Entrenamiento técnico corporal para danzas tradicionales: experiencias de formación en Cuba (I)

La mayor aspiración de los especialistas ha sido la creación de una técnica del movimiento corporal propia para bailarines folklóricos y que se complemente con las clases para la interpretación de las danzas tradicionales, pues estas por sí mismas forman parte del entrenamiento técnico-corporal del profesional de esa vertiente del arte danzario.

Por Bárbara Balbuena Gutiérrez

La danza en Cuba ha alcanzado un importante desarrollo escénico que incluye la coexistencia de sus principales formas de expresiones actuales: las Danzas tradicionales, la Danza Contemporánea, el Ballet y aquellos espectáculos danzarios clasificados hoy como “fusión”, en sus más diversos estadios de las vertientes de este perfil artístico. Así mismo, ese progreso puede observarse tanto en el contexto profesional, como en el movimiento de artistas aficionados activado a lo largo de toda la isla.

Las razones que han permitido el alcance nacional e internacional de su interpretación escénica son varias, pero habría que partir en primera instancia de que la danza forma parte de la identidad cultural del cubano desde la aparición de sus primeros atisbos en el siglo XIX. Luego de 1959, ha constituido un factor primordial la política cultural trazada por el gobierno en aras del rescate, la protección y el desarrollo del patrimonio danzario de la nación.

Como parte de la revolución cultural a que estuvo implicado el país en la década del 60, fueron creadas las primeras instituciones artísticas profesionales en el campo danzario: Ballet Nacional de Cuba (1959), Conjunto Nacional de Danza Moderna (1959), Conjunto Folklórico de Oriente (1959), Conjunto Folklórico Nacional (1962), Ballet de la Televisión Cubana (1963), y el Ballet de Camagüey (1967); todas ellas subvencionadas por el estado.

Durante este mismo proceso el Consejo Nacional de Cultura, fundado el 4 de enero del 1961, organizó una comisión de estudio que se encargó de idear el carácter sistémico de la enseñanza artística en Cuba, en este caso a partir de las raíces de nuestra tradición danzaria. Uno de sus valores más importantes ha sido la composición de su claustro, el cual fue integrado desde sus inicios por artistas en activo, bailarines, coreógrafos, profesores e historiadores procedentes de la vanguardia y con un reconocimiento profesional en el quehacer de las compañías danzarias profesionales del país. Este criterio se mantiene vigente, principalmente para el nivel medio y superior de todos los perfiles, en el cual se sustenta también la calidad de la enseñanza y el prestigio de las instituciones docentes.

La estructura del Subsistema Nacional de Enseñanza de la Danza en Cuba está concebida en tres niveles: elemental, medio profesional y el superior o universitario. Se partió desde el precepto de la correspondencia que debería existir entre los contenidos a impartir, en cada uno de los diferentes grados establecidos para el desarrollo del proceso de enseñanza y aprendizaje del arte danzario.

La Escuela Provincial de Ballet de La Habana, fue el primer centro de enseñanza fundado en 1961 y en mayo de 1962 se abrió la especialidad de Ballet en la Escuela Nacional de Arte. Este hecho responde a las sólidas raíces de este perfil de la danza en Cuba, que inició su adiestramiento desde el año 1931, con la primera escuela de ballet en la Sociedad Pro-Arte Musical de La Habana. Posteriormente, en 1950, se fundó la Academia de Ballet Alicia Alonso, con el fin de nutrir y fortificar con bailarines al Ballet Alicia Alonso, creado en 1948. Esta academia constituyó la piedra angular que facilitó en 1959, contar con bailarines profesionales para la creación del Ballet Nacional de Cuba y con profesores para las escuelas de arte.

Antes de 1959, en Cuba se conocía poco sobre la Danza moderna y en el caso de las danzas tradicionales o folklóricas, solo se enseñaban algunas de las de ascendencia hispánicas, impartidas por los profesores de educación física en las actividades escolares de las escuelas primarias. Las danzas de descendencia africanas estaban totalmente marginadas, aunque se mantenían conservadas y practicadas en los focos culturales de manera solapada. El primer paso para el desarrollo de estas vertientes danzarias fue la fundación de sus conjuntos profesionales representativos, hecho que propició la necesidad de formar bailarines para poder satisfacer la demanda de las compañías danzarias. Por esa razón, es que se sigan las bases para crear en 1965, la Escuela Nacional de Danza Moderna y Folklórica, que se dedicaría a la formación profesional de bailarines-profesores de estos perfiles danzarios.

