Homenaje a Freddy Artiles en su 80 natalicio

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Por Yoamaris Neptuno Domínguez

La confesión de Freddy Artiles —“Yo fui un niño muy triste… me hubiera gustado que mi madre fuera Dora Alonso y yo ser Pelusín del Monte”— abre una ventana íntima hacia su sensibilidad y su manera de concebir el teatro. Esa tristeza de infancia, transformada en deseo de pertenecer al universo poético de Dora Alonso y su personaje emblemático, explica en gran medida su entrega apasionada al arte de los títeres y su defensa de que el teatro para niños debía tener la misma dignidad que el teatro para adultos.

Como parte de la Jornada Villanueva, la sede de Teatro La Proa acogió un panel en honor a Freddy Artiles en su 80 cumpleaños, con la participación de Blanca Felipe Rivero, María Elena Tomás, Yamina Gibert, Gladys Alvarado, Rubén Darío Salazar y Tomás Hernández. Se dieron cita estudiantes, artistas, profesores y colegas para celebrar la vida y obra de este maestro del teatro cubano.

Entre recuerdos, anécdotas y bromas, se evocó al Freddy sincero, crítico y apasionado. Dramaturgo, profesor, director y antologador, defendió la verdad, la utilidad del arte y la dignidad del teatro para niños y títeres.

Su obra ha sido consulta obligada en el estudio de los títeres en Cuba, se destacó su compromiso con el quehacer teatral en Guanabacoa y batalló por el reconocimiento de Pelusín del Monte y Pérez del Corcho como títere nacional. Sus textos, reediciones y aportes internacionales colocaron al títere cubano en diálogo con el mundo. Hablaba varios idiomas, impartió talleres dentro y fuera del país, y dejó una huella ética y estética profunda.

Los panelistas y asistentes coincidieron en que Freddy fue un hombre duro, recio, agudo y exigente, capaz de ser amargo y agrio en sus juicios, pero siempre inteligente, directo y profundamente cubano. Su carácter fuerte se mezclaba con un humor ácido y una sinceridad que no admitía concesiones.

Era un crítico que alertaba, un amigo que ponía las cosas en su sitio y un maestro que pensaba siempre en términos pedagógicos. Su pasión tenía “cara de limón aunque el corazón fuera de manzana”, y esa mezcla de severidad y ternura lo hacía peculiar, a veces hasta agresivo, pero nunca indiferente.

Freddy vivió del teatro y para el teatro. Su relación con Mayra Navarro fue ejemplo de respeto y complicidad, parte inseparable de su legado humano y artístico. Amaba el uso correcto de los términos y defendía que el teatro para niños y de títeres debía estar a la altura del teatro para adultos.

El panel trajo libros, testimonios y añoranzas de un patriota fundido en hierro, un maestro que nos enseñó que la pasión puede ser exigente y áspera, pero también profundamente generosa.

El encuentro en Teatro La Proa reafirmó la vigencia del pensamiento y la obra de Freddy Artiles. Entre la dureza de su carácter y la ternura escondida en su pasión, Freddy nos dejó la certeza de que el teatro (para niños, para adultos, para todos) es un espacio de verdad, de ética y de belleza.

Foto de portada tomada de la web isa.cult.cu