Bertina Acevedo en la memoria escénica

Bertina Acevedo es prácticamente desconocida para las nuevas generaciones y casi olvidada por la memoria escénica del país.

Por Roberto Pérez León

Es considerable la cantidad de actrices nuestras que no aparecen registradas en la Ecured, la descuidada Enciclopedia Colaborativa Cubana. Una de esas actrices es Bertina Acevedo Delgado, bellísima, de talento extraordinario. En 1954 cuando participa en la adaptación radial de Mata Hari que hiciera Marcos Behemaras mereció el premio de actriz novel.

Bertina Acevedo es prácticamente desconocida para las nuevas generaciones y casi olvidada por la memoria escénica del país. Nació en Surgidero de Batabanó el 27 de agosto de 1933, hizo cine, televisión, teatro y radio, en los años 50 entró al panorama de las artes escénicas nacionales por la puerta grande.

Por suerte siempre existe un atento promotor cultural que preserva el legado artístico en cada región y esta vez ha sido Lázaro Silva Ochandía, periodista que cada semana en la Biblioteca Municipal tiene un Café Literario y el último estuvo dedicado al día internacional del actor y la actriz donde se recordó a Bertina Acevedo al cumplir 89 años.

En apenas poco más de 15 años desde los 50 hasta finales de 60 cuando se va a vivir a Europa tiene la actriz un catálogo considerable de participación en el teatro. Intervino en puestas televisivas y escénicas de obras de Giraudoux (Ondina), Chayesky (La Diosa) y Virgilio Piñera (Electra Garrigó), entre otras.

Trabajó en una muy sonada puesta en escena del Teatro Universitario: el estreno de El Grito de Yara drama en verso de Luis García Pérez (Santiago de Cuba 1832 – México 1898), que sería una “adaptación al aire libre” de Antonio Vázquez Gallo, según queda anotado en el programa. Los bocetos de la escenografía fueron de Vicente Revuelta quien además participó en su realización.

Con esta puesta, el Teatro Universitario monta por primera vez una obra de teatro cubano pensada para ser representada en la Plaza Cadenas, el entonces escenario natural desde donde se desarrolló el paradigmático colectivo de la Universidad de La Habana.

En 1964 llega a La Habana el director de teatro checoslovaco Otomar Kreicha para montar con el Conjunto Dramático Nacional Romeo y Julieta, de Shakespeare, se genera entonces una polémica pues fue Bertina Acevedo la primera actriz negra entre nosotros que soportó un personaje que convencionalmente pertenecía a una actriz blanca.

Bertina Acevedo hizo una Julieta gloriosa acompañada de un elenco memorable, lo relacionó completo como homenaje la gente de teatro de entonces: Olivia Alonso, Ricardo Barber, Roberto Blanco, Darío Cañas, René de la Cruz, Rogelio Díaz Cuesta, Rolando Ferrer, Ofelia González, Miguel Gutiérrez, Helmo Hernández, Arturo Lucas, Eduardo Moure, Ana Ofelia Murguía, Miguel Navarro, Silvano Peña, Jacinto Pérez, Pedro Rentería, Asenneh Rodríguez, José Antonio Rodríguez, René Sánchez, Josef Topol, Omar Valdés, Eduardo Vergara.

Existe una filmación en blanco y negro hecha por Ramón F. Suárez en el Teatro Mella de esa puesta en escena de Romeo y Julieta, con motivo de las celebraciones del cuarto centenario de Shakespeare.

En Las penas saben nadar de Estorino, desgarrador monólogo de una actriz que lucha por ganar un protagónico asistimos al derrumbe emocional, psíquico, espiritual, sentimos la rabia contenida de esa mujer que entre sus embistes se refiere a la puesta de Romeo y Julieta y ataca a los directores que son capaces de escoger a una actriz negra de 34 años para el papel de Julieta.

Este momento del extraordinario monólogo de Estorino no ha dejado de ser señalado con un vestigio racista. Pero es una exageración, dramatúrgicamente está en consonancia con el andamiaje sicológico que sostiene a la actriz que sin duda perpetuó en la memoria teatral cubana la extraordinaria Adria Santana.

Poco más de una década después tuvimos otro sacudón escénico cuando Berta Martínez en 1979 estrena sus Bodas de sangre, uno de los momentos más decisivos del teatro cubano en el siglo XX. El personaje de la madre potenció la distinción y la propiedad lorquiana al asumirlo Hilda Oates, negra absoluta de nuestro teatro.

Desde los sesenta se persiguió con ahínco una percepción más abarcadora de la belleza de nuestras mujeres y se rompía el estereotipo de la belleza secuestrada en la mujer blanca.

La popularidad de Betina Acevedo hizo que apareciera en la portada de la Revista Cuba de febrero de 1964, en una foto a color tomada por Alberto Korda. Ya en diciembre de 1960, la cubierta de Vanidades la había puesto en un bikini, atuendo no habitual para mostrarse en una publicación de esos años. Por supuesto que no faltaron “puritanos y pacatos” que se alarmaron con que una actriz negra deslumbrara de manera inusual en una publicación periódica. Fueron tiempos en que también tuvimos a otra negra extraordinaria en portada con una foto de Chinolope en la edición de octubre de 1966 cuando salió  Luz María Collazo, bailarina del entonces Conjunto de Danza Moderna vestida de iyabó.

Todo indica que la mítica belleza de Bertina Acevedo provocó ardores fugaces y flirteos perecederos en dos grandes escritores de nuestra lengua. En diciembre de 1961, cuando Juan Goytizolo visita La Habana es deslumbrado por la Acevedo, también por la misma fecha cuando Cabrera Infante andaba la noche habanera sin mesura, la actriz lo arrebataba.

Solo cinco años estuvo haciendo cine y comienza con el personaje en el tercer cuento de Historias de la Revolución (1960) de Tomás Gutiérrez, luego hace el protagónico de la muy discutida película de Armand Gatti, El otro Cristóbal (1963) y en 1965, en Poloni,a hace Boxeador de Juliana Dziedziny y …und deine Liebe auch (1962) con dirección de Frank Vogel.

El otro Cristóbal es el primer film cubano nominado a la Palma de Oro (mejor película) en el Festival de Cannes de 1963. Se trata de una cinta que teje de manera exorbitante la magia, lo maravilloso y lo cotidiano nuestro. El director francés, embriagado por la ruta del nuevo cine cubano, llega a La Habana y hace esta película que para la crítica nacional resultó irrelevante y falta de rigor formal y estético; sin embargo, la crítica internacional la alabó de manera muy elocuente al punto que en la revista Les Lettres Francaises, Georges Sadoul llegó a decir: “si hubo en Cannes una obra de vanguardia, fue sin duda esta”, incluso llegó a compararla con 8 1/2 de Fellini, pues creyó que había superado en lirismo la obra del italiano.

Si registramos en nuestra memoria escénica podríamos encontrar más sorpresas de esta soberbia y estremecedora actriz.

Foto de Portada Tomada de la ENDAC