Virgilio Piñera, el absurdo en las letras cubanas

Por Roberto Medina

En este 2021 se festeja el ochenta aniversario de la creación literaria de Electra Garrigó, una de las obras que cimentaron con solidez la avanzada cultural cubana hacia la modernidad teatral. A la cual siguieron otras de Virgilio Piñera, enfocadas en este caso a discursar dramáticamente desde otro lado de la modernidad, posicionado de un modo enfático en la literatura existencial y del absurdo. A las cuales debe revisitarse en lo literario y escénico para reencontrar de una manera interpretativa aristas preferentemente novedosas que de seguro guardan esas otras obras, las cuales forman con Electra Garrigó un cuerpo creativo de sumo interés.

Con su esforzada labor y la de otros escritores, la cultura literaria nacional adquiría ribetes de las ideas del absurdo a mediados del siglo XX, en franca sintonía con lo existencial y el absurdo, extendido con suma fuerza en el modo de pensar intelectual de una parte de la vanguardia internacional durante los inseguros años bélicos y posbélicos de la segunda gran conflagración mundial, impulsando a los artistas a reflexionar sobre el dislocado estado de cosas existente que sumía a la gente en un grado muy elevado de incertidumbre. Piñera sería uno de los iniciales, más consistentes y encumbrados creadores del absurdo en nuestro ámbito literario.

Se caracterizó siempre por su personalidad rebelde. Inconforme hasta con las asimilaciones culturales de otros confines que le influyeron, fuesen precedentes o coetáneos a sus escritos, les impregna el fuerte sello distintivo de sus propias ideas. Si bien sintió influencia de los pensadores del absurdo, no quita que incursionó con éxito en ese camino, mas no debe reducirse a esa única dirección pues su universo de intereses fue más abarcador y resbaladizo según le orientaran sus inquietudes personales. A veces parece adelantarse cronológicamente en sus escritos a algunos autores de los que serían reconocidos internacionalmente como pioneros del absurdo, según las fechas de las ediciones respectivas. Quedó en parte fuera de esas primicias internacionales por estar situado en otro lado del mundo occidental, no en los países editores hegemónicos.

Poco a poco el sin sentido caracterizador de lo absurdo fue ganando un terreno muy sólido en su obra. No de golpe, sino posiblemente milímetro a milímetro, en la medida que la atmosfera de su literatura dramática se iría llenando de esa asfixia existencial bañada de absurdo. No tenía la intención o necesidad de filosofar dramáticamente. Lo veía manifiesto en el frustrante actuar de las personas reales, sometidas a una intricada red de incertidumbres en sus vidas cotidianas, manifestada en una maraña asfixiante que no les dejaba posibilidades reales de acercarse a sus anhelos. En consonancia, los personajes por él creados son más bien condicionados por sus destinos, sin poder ejercer en sus contextos una verdadera acción modificadora. Movidos eso sí por el pequeño simulacro de liberarse en la imaginación, que les permite guardar en lo remoto una imprecisa esperanza a sus vidas apagadas.

Lo absurdo no se da solo en la contención o autocontención del impulso y voluntad de sus personajes. Es la sensación de que sus aspiraciones más íntimas –por lo general nada pretensiosas– terminan por ver que no conducen a un progreso, a una solución real, y se quedan mientras tanto dando vueltas en un aturdimiento cognoscitivo, en una neblina de sensaciones. En consecuencia, al sentirse entrampados en el círculo vicioso de la realidad insustancial que atraviesan, estos personajes virgilianos en los años cincuenta y siguientes se hacen imprácticos para cambiar el estado real de las cosas en las cuales están situados, a pesar del aliento de vida que los anima, refrendada en su construcción dramática en medio de la circunstancia de la apatía contextual de la época.

Un muro silencioso e invisible se alza ante sus personajes. Los rodea y les comprime. Les deja un espacio de acción muy circunscrito. Desean evadirlo, pero no pueden. Quedan varados como almas lastradas en sus presencias carnales y sufrientes, sin lograr apenas arañar algo a su favor de las condiciones en que están sumidos, escasamente lo que sus ilusorios anhelos les hacen esperar, para de ese modo sumirse en una extraña desesperación, latente y amorfa, sumamente escurridiza. Uno puede hacer asociación con El grito, obra paradigmática del pintor noruego Edvard Munch. Pero a diferencia del grito muncheano, cuyo estruendo reblandece el paisaje circundante, el grito de los personajes de Piñera no sale, apenas se apaga en sus gargantas. Sus rostros no traducen la desesperación interna de vivir en ese letargo; tanta es la contención, bruma y aturdimiento que los embarga. Es un acto de contención defensiva para contrapesar en una aparente quietud el efecto psíquico desgarrador que de una manera subyacente se impregna en la personalidad de esos sujetos. Sin caer por eso en una melancolía, porque están animados por momentos de humor, mordaz en ocasiones. Tal vez, como un modo de darse ellos mismos una palmada en sus espaldas, para avivarse y desembarazarse del agobio.

No pueden escapar de su pathos individual al cual están encadenados. Viven inmersos en una incapacidad gnoseológica para comprender la intervención de factores responsables de su diario existir, porque es de una sobredimensión respecto a lo individual. Siempre es un enrarecido destino individual, matizado en cada uno, aunque participen de una misma situación de estancamiento. Algo también presente en las concepciones epocales de lo absurdo que impregnaban internacionalmente a la literatura y la cultura en esos años, con la cual encontraba íntimas resonancias.
Sus personajes se muestran sometidos a los vaivenes impredecibles que hacen sentir aletargadas a sus vidas, de modo que se les escapa reflexionar claramente, sin asomarse siquiera a la posibilidad de salir de ese desánimo y dar un giro decisivo a ese extravío. En buena medida, la adopción de una actitud poco proactiva en sus personajes, los conduce a esos derroteros de extremos estancamientos. No se enfrentan a sus circunstancias, las cuales los envuelven y asfixian. Tocan a cada cual según su poca decisión de avanzar a un cambio real, radical. Están en el fondo dispuestos absurdamente a permanecer retorcidamente en la inercia en la cual subsisten.

