El Héctor Quintero que yo conocí

En octubre se cumplirá el aniversario 80 del natalicio de Héctor Quintero, desde Cubaescena rendimos tributo con varios textos.

El próximo octubre se cumplirá el aniversario 80 del natalicio del dramaturgo Héctor Quintero, desde Cubaescena rendimos tributo con varios textos a uno de los hombres imprescindibles del teatro cubano

Por Norah Hamze Guilart

Supe de Héctor Quintero en1965 a través de la lectura de su obra Contigo pan y cebolla, como estudiante de pre-universitario en Santiago de Cuba e integrante del grupo de teatro de aficionados de la institución. Por esa época, en mi ignorancia acerca del buen teatro cubano contemporáneo y la preferencia por los ambientes medievales de Shakespeare, la rica dramaturgia del Siglo de Oro Español con Lope de Vega, Tirso y Calderón como predilectos, o los enjundiosos personajes y conflictos lorquianos, no podía aquilatar la talla del autor que llenaba de gracia un drama nacional cotidiano con seres tan comunes como los que habitan el mundo de Lala Fundora. Aunque, sin poder explicarlo entonces, me atraían esos individuos llenos de sueños y situaciones salpicadas de humor en medio de tantas vicisitudes e infortunios.

Pasado algún tiempo, ya como actriz profesional, estudiaba sus textos entre los más relevantes de la producción teatral cubana, donde fábulas, personajes, atmósferas y conflictos elaborados ingeniosamente, se introducen en zonas dolorosas sin excesos, como forma genuina del autor en la apropiación del melodrama, tan afín a nuestra idiosincrasia. Su habilidad para manipular situaciones dramáticas a través del choteo criollo, permite saborear otros acentos lacerantes desde los que se pronuncia críticamente, con personajes bien delineados, convincentes, e involucrados en los acontecimientos con tal destreza, que adquieren una dimensión alejada de la chata reproducción de arquetipos.

Al conocer personalmente a Héctor fui comprendiendo la fertilidad y el acierto de su pluma. Por esa rara empatía entre dos seres tan distantes y distintos, tuve la suerte de compartir muchas veces con él. Porque el Héctor que yo conocí de marcado talento, gentil y mirada escrutadora, era en sí mismo un personaje controvertido. El ser laborioso del apartamento escrupulosamente ordenado donde atesoraba objetos, reliquias familiares, libros, manuscritos y un sinnúmero de pequeños detalles, me hablaba con la misma transparencia de su creación, de su madre y hermana, de vecinos, colegas, amigos entrañables y del gusto por lo cercano al ciudadano común, así como de sus amores y preferencias, conflictos, rencores y de los sufrimientos que lo alejaban cada vez más del gremio. Ese Héctor, hacía saltar su espiritualidad y la fibra sensible detrás de la aparente arrogancia.

La condición de director y actor versátil, el desenfado al expresarse sin tapujos, el sentido común en los análisis, su vehemencia desmedida en ocasiones, el patriotismo y devoción por esta su tierra y su gente, son facetas que explican la manera de filtrar el mundo interior de sus criaturas y mostrarlas creíbles con todos sus matices.

Entre sus piezas sentí fuerte atracción por El premio flaco. Quizás por esa metáfora del circo, el solar, el barrio y la vida en los años cincuenta del pasado siglo; o por su Iluminada Pacheco, un ser movido por la excesiva bondad y el amor, de grandeza humana y belleza espiritual sorprendentes, en un mundo que se emparienta con el circo como símbolo de una existencia trashumante, inestable y amenazada por la miseria, de la que es víctima. Una mujer con tanta capacidad de abnegación, tolerancia y generosidad que se pierde a sí misma y pasa de alguien que pudiera ser luz, a convertirse en una mera sombra.