Desde sus inicios, la orientación de la enseñanza de la danza en la academia, se encaminó a la capacitación de sus estudiantes en el aspecto interpretativo, docente y en la motivación hacia la labor de la creación coreográfica, con el objetivo de lograr una formación integral de un profesional del arte danzario que pasara a formar parte de la vanguardia artístico-pedagógica de la nación. Los planes y programas de estudios estuvieron diseñados para cumplir este propósito, por lo que fueron comunes para todas las especialidades de este arte la inclusión de asignaturas dirigidas hacia el entrenamiento técnico-corporal para la interpretación escénica: Ballet, Técnica de la danza moderna, Danzas folklóricas cubanas e internacionales, Percusión y Canto folklórico, Técnica de cargadas, Preparación física, Acrobacia, Composición coreográfica y Repertorio.

A pesar de que en sus inicios se contó con un reducido número de profesores, de poca experiencia docente y no suficientemente capacitados para esta titánica tarea, se logró alcanzar una importante interdisciplinariedad entre las especialidades danzarias que aún se mantienen en los planes de estudios vigentes. Desde la creación de la especialidad de Ballet como parte de la Escuela Nacional de Arte en 1962, se impartió el folklore como asignatura complementaria; los estudiantes de Danza Moderna se entrenaban también con el Ballet y Danza Folklórica; y los alumnos de Danzas folklóricas recibían como entrenamiento Técnica de la Danza Moderna y Ballet; por solo poner algunos ejemplos.

Como forma de acompañamiento musical en las clases de Técnica de entrenamiento en el Conjunto Nacional de Danza Moderna, se utilizaron orquestas instrumentales en vivo de las diferentes vertientes del folklore afrocubano, así como sus polirritmias y cantos ancestrales. Los profesores de la vanguardia artística incorporaron también movimientos corporales de las danzas tradicionales cubanas, fundamentalmente la ondulación del torso y la riqueza de la coordinación de las diferentes partes del cuerpo en constante juego del ritmo de la percusión.

Esta experimentación corporal en la búsqueda de dispositivos de carácter nacional, dio lugar a una técnica propia: la escuela cubana de danza moderna. La experiencia se aplicó en el sistema nacional de enseñanza de la danza, por lo que la escuela y su claustro jugaron un papel fundamental en el desarrollo y perfeccionamiento de los métodos de entrenamiento técnico corporal para bailarines de danza moderna y folklórica.

Por su parte, el Conjunto Folklórico Nacional de Cuba fue un punto de referencia recurrente para la proyección escénica de la danza tradicional cubana y también para los bailadores populares. Coexistió como un centro de investigación en potencia pues asentó su trabajo artístico en un encomiable trabajo de rescate y dignificación de la música y la danza popular tradicional cubana. Contó con un cuerpo de asesores formado por líderes de la comunidad de las diferentes religiones de ascendencia africana en el país, seleccionados por sus conocimientos en los cantos, toques y bailes folklóricos. Ellos fueron también percusionistas acompañantes de la compañía, informantes y demostradores en las clases de adestramiento danzario. Esta experiencia se utilizó para la creación de una escuela anexa al conjunto que garantizó en sus inicios la necesidad de jóvenes bailarines que integraban la agrupación.

Los bailarines del Conjunto se entrenaron, además de las clases de danzas tradicionales de las principales raíces del folklore cubano (hispánicas, africanas y francohaitianas), con ballet, técnica de danza moderna, coro folklórico, actuación, preparación física y acrobacia. Toda esta experiencia, además de la utilización de demostradores populares en las clases de danzas tradicionales, se trasladó al sistema de enseñanza de la Escuela Nacional de Danza moderna y folklórica. Algunos bailarines fundadores de esta importante agrupación, pasaron más tarde a formar parte del claustro de profesores de la academia.

En la constante búsqueda de nuevos derroteros para alcanzar una mejor calidad interpretativa de las danzas tradicionales, tanto el medio profesional como en el académico en Cuba, han existido entre los artistas y el claustro de este perfil de la danza un constante debate relacionado con las técnicas de entrenamiento corporal más adecuadas para la formación de un bailarín de danza tradicional.

