjunto de conquistas enunciadas en síntesis, producen una felicidad muy particular. Un placer motivado, sobre todo, por la constatación de ser útiles, de palpar el servicio concreto del teatro y la cultura.
Esa es la raíz martiana de la Cruzada que, en su edición 36 se le dedica, con justicia, a Fidel en su centenario. Porque él fue el artífice de que las artes en Cuba tocaran a todas las puertas, participaran de lleno en la vida cotidiana de nuestra gente.
Y no otra cosa hace la Cruzada. Habitar el tiempo y el espacio de una geografía que no podemos olvidar. Contra viento y marea, entre el mar y la montaña, desafiando los malos tiempos, trocándolos en mejores vivencias. Impulsando aquel sueño del Apóstol, como si fuésemos al faro de Maisí para decir: al sol voy.
Foto © José Llamos Camejo
Tomado del periódico Granma





