Sala Llauradó: la más popular entre público y artistas

Por Esther Suárez Durán

La Sala Adolfo Llauradó arriba en este mes a sus dieciocho años de existencia. Como no podía ser de otro modo, todo un acontecimiento artístico le dio vida: el estreno el 28 de febrero de 2003 de una peculiar versión de la obra Tartufo, realizada por Raquel Revuelta, actriz y directora, y además, Directora General de Teatro Estudio, quien decidió conducir a la escena este texto de Moliere, en una versión teatral propia en la cual destacaron los primeros actores Mario Aguirre, Alina Rodríguez, junto a Osvaldo Doimeadiós y Renecito de la Cruz, entre otros intérpretes.

La presencia de la nueva sala en el panorama de las instalaciones teatrales habaneras se relaciona con el que resultaría el último cisma (1991) de Teatro Estudio, en sus cuarenta y cinco años de existencia. En aquel entonces, Raquel decidió aprovechar de manera permanente el espacio de la cochera de la bien conocida Casona de Línea, un valioso inmueble entregado a ella por el Gobierno Revolucionario, al inicio de los sesenta y que ella puso de inmediato al servicio de la agrupación que encabezaba. La Casona, como se hizo común nombrarla entre la gente del medio, fue empleada como almacén, espacio de ensayos y, en algunas ocasiones memorables, lugar de representación, como sucedió con Las tres hermanas, La conquista de México y Medida por medida. De este modo, para la referida zona fueron preparados los planos de dos áreas de presentaciones: la primera, una pequeña sala teatral, de 126 asientos y, la otra, un breve espacio exterior, anexo a la misma, donde fuera posible realizar diversos tipos de intercambio tales como peñas, recitales de música y poesía, narraciones de cuentos, y  monólogos.

La sala teatral fue nombrada Adolfo Llauradó por la propia Raquel, en homenaje y memoria de quien fuera un versátil actor del teatro y el cine cubanos y un fiel amigo hasta su temprana  muerte. Tras la desaparición física de Raquel, en el 2004,  y el fin de la compañía, la instalación teatral quedó siendo administrada por Alberto Oliva durante un breve tiempo hasta que, finalmente, pasó al cuidado y atención de Juan Carlos Núñez, contador de formación, quien en una de estas vueltas que da la vida integró el staff de la Casona de Línea, en el instante en que se buscaba un administrador.

Desde entonces hasta hoy La Llauradó, como la llaman público y teatristas, ha protagonizado la vida escénica de La Habana, abriendo sus puertas, inicialmente, de viernes a domingos; acogiendo, luego, a los espectáculos para niños durante los sábados y los domingos; extendiendo sus servicios a las tardes de martes, miércoles y jueves, en cuanto se restablecieron las funciones en estos días de la semana (las habíamos tenido históricamente en todas las salas teatrales hasta el inicio del período especial). La sala, ha participado en todos los eventos teatrales celebrados en la capital y ha recibido en su seno a miles de artistas y cientos de compañías, lo mismo cubanas que extranjeras, dejando siempre en sus usuarios un recuerdo entrañable, del cual da fe el libro de Memorias de la Sala, que atesora Núñez en la oficina de administración.

En varios períodos, la sala ha duplicado el número de funciones planificadas, como sucedió en 2014 y, más tarde, en 2017, mientras con las cifras de público sucede algo semejante. En la diferencia que se observó en 2014 intervino la orientación de suspender las funciones de entre semana, en razón del ahorro de electricidad y combustible, pero los trabajadores de La Llauradó, apremiados por la gran cantidad de artistas y agrupaciones que solicitan a diario la instalación para sus presentaciones, demostraron que podían desarrollarse otras estrategias para tal fin y en marzo de ese propio año se restablecieron las funciones de martes a jueves.

De este modo, la sala expuso tres espectáculos distintos cada semana: uno de martes a jueves en doble función de seis y 8:30 pm, si la afluencia de público así lo demandaba; otro, sábado y domingo, a las 8:30 y las 5:00 pm, respectivamente y, el tercero en las mañanas de sábado y domingo dirigido a los niños, a todo lo cual se añaden asambleas, filmaciones, clausura de eventos durante una mañana cualquiera.

El equipo técnico de La Llauradó es conocido por la calidad de su desempeño, su capacidad para innovar y solucionar problemas, su disposición, buen trato y la empatía que consiguen con artistas y público, a la par que la sala es referencia de las instalaciones de la capital y del país, y lo mismo sucede con Juan Carlos Núñez, un hombre  que se ha enamorado del Teatro y al cual  caracterizan su discreción, organización y capacidad de liderazgo.

Durante un extenso período de casi década y media todas las butacas se mantuvieron en perfecto estado desde el instante de su inauguración, precisamente por el cuidado y desvelo del personal de sala y de la referida administración. Ya para el pasado año, la sala cambió sus lunetas. En similar estado de conservación se hallan el escenario, los camerinos y los telares. Si algo falta por mejorar en la instalación son los baños del público, reequipados recientemente, pero que, sin embargo, aún distan de lograr la altura del resto de la instalación, un tema este que se comporta del mismo modo en otras instalaciones teatrales de la capital y del país –según la opinión de los especialistas– y que necesita solución definitiva.

Hoy por hoy, la Sala Llauradó junto al Trianón, distantes entre sí apenas unas cuadras, resultan los dos espacios teatrales más populares de la capital, con la peculiaridad que, mientras el segundo, de mayor capacidad, es sede de una sola compañía y brinda funciones los fines de semana, la primera acoge a producciones de muy diferentes géneros y formatos, tanto cubanas como extranjeras. Y, ciertamente, admira la eficacia y precisión con la cual labora este grupo de trabajo, organizado y especializado a tal grado que para él resulta casi habitual el cambio diario de programación que implica un festival, llegando, incluso, a poder presentar dos espectáculos diversos entre la tarde y la noche de un mismo día.

La relativa estabilidad de sus miembros, en períodos de la vida nacional caracterizados por una gran inestabilidad laboral, resulta, también, un índice importante, porque todos han desarrollado un inmanente sentido de pertenencia. Y es que la piel y los sueños de Ale (Ojeda Galguera), Norberto (Parra), Adelfa (Lezcano), Armando (Mandy Corbo), Galina (Hernández), Mercedes (Mercy García), Vitico y Juan Carlos Núñez, forman parte de la curiosa materia que conforma este espacio al cual solo la dedicación y el amor dotan de una curiosa magia.

Felicidades al equipo de la Sala Llauradó y a sus nuevos integrantes, acompañados ahora por Marisol, Consuelo y Lisandra, que se encargan de las delicadas tareas relacionadas con la promoción. Valdría la pena pensar en unas jornadas de intercambio de experiencias entre los equipos de las instalaciones teatrales de la capital, que las mejores prácticas de cada una resulten conocidas por todos; tal vez las carencias y déficits encuentren en ese espacio el inicio de su remedio. Entre tanto, que La Llauradó siga bogando hacia su veinte aniversario, en el 2023, con todo el velamen desplegado.

En portada: Sala Adolfo Llauradó. Foto Archivo Cubaescena.

 

 

 

 

 

 

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