Por un lado, se considera que el ballet no es el entrenamiento corporal más apropiado para este perfil, pues tiende a ocasionar rigidez en el torso y las piernas, contrarios a la necesidad del relajamiento, fluidez, soltura y ondulación del movimiento implícitas en las danzas tradicionales cubanas. Por otro, se razona que la técnica cubana de la Danza Moderna y contemporánea es suficiente para alcanzar las habilidades propias de esta especialidad, dadas en la flexibilidad, fuerza, resistencia, balón, coordinación y utilización espacial de los bailarines. La mayor aspiración de los especialistas ha sido la creación de una técnica del movimiento corporal propia para bailarines folklóricos y que se complemente con las clases para la interpretación de las danzas tradicionales, pues estas por si mismas forman parte del entrenamiento técnico-corporal del profesional de esa vertiente del arte danzario.

La profesora Teresa González Martínez (1936-2017), formada en la primera Escuela de Instructores de Arte del país y vinculada al Conjunto Folklórico Nacional desde su fundación, comenzó su labor docente en 1962, en la Escuela Nacional de Arte (ENA) impartiendo folklore en la especialidad de Ballet. Esta experiencia junto a la asesoría en el orden metodológico de profesionales de alto nivel, como Fernando Alonso, le serviría más tarde para desarrollar sus ideas sobre el entrenamiento corporal para la formación de bailarines de danzas tradicionales. Luego de la apertura, en 1965 de los perfiles de Danza moderna y folklórica, la maestra fungió como jefa de cátedra de Danza Folklórica y profesora principal de esta asignatura.

Teresa González Martínez utilizó a los demostradores como uno de los métodos fundamentales para la enseñanza del folklore. Ellos constituyeron un punto de referencia esencial para la imitación de las expresiones, gestos y movimientos, lo más cercano posible a como se producían en los focos folklóricos, pues se proponía como objetivo fundamental, el respeto en el nivel de la proyección escénica, a la autenticidad de los valores expresivos de la cultura tradicional danzaria.

En la continua búsqueda de métodos más eficientes para la formación de los estudiantes de danza, Teresa González crea un método de entrenamiento para la danza folklórica conocido actualmente como Técnica yoruba. La Maestra para su creación toma como referencia los ritmos y movimientos corporales básicos de las danzas de la Regla de Ocha o Santería (de origen yoruba); ejercicios de la técnica de la Danza moderna, basados principalmente en la tensión y relajación de las distintas partes del cuerpo; diferentes procedimientos para la improvisación y creación de la asignatura de Composición coreográfica; así como formas estructurales de las clases de Ballet y Danza moderna.

La Técnica de folklore, como se llamó desde sus inicios, está organizada en una estructura que combina: entrada a la clase, ejercidos de piso (acostados sentados o arrodillados), ejercicios de centro (parados en líneas y el centro del salón), ejercicios en las diagonales (utilizando el espacio total en todas direcciones) e improvisación (ya sea dirigida o libre, a partir de motivaciones relacionadas directamente con el tema de la danza folklórica). Tiene como objetivo fundamental lograr la soltura y la independencia corporal, la coordinación entre las diferentes partes del cuerpo, la creatividad, y el reconocer e interiorizar los diferentes ritmos de los tambores batá.

Luego de su perfeccionamiento e impartición como asignatura dentro del Plan de estudio de la Escuela Nacional de Danza Moderna y Folklórica, se extendió su aplicación al resto de las instituciones académicas de danza que se fueron creando con el tiempo a nivel nacional, en la Escuela Nacional de Instructores de Danza y entre los grupos de artistas aficionados. Esto fue posible por la preparación a que fueron sometidos los claustros a través de seminarios y cursos de superación impartidos por Teresa Gonzáles y profesores que siguieron sus patrones de enseñanza.

La Profesora titular, Graciela Chao Carbonero, resalta la importancia de este método cuando apunta que:

La creación de la técnica del folklore fue un  paso fundamental hacia la sistematización de la enseñanza del folklore de raíz africana, ya que constituye la base técnica que sustenta el aprendizaje de esta importantísima parte de nuestro folklore danzario (Chao, 1998: 2).

