Yanoski Suárez: mirar, performar, ejercer la acción

Por Noel Bonilla-Chongo

Uno no puede ver su propio

juego como en la distancia.

Uno tiene que ser protagonista

de su propio juego

Contemplando la foto, especularía que el bailarín otorga a sus manos el peso de toda su cabeza. Para la psicología del comportamiento no verbal, apoyar la barbilla sobre las manos, no es postural casualidad arbitraria. Se le atribuyen varias significaciones, más allá de la repetitividad común del gesto mismo, es signo gráfico de estar evaluando, reflexionando, repasando, cavilando acerca de algo.

Volviendo a mirar el rostro de Yanoski Suárez, luego el contexto situacional que lo envuelve, y lo que pudo confluir en el instante de la fotografía (el mecánico de apretar el obsturador y lo que pasaba por su cuerpo vivo al ser fotografiado), no es difícil advertir que hay mucha tela por donde cortar y muchos pretextos para contar.

La foto forma parte de momentos registrados tras el paso del huracán Melissa por Santiago de Cuba, donde vive Yanosky. Él, al centro de la composición. Sus codos apoyados, con todo, sobre una especie improvisada de mesilla donde, cables verdes, tijera amarilla, dos trozos roñosos de tubos, un tomacorriente, un scotch tape naranja, dispuestos como tablero de encantador en laboratorio, trata re-componer su artefacto adivinador.

La imagen, en tanto documentación situada, nutre los archivos del proyecto de creación que desarrolla el coreógrafo en este momento. La perdida de su casa a causa del devastador evento meteorológico, le ha servido como núcleo donde Suárez, situándose como sujeto activo autorreferencial del acto performático, vuelve sobre un tema que lo obsesiona: el de las identidades de “las cosas”. Identidad. Equivalencia. Paralelismo. Analogía. Semejanza. Identidad como cualidad de idéntico. Identidad cultural y del carácter propio o diferenciado en el hecho de ser una persona o la búsqueda de otras posibles que la integran. Identidad en igualdad y diversidad de “la cosa” (cuerpo, sujeto, ente, esencia, entidad ser, color, etc.), con ella misma y de su pertenencia a un contexto determinado.

Y en ese contexto, el de la foto, el de los objetos y cosas, el de los enseres y despojos, el que habita y es habitado por el cuerpo del artista, haciéndolo trenzadamente muy suyo, como sostendría la antigua filosofía budista y la neurociencia moderna, basta una fracción de segundo en el paso de la contemplación de la imagen visual (“percepción”) al multipensar de la imagen mental (“concepción”).

Quienes conocemos a Yanoski y hemos seguido su obra, desde Retrospectiva de un impulso (quizás no sea su opera prima, pero sí la que lo lanzara con éxito a la arena internacional después de 1ra. Bienal de Danza del Caribe, 2008), al presente de esta foto, del evento que la generó y del proceso artístico que ha desencadenado, parecería que plenitud y autorreconocimiento implican sino comodidad y confort con la imagen propia, al menos comodidad y bienandanza en las pertenencias que definen la identidad de lo imaginal, de lo imaginado, de la imaginación y de la imagen misma.

Y es que, para quien vive su día a día en perpetua reagencia de la “desmaterialización” del arte (¿acaso de su vida?) y su trasvase simbólico liminal (conceptual, si se quiere) del objeto como fin último de la obra de danza, el destino de las imágenes fotográficas registradas de Yanoski intentando recomponer su casa, no podría ser otro que el de crear una nueva estructura de comunidad sensible, transformando la visión en una estructura de pensamiento para desembocar finalmente en la construcción de una nueva forma de resistencia artística, tal como nos podría sugerir Jacques Rancière en El destino de las imágenes.

Si en Retrospectiva de un impulso (suceso dentro de la agenda de les Rencontres Chorégraphiques Internationales de Seine-Saint-Denis, tribuna por excepción de lo más “contemporaneo” de la danza exhibida en Francia), Suárez, con los ojos vendados, balanceaba el brazo, alzándolo con suavidad, evocando un recuerdo febril alojado en su cuerpo, como para desgarrar esa sensación oscura y rechazar el espacio invisible que lo rodeaba, debatiéndose y alzándose ante la posible imagen de un recuerdo del pasado que brota justo antes de esbozar un gesto, la pieza atraviesa la potencia de un recuerdo profundo y deviene danza de “imagen denuda, ostensiva y metamórfica”.

Sí, continuando con Rancière, Retrospectiva de un impulso parecería sintetizar cómo el recurso esencial para la imagen danzada es su capacidad de oscilar entre ser una estructura de testimonio directo (denuda), una estructura de presencia pura del objeto (ostensiva) o una estructura de cruce con otras instancias artísticas (metamórfica). Entonces, como en la fotos aquí presentes, la imagen ya no busca imitar la realidad, más bien, las ordenanzas de su visibilidad establecen una estructura de autonomía estética, dancística, perceptiva, asociativa otra.

