“Y Hembra Es El Alma Mía…”

Por Frank Padrón

El verso vallejiano nos remite a la más reciente obra del dramaturgo Yunior García Aguilera, que con su propia dirección estrenó recientemente Hembra.

Tres mujeres jóvenes confluyen entre cuatro exiguas paredes, marco cerrado y por demás “aguado”. En un cuarto de alquiler Ana y Eva discuten, conversan en medio de un apagón y amenazadas por una “depresión tropical” que se filtra mediante abundantes goteras. Poco después se les une Lilit, la propietaria, quien llega de la calle con un ojo amoratado y les exige marcharse si no abonan el pago del alquiler. Dinero, del cual carecen.

La maldita circunstancia del agua isleña, omnipresente, que tan bien radiografió Virgilio, persigue a Yunior (no olvidemos que en su obra anterior, Yacuzzi, casi todo se desarrolla en ese mojado espacio) pero igual de metafórico es su discurso: no es solo el líquido preciado que ahora se suma a las penurias de los personajes, quienes reclaman, más bien, la condición de archipiélago para su proyecto de nación.

Almodóvar, ese manchego en cuyo cine hay tantas féminas, ha declarado que lo que más le interesa de estas son las relaciones tan estrechas y peculiares que establecen entre sí, sobre la base de secretos, misterios y complicidad (rivalidades y pugnas incluidas, claro). También García Aguilera ha hurgado en el universo de las mujeres (Semen; Todos los hombres son iguales), lo cual asoma nuevamente en Hembra desde actitudes que definen a sus protagonistas: la intelectual y literata versus la esclava de las redes sociales y sus frívolos impactos, más la “esposa modelo” de pronto concientizada como perenne objeto de violencia de género.

Pero, bien vista, Hembra no es exactamente una pieza feminista, por eso que señalaba de su exigencia acerca de un modelo nuevo de país donde entren la inclusión, la igualdad, las posibilidades amplias de realización, la mejoría económica, la pluralidad de pensamiento(s), algo que cuente, por supuesto —y de qué manera— con el presunto “sexo débil”, otra falacia machista que la obra emplaza.

Desde el punto de vista dramatúrgico, la escritura exhibe la habitual gracia, agudeza y chispa a la hora de conformar diálogos, perfiles sicológicos, contrastes situacionales y puntos de giro que en la obra de Yunior adquieren cada vez más solidez.

A nivel de puesta, el micro-espacio responde a las necesidades expresivas de la letra, con una eficaz economía de recursos que su montaje minimalista encauza; las luces siempre precisas de Manolo Garriga complementan desde ese rubro los contrastes que el texto ex(pro)pone, algo en consonancia con la realización audiovisual de Liesther Amador y Jorge González (¡magistral el exterior que revela la ventana abierta!) o la música del propio autor ejecutada por muy profesionales músicos, en realidad el sonido todo de uno de los arreglistas (Raúl Damián Prieto).

Otro mérito indudable son las actuaciones: Grisell Monzón (Ana), Claudia Alvarez (Eva)  y Aydana Hernández Febles (Lilit) aportan con sus desempeños los rasgos y matices de estas defensoras del “hembrismo”, pero más allá, del ser humano todo , independientemente de su sexo.

 

Foto de portada / Tomada del perfil en Facebook de Yunior García Aguilera

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