FIDEL EN EL TEATRO ESCAMBRAY. UNA CONVERSACIÓN CON CARLOS PÉREZ PEÑA

Por Marilyn Garbey
Carlos Pérez Peña es uno de nuestros grandes actores. Colaboró con los hermanos Camejo en el Guiñol Nacional, fue miembro de Los Doce y echó raíces en el Teatro Escambray. Su loable trayectoria se reconoció con el Premio Nacional de Teatro. En estos momentos trabaja en Mefisto Teatro y con la Compañía El cuartel.
En una tarde de febrero de 2008, Carlos recordó algunos momentos de su vida en las tablas, entre ellos la presencia de Fidel como espectador de La vitrina, la obra de Albio Paz, dirigida por Sergio Corrieri.

Quiero que recuerdes a los espectadores del Teatro Escambray en sus primeros años.
Lo del público era extraordinario, sobre todo los de La vitrina. Llegábamos a un lugar donde no había electricidad y llevábamos la luz con los faroles chinos de aquella época. La estética de los cuentos se basaba en el trabajo con los faroles, era un ritual encenderlos. Cuando encendías el primero, el lugar se empezaba a llenar de gente. El estreno de La vitrina fue en una zona, El vedero, donde estaba el albergue en que vivíamos. Aprovechábamos el ángulo del patio de un bohío y el público se colocaba en semicírculo, alrededor de ese ángulo. La función se hizo sobre las ocho de la noche y la obra no era de larga duración, duraría poco más de una hora. Calculo que a las 9 y 30 ya se había terminado y que sobre esa hora comenzó el debate que siempre hacíamos. A las 12 de la noche el debate continuaba y entonces decidimos terminar a esa hora, porque allí había gente que se levantaba a las tres de la mañana.
Como ellos querían continuar la discusión, como había asuntos de la obra que ellos no entendían y querían averiguar, le propusimos continuar al otro día. Una de las leyes que regían los debates es que nosotros no respondíamos nada, las respuestas las debía encontrar el público, aunque preguntaran qué quería decir el traje que el actor llevaba puesto no podías responder, esa pregunta volvía al público y alguien de ellos debía contestarla o entre todos ir despejando esa incógnita.
Les propusimos que, si querían, al otro día volvíamos a poner la obra y seguíamos discutiendo. Creo que eso fue un hecho único en la historia del teatro: poner la misma obra para el mismo público a petición de ellos. Así se inició la gira de La vitrina por la zona donde debía asentarse el plan lechero, una zona llana que iba desde Cumanayagua hasta las cercanías de Santa Clara, recorrimos toda esa zona y cada noche poníamos la obra. En cada lugar que llegábamos la idea que tenían los campesinos del plan lechero era diferente, así que reaccionaban de manera diferente. Una noche un hombre interrumpió la obra para hablar con los personajes, no para hablar con los actores. Eso nos cogió de atrás para adelante, no nos imaginamos que eso iba a pasar, siempre pensamos que la comunicación con el público era muy buena y que el debate final era suficiente. Cada noche analizábamos la función que habíamos hecho, se analizaba desde el lugar elegido para hacer la función hasta cómo se había conducido el debate. Esa noche, al llegar al campamento, Albio Paz dijo que había que aprovechar la irrupción del espectador y reescribió esa escena donde nos habían interrumpido con la idea de provocar al público para que se animaran a entrar a la discusión que tenían los personajes.

Carlos Pérez Peña¿Alguna vez extrañaste la comodidad de las salas habaneras, al público que conocías?
Para nada, la experiencia de La vitrina era verdaderamente conmovedora, sabías que estabas trabajando con la vida de esa gente, tenían el conflicto de rearmar su vida y eso no se quedaba en la piel, era el alma de esa gente la que estaba en juego.

¿Cómo te sirvió el entrenamiento de Teatro Estudio, de los Camejo, de Los Doce, para interactuar con ese nuevo público?
Yo no sé qué decirte, tal vez yo estaba preparado para eso porque, realmente, yo no tuve ningún conflicto con el entrenamiento. Al entrar al Escambray, una de las cosas que hice fue hacer el entrenamiento de voz que había hecho con Los Doce, junto a Flora. En Los Doce también habíamos hecho un entrenamiento físico muy fuerte con Ramiro Guerra, con Elfrida Malher, con Santiago Alfonso, con Guido González del Valle. Era algo extraordinario el hecho de que en esa época todas las disciplinas estaban mezcladas. Para la gente de teatro de entonces asistir al estreno de Loipa Araújo como bailarina era algo sobre lo cual no había la menor duda, no te podías plantear el no ir. Y ellos eran igual con nosotros, con los músicos, eran tus amigos y había que ir. Había gran interrelación entre los artistas de las artes escénicas y los de las otras manifestaciones.

En el momento en que ustedes descubrían el teatro a nuevos públicos en las lomas del Escambray, en La Habana ocurría la tristemente célebre parametración. ¿Ese absurdo llegó al Escambray?
No, no llegó. Eso fue difícil, y lo que se heredó de ese proceso fue terrible. Las obras del Escambray tenían gran repercusión social porque artísticamente eran válidas, si hubieran sido panfletos o mamotretos no hubieran tenido tanto efecto. Todo el mundo supo que Fidel había ido al Escambray y había visto La vitrina. Eso era muy contrastante con lo que pasaba en La Habana.
En el 76 ya se había detenido el proceso de parametración, aunque ya el daño era irreversible, mucha gente estaba de vuelta a sus trabajos. Trajimos La vitrina y El paraíso recobrado a la sala Hubert de Blanck. La respuesta de la gente de teatro fue muy agradecida y reconfortante. Después de haber pasado por ese proceso el volver a sentir el afecto y la aceptación de los compañeros del gremio fue importante, pero después se decía que la herencia del Teatro Escambray era algo sin valor.

escambray05¿Por qué fue Fidel a ver La vitrina?
En el primer año de vida del grupo fue fundamental el papel de un dirigente político, Nicolás Chao. Antes de la división político administrativa, el Escambray se llamaba Región especial del Escambray, era como un territorio autónomo en atención a lo que allí había ocurrido después del triunfo de la Revolución, como la lucha contra bandidos, que dejó grandes secuelas de destrucción y de separación entre familias. Era una zona más atrasada con respecto a otras partes del país en lo económico y en lo social, la capital del Escambray era Trinidad. Chao era muy joven, más joven que la gente del grupo, y dotado de una sensibilidad especial.
Cuando los teatristas llegaron allí, él vislumbró la posibilidad sumar a ese grupo a su proyecto social. Lo que se logró con las entrevistas que hicieron los actores y con las obras que se pusieron no lo consiguió ningún político, en el sentido de lograr que se discutieran los problemas en la comunidad. Chao, que era de los defensores de la obra, le habló a Fidel sobre ella. Después de varios anuncios, llegó Fidel. Ese primer encuentro, donde vio La vitrina, no fue en La Macagua, fue en Trinidad, en la Laguna del Táger. Comimos con él y allí lo escuché hablar de sus ideas sobre la propiedad de la tierra, por eso le interesaba la obra, que trata sobre quién es el dueño de la tierra. Después de ver la obra lo que bajó fue muy grande. La encontró perfecta para sus planes. La zona donde se edificó el primer pueblo del plan lechero se llama La vitrina, porque Fidel dijo que debía ser la vitrina donde los campesinos de Cuba vieran cómo sería el futuro del campo cubano.

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