DEL NUNCA AL GRACIAS

El recién concluido evento Títeres al Centro en Ciego de Ávila aportó muchas anécdotas y fabulosas experiencias con los niños de las comunidades.

Por Grethel Giraudy / Fotos Mery Delgado

“Haz de tu vida un sueño y de tu sueño una realidad”. Esta es una de las tantas enseñanzas que se cultivan en el huerto de la escuela primaria Hermanas Giralt, situada en el pequeño pueblo de Lowrey, a casi ochenta kilómetros de Ciego de Ávila.

En busca de las sonrisas y aplausos de aquellos pequeños que nunca han visto un títere, el Guiñol Nacional de Cuba toca las puertas a los veintisiete niños que disfrutaron, en el comedor de su escuela, una de las funciones más emotivas que como dijera el actor Lázaro Hernández: “nunca olvidarán”.

Bajo la dirección del consagrado actor y director de teatro de títeres para niños, Armando Morales, Historias de Burros muestra a los más pequeños una de esas experiencias que uno atesora en sus recuerdos de toda la vida.

“Los titiriteros somos gente pobres, pero de noble corazón”. Bajo esta máxima, el actor da uso a sus habilidades con el manejo de títeres para contar la historia de quien pueda reventar por una terquedad desmesurada, de quien pueda convertirse en el ser más poderoso del mundo por solo derrumbar el muro que lo separa de un ser querido o de aquellos que se tropiezan en el camino más de una vez por no saber a dónde ir.

Y es en estos tropiezos, donde se descubren esas historias de las que se piensa solo existen en los libros. Esas historias que van más allá de un canto infantil o una noche de Excilia Saldaña, esas historias que superan la ficción, historias entre una abuela y su nieto, la historia de Rosa y Kevin.

escuelita

Escuela primaria Hermanas Giralt

A casi dos kilómetros de la escuelita, tiene su hogar Rosa, una mujer de casi cincuenta años que ejerce como cocinera del centro educacional. A las tres de la mañana comienza Rosa su dura faena. Monta en su mula, su único medio de transporte, y se dirige a la escuela para poner ablandar los chicharos en caldero y leña. A la seis de la mañana vuelve a montar su mula para ir en busca de su nieto que apenas, con cinco añitos, acaba de comenzar la enseñanza primaria. Dos kilómetros de ida y dos de vuelta. Y es justo este momento del día, junto a su abuela, el que más disfruta el pequeño Kevin: “Me gusta correr en la mula de mimi”.

A las dos de la tarde todos los niños y trabajadores del centro escolar están bien alimentados. ¡Misión cumplida! Es tiempo que Rosa regrese a su casa para adelantar las tareas hogareñas. Y antes de dar la salida a los estudiantes, a las cuatro y veinte de la tarde, está Rosa de regreso en la entrada de la escuela para recoger al pequeño Kevin.

Quizás cada uno de estos niños tenga una historia de vida tan conmovedora como esta, hay unos que viven mucho más lejos y vienen a caballo, otros en una carreta y otros a pie, pero no faltan un día a la escuela. Se convierte así, la escuelita Hermanas Giralt, en el segundo hogar de esos infantes que viven en las zonas más intrincadas de Ciego de Ávila.

Kevin y su abuela Rosa

Kevin y su abuela Rosa posan para nuestra cámara.

Rosa, Kevin y el resto de los niños y trabajadores del centro dieron las gracias al equipo de trabajo de Títeres al Centro y en especial al Guiñol Nacional por este regalo tan especial. Y mientras transcurría la función, desde un rincón de la cocina, Rosa grababa el espectáculo con un tablet para guardarlo. Curioso dato este para una señora que vive en las zonas más montañosas de la provincia de Ciego de Ávila.

“Cada vez que hago esta obra, a pesar de que han sido poca las veces que la he presentado, desde el espectáculo me voy fijando en la mirada de los niños y me emociona ver el disfrute que reflejan y la atención que me prestan. Al tener que salir con mi característico pregón de “títeres, títeres, títeres”, me da un poco de pesar el tener que volver a entrar para despedirme de esos niños que NECESITAN estos tipos de trabajo en esas comunidades. Me duele saber que después me voy y quizás pase mucho tiempo para que vuelvan a ver un títere.”

Así nos comenta el actor Lázaro Hernández, quien quedó muy conmocionado al final del espectáculo. Y son justo estos eventos los que no solo los titiriteros, sino todos los teatristas agradecen. Es justo este tipo de eventos que más necesitan del apoyo institucional para que lleguen a esas comunidades con más frecuencia y mayor calidad. Y si alguna duda queda de la impresión causada, solo hay que ver la cara de los pequeños que con brillos en los ojos le daban al actor un eterno: Gracias.

 

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