Raquel, a noventa y cinco años de aquel instante

Por Esther Suárez Durán
Este sábado 14 de noviembre arribamos a los noventa y cinco años del natalicio de Raquel Revuelta Planas, una de las leyendas de nuestra escena. Actriz de todos los espacios dramáticos, la radio, la televisión (que le proporcionó una enorme fama), el teatro y el cine por más de seis décadas, puso, por encima de todas, aquella que demandaba el mayor esfuerzo y producía escasos dividendos: el Teatro.
Tal vez sea esa eterna predilección, defendida en todo lance, uno de los misterios de su persona a la vez que el lugar donde mejor se enuncian las claves de su carácter.
No fue nunca un secreto que procedía de una familia humildísima, aunque decidida amante del arte y la belleza; que aunque lucía un porte espléndido y estaba dotada de una avasallante belleza, así como de una voz singular prefería en todo trance la vida sencilla y la gente de pueblo. En efecto, Raquel elegía ser concisa y directa, no ocultaba sus pasiones ni sus desagrados, y nada tenía que ver con joyas, oropeles, celebraciones y modos de vida sofisticados.
Este interés por el ser humano y esa particular humanidad que, por cierto, no muchos pudieron entrever, unida a la antipatía por cualquier cosa que pareciera frívola, falsa o ligada a la vanidad, la hicieron optar por el Teatro y desarrollar en él una carrera como actriz, a la par que como Directora Artística y mantenerse en un sitio en el cual la colocó la vida y sus contradicciones, en la primera mitad de los años sesenta: Directora General de Teatro Estudio, la entidad teatral más importante de todo el siglo XX cubano y faltará por ver, con el correr de los años, si la historia que estamos viviendo en este preciso instante y la por vivir no lo proclame como el más trascendente de todo nuestro tiempo, lo cual, aunque por supuesto, no es obra personal ni privativa de ella, tampoco hubiese podido desarrollarse en su ausencia.
Habanera por excelencia, primera hija del matrimonio de un español y una cubana, nacida en las postrimerías de 1925, todavía una adolescente fue iniciada por su padre en el gusto por la poesía y el arte de la declamación, mientras a su hermano Vicente se le reservaba para la música y el canto. Por tales caminos triunfó Raquel en unas de las primeras ediciones de la Corte Suprema del Arte y en La Escala de la Fama, espacios destinados a la búsqueda de nuevos valores en el arte.
A partir de la década del veinte, el clima ideo-político en el país, y en especial en La Habana, se enriquece con movimientos de trabajadores, de estudiantes –con un líder de la talla de Julio Antonio Mella–, y de intelectuales que tributan a él; también tiene lugar la llamada Protesta de Los Trece, los escarceos del Movimiento de Veteranos y Patriotas, se funda el Partido Comunista en la Isla. Vicente Revuelta, padre, tiene vínculos con algunos comunistas, se leen folletos y libelos en la casa; más adelante, durante la segunda mitad del treinta llegan de Europa intelectuales exiliados ante el avance del nazismo y sus atrocidades, muchos de ellos contribuyen de manera evidente con el desarrollo de las artes en Cuba, y es este el caso del Teatro. En 1940, se funda la primera Academia Teatral (ADADEL), desde el inicio a sus inquietos estudiantes se les exhorta a crear, de estas filas saldrán muchos de los primeros y principales directores y actores del llamado Teatro de Arte Cubano que marcarán pauta durante el resto de los cuarenta y cincuenta.
En casa de los Revuelta-Planas se hace visita frecuente Julio Martínez Aparicio, empeñado en hacer actuar a Vicente padre –algo que se conseguirá finalmente— y quien descubre en Raquel un tesoro para la escena, mientras el espigado Vicente no pierde ni una palabra de aquellas conversaciones, lecturas de libretos y ensayos de algún fragmento de escena, hasta que logra enrolarse en uno de los repartos de ADAD, la agrupación teatral que los estudiantes de esta primera academia fundarán –cuando la Academia se pierda ante la partida de Rubia Barcia de La Habana— y que lleva las siglas de aquella en su nombre como homenaje imperecedero.
