Una Danza Viva Que Dialoga Con Lo Ancestral

Por Kenny Ortigas Guerrero

El hecho folclórico, como diría el maestro Ramiro Guerra «es un fenómeno vital de fuerte espontaneidad en la vida cultural de los pueblos».

Sus disímiles manifestaciones han sido fuente de comunicación entre los seres humanos de diferentes regiones y desde sus legados histórico-religiosos se ofrece una cosmovisión del mundo que ayuda a comprender la realidad desde diferentes perspectivas. Preámbulo necesario para dar la bienvenida a la escena al último espectáculo del Ballet Folclórico de Camagüey San la Muerte y los Muertos, que bajo la dirección del maestro Reinaldo Echemendía Estrada se presenta por estos  días en tierra agramontina.

Con tratamiento cuidadoso desde el cuidado dramatúrgico y conceptual, la obra nos acerca a una temática poco recurrente en cuanto a creación artística folclórica: la muerte. Con una acción transversal que nos muestra una visión del fenómeno a través de diferentes religiones, el espectador presencia un acto de entrega total por parte del elenco de bailarines, cuya proyección traspasa las fronteras del escenario y sumerge a todos en una comunión recíproca de emociones. ¿Qué hay más allá de la muerte? ¿Es solo el comienzo de un largo camino? ¿Cómo enfrentarla? ¿El miedo a la muerte es más terrible que la muerte en sí misma? Esta, entre otras preguntas que suscita la puesta, constituye la sustancia en el tejido argumental.

La danza —por momentos frenética— de los bailarines nos remite a los primeros rituales  donde en perfecta armonía orgánica, el ser humano y la naturaleza se fundían en una estructura que posibilitaba el autoconocimiento del ser en un contexto que en ocasiones se mostraba —y aún lo es— incierto y que pide a gritos diversas relecturas. La necesidad de acercarse a la pureza espiritual y encontrar asidero en ella, marcada por la añoranza de seres queridos que ya pasaron el umbral de la vida, también es motivación de la propuesta.

Con un camino que inicia por la visión catolicista de la muerte con sus ritos y símbolos propios, luego nos vamos adentrando en el complejo entramado de los espiritistas cubanos. La cultura haitiana también tiene su espacio con un Papá Ghedé grotesco e irreverente, que sirve de intermediario y guía a las almas hacia el otro mundo. Los congos y paleros ofrecen su visión a través de la nganga, donde habitan los espíritus y los Abacuá a los que Sikán les recuerda que ella existió como mujer y que fue asesinada tras revelar su secreto. Con todos estos eslabones se construye la cadena de sucesos que juegan, seducen y conmueven la atención del espectador aunando efectos sensoriales que como estructura global le provocan disímiles razonamientos estéticos y lo sensibilizan intelectualmente.

Aunque el tratamiento al complejo mundo de los cultos afrocubanos puede resultar hermético y distanciado para los no practicantes y pareciera por momentos que la acumulación de referentes intrincados de estas culturas nublara la recepción de una parte de los asistentes, con San la Muerte y los Muertos, el poder de síntesis regula en dosis adecuada cada elemento expresivo que aglutina las ideas y se hilvana cierta cronología que sin caer en el didactismo revela formas y sentidos que hacen más pequeña la brecha entre el hecho religioso y su conocimiento popular. Los vestuarios con aires translúcidos contribuyen al movimiento creando la sensación en muchos casos de que se levita al igual de la atmósfera espectral en el que se mueven las acciones.

Desde el punto de vista investigativo, se aprecia la búsqueda profunda en las raíces remotas de la tradición folclórica, reconstruyendo a través de la teatralización del folclor lo auténtico, que reside en los postulados y razones primarias más antiguas y que de igual modo han sufrido un proceso de sincretismo.

El Ballet Folclórico de Camagüey amplifica desde la danza el misticismo y las creencias que, en un largo intercambio como la transculturación, han conformado el imaginario y la vida de buena parte del pueblo cubano. El paroxismo que regala el espectáculo articula, entre los bailarines noveles y los de más experiencia, un equilibrio interpretativo que se agradece y que irá consolidándose con rigor y entrenamientos sobre todo en los que se inician.

La actuación en trance que llena muchos cuadros de la puesta sirve también para retar a esa persona que emplea tiempo para ir al teatro y busca tener una experiencia que estremezca sus sentidos, más aún cuando este tipo de representación no es frecuente en la escena actual. La puesta se presenta como un organismo vivo, en  pleno desarrollo y que crecerá en la medida que cada idea expuesta encuentre más sustratos y los bailarines se vayan apropiando de ellos coherentemente sin colmar de manera excesiva el camino encontrado. El ritmo trepidante del espectáculo nos remite a los principios de destrucción y vida, a los que también el maestro Ramiro Guerra hace alusión en sus estudios. La cualidad del movimiento que se ejecuta sobre la base de un compromiso físico en el que el bailarín queda exhausto al final de su interpretación, es recompensada a lo largo del espectáculo con las vivencias que se intercambian y que se deslizan absorbiendo el escenario. Aunque el espectáculo en su totalidad se apodera de los sentidos del público, creo que sería importante ponerlo en otros espacios donde la relación proxémica entre espectador y la puesta sea más estrecha y directa, comulgando en un intercambio más vívido, pues a veces la distancia entre escenario y platea puede desvirtuar el efecto deseado.

Con este estreno, el maestro Echemendía como uno de los máximos defensores y exponentes del arte folclórico en el país, nos habla de lo imprescindible que se vuelve el estudio y profundización de la cultura afrocubana para poder llevar al arte de manera verosímil los elementos de la tradición. Es una forma de proteger nuestro patrimonio, siempre concibiendo una danza viva que dialoga con lo ancestral.

Foto de portada tomada de la página en Facebook del Ballet Folklórico de Camagüey

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