O tal vez por la hiperbolización de las viles pasiones humanas al colocar a sus personajes en situaciones límites, en una sociedad donde la lucha por la supervivencia deshumaniza cuando no hay esperanza de salvación, y convierte a los individuos en lobos hambrientos a merced de sus instintos, como ocurre con esas vecinas desesperadas ante apetitos insatisfechos y tanta pobreza. O probablemente cautivada por su Octavio, la Azucena, la comadre Juana y el contraste con ese otro mundo de la propaganda mediática, fosforescente, alucinante, que alienta la esperanza de evadir la miseria de manera fortuita, colgados de su suerte, para ser vapuleados luego por la mala ventura y la acumulación de sueños rotos.

El Premio flaco, la segunda obra escrita por Quintero en 1964 y estrenada en 1966, desde su aparición como texto, se coloca entre lo mejor del teatro latinoamericano del momento al alzarse con el primer premio en el II Concurso Internacional de Teatro, cuyo impacto se agiganta luego cuando pasa la prueba del escenario.

El Héctor que conocí, celebraba satisfecho el estreno mundial de su obra bajo la égida de Adolfo de Luis, con la experimentada Candita Quintana como protagonista, asumiendo de forma excelente un rol que nada tenía que ver con su célebre mulata del bufo; y confiesa, que aun cuando le remarcara un acento melodramático no implícito en la esencia del personaje, fue una revelación para todos, que la hizo merecedora de un premio especial creado para ella en el Festival de Teatro Latinoamericano en 1966.

Igualmente contaba la anécdota alrededor de la participación de Cuca Tellechea en el rol de Juana; una actriz del teatro Shangai[1] llena de pánico en la première ante la reacción agresiva que tendría el público, cuando identificara en el reparto su nombre y empezara a gritarle barbaridades como hacían allí. Sin embargo –describía emocionado- que, cuando aparece Cuca en escena, “todo el público de pie la reverencia con  aplausos”[2].

Estos sucesos narrados por él poseían el encanto del histrión nato, conocedor del oficio y habilidoso para imprimir un toque especial a su relato y trasmitir la carga emotiva necesaria. Sus juicios tenían la agudeza del dramaturgo, director y actor bien entrenado para comprender los detalles y el uso de resortes comunicativos apropiados en cada construcción organizada de una puesta en escena exitosa. Tenían, además, la virtud del maestro que, sin didactismos, hacía reflexionar sobre pautas que en ocasiones obligan a transgredir y retar nuestro imaginario.

Cuando Juan Carlos Cremata le declara la intención de llevar El premio flaco al cine, le dio la anuencia para hacer lo que quisiera con el texto, confiado en su talento, sensibilidad y pericia. Contaba divertido que, así cumplía Cremata un sueño acariciado desde la adolescencia, cuando asistía a los ensayos de la obra como tallerista de actuación en Teatro Estudio; y él como dramaturgo, tendría la dicha de verla desde el lenguaje audiovisual y una mirada muy diferente a la suya.

Después de realizada la película, el cineasta declaró que no pudo cambiar nada “ante la maestría de Héctor en la construcción de diálogos”, algo que –por demás- le resultaba innecesario; solo hubo de modificar palabras para acomodarlas a algunos actores, en virtud de las exigencias del cine y del tratamiento conferido al filme. No obstante, se tomó licencias para no privilegiar la presencia del circo en el diseño, y con el propósito de “desteatralizarla y dejarla más en lo naturalizado,” la hizo perder muchos momentos de comedia al centrarla en la relación humana.[3]

Estas gamas que pueden encontrarse en un comediógrafo de la talla de Héctor Quintero y las que emanan de su pasión desbordada por el teatro y la vida, junto a sus textos, son las memorias que prefiero almacenar de su existencia. Son las que me animan a escribir cada palabra para dignificarlo en su aniversario ochenta. Pues más allá de las dicotomías sobre su personalidad y su obra, el Héctor que conocí seguirá siendo grande, virtuoso, y radiante como la sonrisa y el abrazo que me regalaba en nuestros encuentros -fortuitos o planificados, dilatados o breves- que invariablemente me llenaban el alma como presagio de la buena suerte.

[1] Teatro para hombres y personajes soeces con gran vulgaridad en todo lo que se hacía y decía.

[2] Entrevista realizada por la autora a Héctor Quintero.

[3] Entrevista realizada por la autora a Juan Carlos Cremata.

 

Imagen de portada tomada de Internet.