Entre tanto, Raquel se incorpora a Teatro Popular, fundado en 1941 por el actor, escritor y director, Francisco (Paco) Alfonso, una institución entrañablemente ligada a los sindicatos y sectores humildes del país y más tarde sigue a Paco a la radio, en la Emisora Mil Diez, llamada la Emisora del Pueblo. Se inaugura en esos momentos una opción estética, se efectúa una toma de partido, en este caso por la justicia y la equidad social en una línea de compromiso social y político con la que ella siempre sería coherente en medio de los debates públicos y también en los privados, algunos insospechados y que quedarán fuera de cualquier historia, en aquellos donde se involucraba su yo más íntimo.
Cuando la radio, medio que aparece en Cuba en 1922, descubre su voz impresionante y su temperamento ya no le deja marchar, pronto Raquel extenderá su actuación a los principales espacios dramáticos radiales.
El Teatro Campoamor, que hoy está –al fin— en un delicado proceso de recuperación, la tuvo en su escenario, en 1943, en el marco de una de las temporadas que realizaba anualmente la reconocida Compañía de Eugenia Zufolli. Más tarde, entre 1947 y 1951 intervendrá en varios de los espectáculos auspiciados por dos importantes instituciones teatrales en la historia del teatro cubano: el grupo ADAD (El despertar de nuestra muerte, de Henrik Ibsen; Juana de Lorena, de Maxwell Anderson; Teresa, de Thomas Job –versión teatral de la novela Teresa Raquin, de Emile Zola—; Monserrat, de Emmanuelle Robles, Auto de fe, de Tennessee Williams; y el Patronato del Teatro (La rebelión de las canas, de Rafael Suárez Solís; El Hombre, la bestia y la virtud, de Luigi Pirandello; Ardel o la margarita, de Jean Anouilh).
En 1947 comenzarán a ser reconocidos su talento y disciplina: obtiene su primer reconocimiento de envergadura, el Premio Talía de ese año a la Mejor Actuación Femenina por su labor en Nada menos que todo un hombre, de Miguel de Unamuno, conducida por Luis Amado Blanco, con el Patronato del Teatro. Con este codiciado lauro volverá a ser distinguida en 1952, junto con el Premio de la Unión de la Crónica Tele Radial Diaria (UCTRD) y el Premio de los periódicos Avance e Información. En 1954 recibe el Trofeo Antillana, de los Redactores Cinematográficos y Teatrales, por las películas filmadas en Cuba y México, junto al Gran Premio Avellaneda, de los Críticos Asociados de Radio y TV, como la Actriz Más Valiosa del Año. En 1956 le otorgan el Premio de la Agrupación de Redactores Teatrales y Cinematográficos como la Mejor Actriz del Año, por su notable actuación en la versión que realizan Julio García Espinosa y Vicente Revuelta de la obra Juana de Lorena, llevada a la escena por este último. En estos años, junto a Julio García y a su hermano Vicente, la actriz formaba parte de la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo que agrupaba a los artistas e intelectuales más progresistas de la época.
Tras la primera emisión de un programa televisivo en Cuba, en 1950, su reconocida calidad y sus singulares dotes físicas la tornaron en una de las primerísimas figuras de la televisión, protagonizando dos espacios fijos semanales. Esta popularidad Raquel la pondrá al servicio del movimiento revolucionario y del desarrollo del teatro en Cuba, sobre todo en la ampliación y desarrollo de los públicos.
En 1958 inició, junto a Vicente y otros seis artistas, la aventura de su vida: el grupo Teatro Estudio, agrupación paradigmática de la escena cubana de la cual fue Directora General durante 36 años.
Esta institución fue formadora de actores, directores, dramaturgos, diseñadores y técnicos; con ella se vinculan gran parte de los más importantes acontecimientos culturales de la escena cubana a partir de la segunda mitad del pasado siglo.
