Lorenza Böttner

Por Edgar Ariel

Mitones negros

Tienes ocho años. Vives en Punta Arenas. Punta Arenas es un pueblo solitario en el centro de la Patagonia, al sur de Chile. Vives en ese pueblo austral con aroma nevoso, donde el acento tiene un dejo nasal de peón, y los hombres, muchos de ellos, llevan pantalones ajustados, chupallas de ala ancha y zapatos taco cuadrado; como en el Medio Oeste de Kansas, solo que allá las botas suelen ser de tacones altos y punta afilada.

Has visto un petirrojo caer. Tu madre, emigrante alemana, te ha leído Emily Dickinson. Tú sabes que no vivirás en vano si llevas a ese petirrojo caído de vuelta a su nido. Esa idea ejerce sobre ti una fascinación tremenda: conexión umbilical entre el pájaro y tú.

Una fascinación semejante al estado de congoja.

Te llamas Ernst Lorenz Böttner. Tienes un pelo rubio largo hasta la cintura. Ese pelo es la envidia de todas las niñas de Punta Arenas. De las niñas y sus madres, y de una que otra Loca del Frente. Algunas niñas te llaman ‘la alemana’. Una cola tirante, como un mazo de espigas de trigo, achina levemente tus ojos claros.

Esa rama es un cable de alta tensión, pero tú no lo sabes. Piensas que es una rama delgada, porque los pájaros viven en los árboles y se posan en las ramas. Ese petirrojo tiene una alita rota y no está posado sobre una rama, Ernst, está posado sobre un cable de alta tensión. Pero tú no lo sabes y, sujeto con ambas manos a la rama, quieres devolverlo a su nido.

En tus manos mitones de encaje negros. No son mitones, Ernst, es gangrena, pero tú no lo sabes. La descarga eléctrica te revolcó en el suelo y fuiste tú, entonces, el pájaro caído con la alita rota. Mientras tu padre, un carabinero chileno vestido como un huaso legítimo, con una gruesa manta a rayas sobre los hombros decía, por la misericordia de Cristo Nuestro Señor.

Pero nada detiene el proceso de putrefacción. Los médicos rurales no te quitan los mitones de encaje negros, Ernst, te quitan los brazos, pero tú no lo sabes.

Cosmética travesti

Lorenza Böttner (Punta Arenas, Chile, 1959 – Múnich, Alemania, 1994), construyó “una de las críticas más audaces a los procesos de discapacitación, desexualización, internamiento e invisibilización a los que son sometidos los cuerpos con diversidad funcional y los cuerpos transgénero”.

Famosa, además, por aparecer en libros de Bolaño y Lemebel en Estrella distante y Loco afán, respectivamente. Ambos de 1996, dos años después de la muerte de Lorenza a los 35 años, producto de complicaciones relativas al sida.

Lorenza, con un devenir tan bolañesco como lemebeliano, tuvo que abandonar Punta Arenas a los diez años junto a su madre para recibir en Alemania mejores tratamientos hospitalarios (Los médicos rurales no te quitan los mitones de encaje negros, Ernst, te quitan los brazos, pero tú no lo sabes) también como parte del alud de exiliados que dejó la dictadura.

En la crónica Lorenza (Las alas de la manca), Lemebel cuenta: “Ernst reemplazó las manos perdidas por sus pies, que desarrollaron todo tipo de habilidades, en especial la pintura y el dibujo. Pero luego fue derivando la plástica hacia una cosmética travesti que hizo crecer las alas calcinadas de su pequeño corazón homosexual. Estudió arte clásico, posó como modelo e hizo de su propia corporalidad una escultura en movimiento (…). Entonces nació Lorenza Böttner. El nombre femenino fue la última pluma que completó su ajuar travesti”.

Polvo sobre polvo

Te llamas Lorenza Böttner. Bailas como una exhibicionista en la avenida Lexington esquina con la calle Cincuenta y dos, en la ciudad de Nueva York. Calle, espacio de trabajo y mendicidad. Pintas el suelo con los pies mientras bailas. Pintas como un juego, como un juego que se juega con uno mismo. Bailas como quien ya no cree ni en el cielo ni en el infierno, solo en polvo sobre polvo.

De un sótano que es una sex shop que es un bar sale Robert Mapplethorpe y con un pañuelo blanco y un antifaz negro hace una seña para que entres. Al encontrarse le extiendes el pie con tal gracia, que no se da cuenta de que no es tu mano. Sobre una mesa pringosa fuman puros, beben Coca-Cola y escriben poesías. Él con las manos, y tú con los pies.

Robert te fotografía con su vieja Polaroid en el último piso del 35 West 23rd Street. Nunca quisiste poner prótesis a tus hombros. Serían prótesis demasiado limitadas para una acción de guerrilla. Toda mi obra es una prótesis, le dices a Robert, mientras te coloca par de alas de plumas de patos arrancadas en los estanques del Central Park, como la Niké alada de Samotracia.

Niké neoyorquina con plumas de patos.

En tu boca una colilla de Malboro. En su boca un corcho recién extraído. Juntos saben que el champán no sirve para nada. Lo único que cuenta es el momento de descorchar la botella.