Frente a Yanoski Suárez y sus creaciones escénicas, sus intervenciones y accionismo concreto, incluso, en propuestas donde trabaja con otras corporalidades, consideraría que el performance es su mejor artificación para concertar en práctica la utopía de “autopresentación de visibilidad y sensibilidad pura”, como aquella propuesta por Derrida en Writing and Difference, imbuido por las intuiciones de Antonin Artaud al refutar la representación como estrategia programática del logocentrismo occidental.

Aunque, la clausura de la representación artaudiana no se deja atrapar en su totalidad en los performances de Yanoski (regresemos a la contemplación de la fotos), en aquellos donde no necesariamente pretende representar un personaje específico, en el ser performático que lo pondera, sí tiene la intención de transformarse en signo ante la mirada del público, ahí está Geysha, de 2018.

Geysha. Foto © Buby Bode.

En esta pieza, el espectador ve un cuerpo desnudo. Pero no estamos ante una mujer blanca con un kimono de colores. Nos dice Lázaro Benítez que aquí se renuncia a la identidad visual tradicional de la geisha, cuanto hace es asumir el paisaje cultural que este término implica para manipularlo a favor del discurso elaborado por el coreógrafo-intérprete. Desde el momento en punto que el creador se enuncia como geisha, estamos condicionados a buscar ciertos paralelismos entre lo que vemos y lo que el término implica.

Ahora, contemplando las fotos en su conjunto, y a sabiendas de esos itinerarios que han armado y configuran hoy por hoy la danzalidad imaginal de Yanoski Suárez a través del tiempo y desde su natal Santiago de Cuba, “donde parece ser un electrón perdido, ecléctico y singular, que ha establecido un punto de creación diferente en la ciudad, también a través de su colaboración con muchas agrupaciones jóvenes cubanas, además del trabajo que circula con éxito, en Francia principalmente, por el sello exótico que aporta a la danza cubana”.

Según la crítica y profesora Mercedes Borges Bartutis, él se inserta con resolución distintiva en ese grupo de bailarines devenidos coreógrafos que asumen su propia obra; dentro del reducido grupo de quienes han decidido trabajar en solitario y en otros puntos de la geografía nacional fuera de La Habana, como en Santiago de Cuba, ejemplo de persistencia y manera de hacer bien diferente.

Yanoski junto a un grupo de jóvenes creadoras y creadores cubanos en Residencia InServi.

Deseo el mejor de los destinos a los nuevos propósitos de Yanoski, los de él en solitario, gestados desde AdLivintum, el proyecto que respalda el Consejo Provincial de las Artes Escénicas en el territorio, y a sus propuestas asociadas a otros creadores, a otras prácticas artísticas y a acompañantes institucionales como puede ser la fidelidad cooperativa entre él y la Alianza Francesa de Santiago de Cuba.

Deseo que los dolores de su cuerpo atrapado entre el detritus que dejara Melissa, siga erigiéndose acciones disparadoras de su universo multisemántico; de ese accionar tan suyo donde no busca referirse al concepto mediante un mecanismo semiótico convencional, sino que lo busca tras el placer de la búsqueda que le genera su inagotable actuar, a través del reagenciamiento de un concepto encarnado a nivel psico-físico, psico espacial, psico-temporal, en ese mismo derruido contexto que el performer habita.

Quiérase que en ese acto (¿acaso performático?) de rearmar para reconstruir, recomponer, rehacer, el techo y muros que lo amparen, Yanoski Suárez logre reparar las grietas como la represent-acción de un signo corporal que involucre nuevos desafíos del gesto, del tiempo, del espacio y de su movimiento, para seguir provocando e interpelando nuestro acompañamiento como espectadores activos frente a sus imágenes capturadas, agolpadas.

Quienes sabemos de sus comienzos, de sus idas y venidas, de su estar en el off y en el in de las mejores credenciales de la danza, hemos advertido que el Yanoski performer (¿acaso también la persona?) no busca representar una presencia ausente, doliente, querellante, sino mejor, poner en juego su energía e identidad deseante y su capacidad creativa de subvertir, quizás sin proponérselo, códigos preestablecidos.

Ante las imágenes aquí expuestas, esas que describen tránsitos gozosos y entristecidos en la primerísma persona de Yanoski Suárez, reconocer que ver y pensar son muy diferentes, es rigor. Pensar se relaciona con el mundo a través de ideas e imágenes mentales; ver sería percibir las cosas directamente, tal como son.

“La imagen como una estructura de operaciones que vincula lo visible con lo decible”, que sitúa al artista entre el vivir cotidiano, el performance y sus teatralidades liminales, instauran tensiones entre “el dominio representativo (la semejanza) y el dominio estético (la presencia)», donde la metamorfosis del rostro, la imagen en sí misma, el montaje que podemos hacer en nuestro imaginario, al decir de  Prieto Stambaugh, actúan como los ejes de una nueva estructura de lo estético y la represent-acción invita al espectador al replanteo de la tendencia mecánica de asociar un significado al significante artístico.

Acaso, si el artista no buscara presentar un otro, entonces ¿qué tipo de mirada debemos ejercer a la hora de “leer” su acción? ¿Podrá el artista ver su propio juego en la distancia; en esa que lo aproxima a su ser protagonista de su propio juego?

Fotos cortesía del artista