En el seno de Teatro Estudio, Raquel se desempeñó, además, como actriz y directora artística, y son recordadas sus actuaciones protagónicas en El alma buena de Se Chuan, Fuenteovejuna, Madre Coraje y sus hijos, Las tres hermanas, Santa Juana de América, todas bajo la dirección de su hermano Vicente, y Comedia a la antigua, un hermoso proyecto junto al primer actor Enrique Santiesteban con la conducción de María Elena Espinosa
Raquel Revuelta era, en ese entonces, una joven directora, sus puestas en escena de Tupac Amaru, La ronda, Los diez días que estremecieron al mundo –junto al importante director ruso Yuri Liubímov—, Doña Rosita la soltera, Concierto Barroco y Tartufo, espectáculo con el que inauguró, en el 2003, la nueva sala Adolfo Llauradó, la cual lleva este nombre por iniciativa de Raquel. Sala y obra resultaron sus últimos proyectos artísticos.
Por su parte, el cine la inmortalizó en cuanto a memoria escénica con Siete muertes a plazo fijo (Dirección de Manolo Alonso, 1950), Morir para vivir (1954, Miguel Morayta), La rosa blanca (1954, Emilio Fernández), La fuerza de los humildes (1955, Agustín P. Delgado), Y si ella volviera (1956, Vicente Oroná), Cuba baila (1960, Julio García Espinosa), Lucía (1968, Humberto Solás), Aquella larga noche (1979, Enrique Pineda Barnet), Cecilia y Un hombre de éxito (1981 y 1986, respectivamente, ambas de Humberto Solás).
Esta extensa trayectoria en el séptimo arte, le mereció, en 1997, el Premio Coral por el conjunto de su obra otorgado por el Festival del Nuevo Cine Latinoamericano.
A la televisión regresó únicamente en los setenta para protagonizar la novela Doña Bárbara, de Rómulo Gallego, en versión y dirección de su gran amigo, el reconocido director televisivo Roberto Garriga. Su personaje hizo época.
Durante su intensa vida integró numerosos jurados en certámenes literarios, teatrales y cinematográficos en Cuba y otros países. Fue Profesora Titular del Instituto Superior de Arte, lugar donde se desempeñó por un período como Decana de la Facultad de Artes Escénicas. En reconocimiento a su labor dicha institución le otorgó, en 1985, el título de Doctora Honoris Causa en Artes.
En atención a sus indiscutibles méritos, su trayectoria y su reconocimiento el Ministro de Cultura le solicitó que ocupara la Presidencia del recién creado Consejo Nacional de las Artes Escénicas del propio Ministerio, tras la compleja reorganización institucional que se iniciara en 1988.
Durante varios años fue la Presidenta de la filial cubana del Centro Latinoamericano de Creación e Investigación Teatral (CELCIT), entidad cultural de promoción e investigación artística que agrupa a numerosos teatristas de Iberoamérica.
Esta intensa labor, esta voluntad de servicio y la excelencia de su obra artística fueron reconocidas con la Distinción por la Cultura Nacional que otorga el Ministro de Cultura, la Medalla Alejo Carpentier y la Orden Félix Varela del Consejo de Estado de la República de Cuba. Por último, en 1999, momento en que se instituye el esperado Premio Nacional de Teatro, que reconoce la obra de toda una vida, Raquel y Vicente Revuelta fueron unánimemente seleccionados para ser sus primeros acreedores.
En tiempos en que apenas se pronuncia su nombre, cuando pareciera que la desidia, la ignorancia y la vanidad inútil lo condenarán al olvido, la memoria inefable de esa mujer compleja e intensa que fue aparece como letrero de fuego avivado por las llamas de no sé qué curiosos vientos.
Raquel, por tantas cosas inexpresables en palabras y tal vez representadas todas del modo más simple en su Laurencia y en esa memorable madre que interpreta en Un hombre de éxito, regresa una y otra vez y se instala entre los grandes mitos de la escena cubana y acaso se haga imprescindible, precisamente hoy, por hacer del teatro ara y no pedestal en un ejercicio cotidiano e implacable de honestidad artística; por su inconformidad genuina; por pelear todas las batallas en las cuales creyó sin importarle el precio, aun cuando alguno resultara excesivamente alto.

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