Petra

Lorenza Böttner deja Nueva York con la angustia de no saber a dónde van los patos de Central Park en el invierno. Recala en Barcelona. Se codea con Ocaña, La Fernanda, Onliyú y con los personajes de La Rambla, en ese underground preolímpico.

En 1984 denunció en su tesis de licenciatura llamada ‘Behindert?!’ (‘¡¿Discapacitado?!’) en la Gesamyhochschule Kassel (hoy escuela de Arte y Diseño) bajo la tutela de Harry Kramer: “Nos han reducido al ‘freak show’, a tener que trabajar en la calle y a mendigar, cuando en realidad somos artistas, sencillamente no pintamos con el órgano hegemónico”.

Juegos Paralímpicos de Barcelona 1992. Mascota oficial: Petra. Una figura sin brazos. Noticia. Diario español ABC: “Un actor chileno disminuido físico, llamado Lorenza Böttner, dará vida a la mascota Petra”.

Petra, la simpática mascota de los Juegos Paralímpicos de Barcelona en 1992. Diseñada por Mariscal.

Lorenza tiene copyright, dice su sacrificada progenitora tapando el lente de los fotógrafos.

Llegó a decirse que Lorenza Böttner era una artista de Unicef.

Petra, el símbolo de la paraolimpiada.

‘Freak show’

Handicap Art

“Lorenza tenía que volver a Barcelona, pero no como Petra, que la eclipsó y ocultó, sino como artista”. Escribe desde París el influyente filósofo español Paul B. Preciado, a días de haber lanzado Un apartamento en Urano, un libro de crónicas para cuya portada eligió un dibujo de Lorenza Böttner: un cuerpo, un gran cuerpo, político y vital. Un cuerpo contrasexual que disiente de las políticas del cuerpo en las prácticas artísticas tradicionales. Un cuerpo que no es identidad, sino tránsito.

Hay cuerpos, nos enseña Margarite Yourcenar, que no pertenecen al género, sino a la especie; en sus mejores momentos llegan a escapar de lo humano.

Hacer que el nombre de Lorenza Böttner circule hoy es un gesto político. Paul B. Preciado dice en una entrevista para El País: “La obra de Lorenza es un manifiesto que permite imaginar otra política del cuerpo, más allá de las políticas de identidad y de las distinciones entre lo normal y lo patológico. Para mí, es una figura del cruce, una figura de la transición que apunta hacia la posibilidad de imaginar un sujeto político transversal no definido por las taxonomías jerárquicas de la modernidad (“hombre”, “mujer”, “homosexual” o “discapacitado”), sino un sujeto que se define por ser un cuerpo vivo vulnerable”.

Este proceso de transformación (tránsito–cruce) funcionó como tecnologías performativas para crear una subjetividad transgénero sin brazos. Los sistemas opresivos e institucionalizados, que suelen mirar los cuerpos trans y con diversidad funcional con una visión exotizante y patológica, no estaban preparados para Lorenza Böttner, una artista llamada a convertirse en un clásico del siglo XX.

Lorenza utilizó la performance, la pintura, la fotografía, la instalación, el dibujo, la danza, eso que ella llamó la ‘pintura-bailada’, como un espacio híbrido producto de una in(disciplinariedad) múltiple; como un conjunto de prácticas de disidencia corporal, para fabricarse un cuerpo que resistió a la norma, a la narrativa hegemónica del arte. Cuerpo que está más allá de lo resiliente, lo que la hace absolutamente contemporánea: “su rechazo de una identidad fija y de una asignación patológica”.

Réquiem por la norma, primera exposición que reúne la obra de Lorenza Böttner, subvierte la amputación y el desmembramiento del cuerpo humano como tecnologías del handicap–art. En uno de los extractos de películas expuestos dice Lorenza: “Soy una performance en movimiento”.

Réquiem… es una coproducción entre La Virreina Centre de la Imatge (Barcelona, España) y el Württembergischer Kunstverein Stuttgart (Stuttgart, Alemania). Se inauguró a principios de noviembre de 2018 en España y fue construida bajo la curaduría de Paul B. Preciado con la colaboración de Viktor Neumann, Pere Pedrals y Andrea Linnenkohl.

Lorenza explicó para la revista Mampato: “aprendí a usar el lápiz con la boca y estaba todavía en el hospital cuando hice los primeros intentos de dibujar”. Paul B. Preciado escribe en el dossier de Réquiem por la norma: “Más que de travestismo, convendría hablar de prácticas de transición como técnicas de contra-aprendizaje mediante las cuales el cuerpo y la subjetividad considerados como ‘discapacitados’ o ‘enfermos’ reclaman su derecho a representarse y a inventar sus propias prácticas de vida. Por ello no sería adecuado decir que Lorenza traviste los pies y la boca en manos, o que se traviste simplemente en mujer, sino que inventa otro cuerpo, otra práctica artística y de género: ni discapacitada ni normal, ni femenina ni masculina, ni pintura ni danza”.

Su nombre de nacimiento era Ernst y el del filósofo español era Beatriz.

Lorenza Böttner

Yo también, en cierto momento, hice un hoyo en el jardín trasero y lo enterré todo allí.

 

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