Amargas lágrimas que se arriesgan y nos arriesgan

Por Roberto Pérez León

Nada de símbolos donde no se pretenden
Samuel Beckett

La Habana disfruta de la tercera temporada de Las amargas lágrimas de Petra Von Kant. Luego de su estreno hace más de una década, la obra de Fassbinder está de nuevo en el Trianón porque El Público fue de los colectivos teatrales que durante el período de aislamiento social permaneció en guardia espantando sombras.

Esta vez, como en las jornadas del 18 Festival Internacional de Teatro de La Habana, Carlos Días presenta tres elencos en el personaje de Petra. La novedad ha sido que se han dado algunas funciones donde las tres Petra han alternado en el escenario a la vez, dos hombre y una mujer en el mismo rol.

El denominador común en el teatro de Carlos Díaz es la fecundidad de su proyecto estético: estrategias que destilan un sensualismo que engendra discordia, una alternativa hostil y a la vez refulgente que sobrepasa la experimentación o la “vanguardia” en una escritura escénica que resulta de la embriaguez entre lo transgénero, la estética flamboyán, el transformismo, lo drag-queen, etc.

Todo eso y más combinado en una proporción dialéctica de significantes divergentes. Dialéctica heraclitana: “lo que se opone es concorde, y de los discordantes se forma la más bella armonía, y todo se engendra por la discordia”.

Fernando Echevarría y su hija Alicia Echevarría comparten la escena. Foto Buby Bode

El centro del paisaje escénico, multiespacial y transtemporal, está en el desarrollo de una lógica aprehensible desde la sexualidad y el género. La puesta en escena de Las Amargas lágrimas de Petra Von Kant es un espacio de resistencia en tanto desafía el sistema heterodominante de sexo/ género/ identidad sexual. Queda abierta a una infinitud de miradas e interpretaciones. En esta ocasión, he querido verla desde la perspectiva de determinados presupuestos de la Teoría Queer y sus empeños de subversión de la cultura sexofóbica, sin pretender desheterosexualizar sino, más bien, señalar el posible surtido sexual y su entramado en un mismo individuo desregulado.

En Las amargas lágrimas… los  cuerpos  están asumidos como narrativas performativas  donde el registro sexual no es sobresaliente. Justamente, la sexualidad en la Teoría Queer es tratada como una multiplicidad o composición de subjetividades que sobrepasan las identidades gay y lésbica determinadas, codificadas por la heterosexualidad, el género, e incluso la clase social o la etnicidad.  La economía sexual en el discurso queer es algo inclasificable por la hibridez y transversalidad de sus presupuestos.

Petra y Karin. Foto Sonia Almaguer

Las amargas lágrimas… tiene su expresión articulada dentro de lo queer; no hay manifestación paródica ni satírica en la gestión actoral de la performatividad de los cuerpos; la heteronormatividad se tambalea en el escenario desde una coherencia estética y actoral, desde unos heterogéneos que funcionan como proceso, como acontecimiento para desterritorializar destruyendo bordes, límites, fronteras.

Las amargas lágrimas… cuestiona la autenticidad de género y lo “pone en disputa” mediante el logos urdido en la conjunción de los materiales escénicos. Inquieta por la ruptura epistémica en la coherencia de la narrativa de género, al ver actuaciones que, en su inmanencia, repiensan el significado del discurso visual desde subjetividades sin polarizaciones.

Se trata de un teatro emancipatorio, se constituye en un espacio cultural de resistencia a categorías identitarias exclusionistas: el gay, la hembra, el macho, la lesbiana y sus entrecruzamientos de signos y comportamientos para una producción discursiva sin atavismos.

Ante las prescripciones culturales y las disyuntivas individuales sería interesante en una puesta como esta indagar entre la recepción y la intención en cuanto a la producción de significado, de sentido, conocer las relaciones, convergencias y divergencias entre espectador y productor.

¿Qué tipo de reflexión produce la puesta desde el punto de vista emocional, ideológico? ¿Qué tipo de encuentros y desencuentros se dramatizan entre sexo biológico, género y deseo sexual de los performers y los personajes que sostienen ante el público?

La imitación, la apropiación es más disfrutable que la originalidad. Al no haber etiquetaje ni representación de una desviación, Petra es más autentica cuando la vemos asumida por la zona hombre.

El contenido transgresor como manifestación ideo-estética de la poética de Carlos Díaz no privilegia la heterosexualidad; la masculinidad y la feminidad como construcciones reguladoras pueden ser reflexionadas desde “ficciones culturales”, puestas en escena de una “identidad fluida”.

Escena de la obra interpretada por el elenco femenino. Foto Buby Bode

Los atuendos significantes de lo Camp reafirman lo Queer y además lo barroco como existencia irrevocable, porque Las amargas lágrimas… es barroca; el barroco como la correspondencia de todas las cosas, donde se diluyen los límites, se multiplica los concernidos  por intensificación y acumulación, argamasa entre la exuberancia y la afectación gestual en profusión.

Carlos Díaz no se limita y hace teatro a lo grande. Este director es un conocedor de las razones del placer, es totalitariamente hedonista, hace notar infinidad de goces, sus obras tienen un potente calibre transdiscursivo que viola la episteme, contraviene el marco del saber que determina la “verdad” sobre el género y la sexualidad.

A sus espectáculos muchos entran a divertirse –está bien-; se burlan –qué feo-;  la pasan bien –qué defectuoso sentido común tienen los burladores. Pero lo importante es que también muchos se den cuenta que están ante un enunciado sin errancias en su arborescencia, que cuestiona e interroga nuestra experiencia y nuestro modo de pensar.

En cuanto a la arqueología socio-cultural, una puesta de Carlos Díaz remueve discursos sociales, individuales, ayuda a preguntarnos cosas; su escritura escénica da opiniones e ideas donde late un poder epistémico transgresor.

Las Amargas lágrimas de Petra Von Kant recodifica y confronta sin mimetismos, somete la cotidianidad a procesos creativos desde una dilatada y relacionante invención teatral. No es una proposición ex nihilo, se trata de una vía de ida y regreso, de un realismo obrante dentro de la altermodernidad.

No hay en Carlos Díaz “bunkerización solipsista”, su encanto está en la plebeyización y no en la hiperindividualización de los contenidos; él amplia nuestros sentidos ya sea desde la emocionalidad o desde el intelecto; sus afluentes no están en el concepto sino en el propio acontecimiento lo que no quita que su obra toda sea una furia subjetiva.

Cuando hace muchos años, en el Teatro Nacional, fui a ver aquellas puestas de Carlos Díaz de la trilogía norteamericana, ya era palpable el triunfo del poder de un individuo sobre el arte; ahora con tanta obra concebida con El Público, obra que se arriesga y nos arriesga, celebro la intrépida lucidez de Henry Miller en Trópico de Cáncer:

Si algún hombre se atreviera alguna vez a expresar todo lo que lleva en el corazón, a consignar lo que es realmente experiencia, lo que es verdaderamente su verdad, creo que entonces el mundo se haría añicos, que volaría en pedazos, y ningún dios, ningún accidente, ninguna voluntad podría volver a juntar los trozos, los átomos, los elementos indestructibles que han intervenido en la construcción del mundo.

Foto de Portada: Buby Bode

Factótum: Un Informe De Sentimientos Hacia Petra Von Kant

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