Luego de quince años de trabajo ininterrumpido en la enseñanza de la danza folklórica, y como merecido reconocimiento a su trabajo artístico y pedagógico, Teresa González asumió la dirección del Conjunto Folklórico Nacional de Cuba desde el año 1980 hasta su retiro en el 1999.

En el año 1999 y partiendo del programa de estudio realizado por su creadora para ser impartido en el nivel medio profesional, las maestras Borja Jiménez y Siria Agüero, como parte del proceso de perfeccionamiento a que están sometidos los planes de estudio en el Sistema Nacional de Enseñanza Artística, reelaboraron este documento y por consenso colectivo de la cátedra de folklore se le nombró a la asignatura Técnica de la Danza Folklórica Cubana, el cual se mantiene vigente.

El programa fue concebido desde entonces para las especialidades de Danza Moderna y Folklórica del tercer año de nivel elemental, con un total de 108 horas y 36 semanas lectivas por curso para tres frecuencias semanales; siempre como antecesora de la impartición del contenido de las danzas folklóricas de antecedente yoruba. También se incluyó una clase de Técnica de folklore, como parte de los ejercicios del transcurso del examen de Pase de nivel, a manera de una de las habilidades y objetivos a vencer del nivel elemental de danza.

Se argumentó por un largo período de tiempo, entre el claustro, que esta técnica era válida igualmente para la enseñanza del resto de las danzas tradicionales de ascendencia africana y que debería desarrollarse hasta convertirse en una valiosa técnica del movimiento corporal en función de la formación de la especialidad. Sin embargo, continuó hasta el presente siendo una asignatura complementaria de la disciplina Folklore cubano, para impartirla como previa preparación corporal en vías de recibir los contenidos correspondientes a las danzas de origen yoruba, una de las más complejas manifestaciones músico-danzarias cubanas dentro de los planes de estudio del sistema.

El hecho de que el Plan de estudio fuera diseñado para graduar principalmente a bailarines con habilidades y destrezas para desempeñarse en cualesquiera de los dos perfiles de la danza (Moderna y Folklórica), y la visión de que un profesional de amplio perfil se debe caracterizar por su destreza técnico-interpretativa, influyó en la determinación de los asesores y especialistas en implementar un sistema de entrenamiento corporal férreo, a partir de clases de Ballet, Técnica de la danza moderna y la Preparación física. Esta perspectiva se implementó igualmente para las dos especialidades, desde los exámenes de ingreso.

Aunque sin lugar a dudas, el examen de ingreso a las escuelas de danza del país ha partido siempre de la selección de talentos desde determinados parámetros establecidos en cada uno de los perfiles, las condiciones físicas (tamaño, peso, elasticidad, empeine, balón, etc.) se imponen como requisitos determinantes en la captación, con vistas a lograr la formación de un bailarín que sea capaz de desempeñarse en las dos especialidades. Este hecho ha provocado algunas problemáticas en aspirantes a danzas tradicionales, que, contando con una alta aptitud y competencia para el perfil, no puedan acceder a la carrera por poseer algunas limitaciones corporales de esa índole.

Esta problemática fue revertida cuando, en septiembre del 1991, se inauguró la especialidad de Danza Folklórica independiente de la Danza moderna, a partir del nivel medio profesional, aunque solo tuvo una duración de cuatro años. Posteriormente en 1992, se abre paralelamente este perfil en la Escuela Profesional de Arte de Villa Clara, el cual se caracterizó por la calidad de sus graduados, que proporcionó bailarines talentosos a las compañías de las provincias centrales del país y de occidente, así como a las aulas del Departamento de Danza Folklórica de la Facultad de Arte Danzario. Igualmente fue tronchada esta experiencia cerrando el curso en el año 2005.

La Escuela Nacional de Danza y su esquema institucional influyó para la conformación de la Carrera de Arte Danzario del Instituto Superior de Arte, pues sirvió de modelo para establecer los planes de estudios, los programas y los métodos para la enseñanza en todos los perfiles danzarios, así como la conformación de los claustros. La END fue considerada por un largo período de tiempo, como el centro de mayor nivel académico del país, por esa razón la enseñanza superior de este arte se vio obligada a proyectarse por encima de ese derrotero ya alcanzado, por lo que se vio obligado a definir un proyecto propio en correspondencia con las necesidades del encargo social del arte danzario contemporáneo.

Foto de Portada: Bárbara Balbuena

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