Es como vivir anclados a ese espíritu de autocontención que Samuel Becket logró expresar en Esperando a Godot (1952). Esa que pareciera haber estado gravitando en parte en la sicología social a fines de los años 40 y los 50 en el contexto internacional y también en la sociedad cubana, donde tomar las riendas del destino en las propias manos se veía debilitada por la tácita aceptación en la práctica de la idea de ser una sobredimensión que sobrepasaba en mucho las posibilidades reales de aspiración a un cambio sustancial en lo individual y lo general de la nación. Esa era, a mi juicio, la visión de este escritor en relación al por qué no poder desplegarse esos personajes en una vida auténtica.

La obra de Piñera desde el lado de la literatura del absurdo es una proyección de sí mismo, de sus inquietudes y desesperaciones personales, mostrada de forma multiplicada en personajes sometidos a la sensación de aplastamiento, como si una mano invisible les contuviera y les impidiera liberarse de esas fatales circunstancias. Sus personajes son modelos recreados por su poderosa imaginación, tomados de las personas reales que observaba, perdidas y agobiadas en sus esfuerzos inútiles a la larga, o poco esperanzadores, en los intentos frustrantes por intentar salirse de esa perniciosa trampa sicológica que la sociedad les condicionaba.

Sus personajes son juguete del destino, sin poder ejercer una verdadera acción sobre él, sólo la que el simulacro de sus vidas apagadas les permite. Triste contorsión de lo que supondrían ser sus más caras aspiraciones. Aparecen por eso envueltos en sus diatribas cotidianas, arruinando a diario sus vidas, y no obstante, no dejan en conjunto de mostrar cierta grandeza en la nimiedad de sus pequeños anhelos. Una triste pregunta parece desprenderse: ¿qué hubiera sido de esos personajes si la vida no se hubiera confabulado para anularlos? He aquí tal vez el sentido último virgiliano de mostrar el absurdo instaurado a nivel de lo cotidiano, sobre el cual habría que volver para estudiar con pormenores la manera específica de manifestarse el horizonte de espera de sus personajes individualmente, contrastando unos y otros.

Del sentido de inconformidad y desesperación contenido en ese clima espiritual en nuestro patio, es que la cultura cubana podía nutrirse de esos estados anémicos socialmente, tan propio de las visiones existencialistas y del absurdo declaradas por los escritores y artistas en Europa. Un modo de suicidio de la voluntad, por la forma en que la sociedad regulaba y encadenaba las vidas de las personas, útil al poder para mantener su estatus y continuar ejerciendo el control social; cuyos efectos se daban en cierta abulia sicológica y torpeza neblinosa en el pensar de las personas, asociado al poco ímpetu, propicio a diluir la aparición y el despliegue de reales afanes libertarios. Encontrables apenas en forma de gestos en la rabia y molestia interior de aquellos artistas y de otros, que desde la cultura se resistían a nivel intelectual, quedando hasta ellos mismos confinados a permanecer rumiando sus desgracias sin atreverse a cambiarlas.

Era notable el desconcierto en el pensamiento existencialista y del absurdo en los años cincuenta, en los cuales se abría paso la expresión de renuncia a un desafío ante los resortes del poder social, diluido en una visión imprecisa del modo de darse en el sustrato de lo social la permanencia a esa subordinación, sin dejarse asomar las posibilidades de alguna real rebelión.

Los esfuerzos tendientes a tratar lo dramático desde lo existencial y el absurdo hacia esa década, encausaba sus energías en sus escritos, limitados por los escasos esfuerzos editoriales y escénicos, que contribuían a manifestar ese estado de desesperación e inconformidad, alejado de encontrar un verdadero cauce redentor en lo social, como no fuera a través de darle rienda suelta a una mordaz ironía, alcanzable solo a nivel de lo individual de su expresión creadora. Por eso, posiblemente los personajes de este dramaturgo quedan frecuentemente hundidos en situaciones adversas sin poder llevar a cabo o intentar salir de ese marasmo, o siguen la vía de involucrarse en el simulacro de jugar teatralmente dentro del teatro ante un horizonte tan limitado, ante las dificultades para pensar en una acción profundamente modificadora que les hiciera salir efectivamente de la alienación.

Sus personajes bajo esa óptica aspiran a lograr deseos elementales, pequeños desempeños materiales que les permitan, apenas y con mucha dificultad, respirar algo, a medias. Ante esas limitaciones, algunas veces fabulan en su inconsciente y en su proyección escénica para sobrevivir menos angustiosamente, ligeramente esperanzados en medio de esa neblina de sus sentidos, emociones e ideas, ocultándoseles en qué sostenerse, salvo mentalmente en actos simbólicos nada realistas para sus ilusorias aspiraciones, nada que los sacase definitiva y radicalmente de esas arenas movedizas.

Es frecuente en Piñera comenzar sus obras en un tono cercano a lo real, y poco a poco ir enrareciendo las situaciones, no porque sucedan cosas extraordinarias, sino porque la situación se estanca en medio del tedio de la vida. Sus personajes parecen caminar hundidos hasta las rodillas en el lodazal de un pantano, y no son conscientes de ello. El tiempo en sus obras no transcurre de un modo estrictamente lineal, pues lo sucedido dramáticamente es como un poco chejoviano, al ser mostradas en su transcurso escénico las interioridades y angustias de los personajes ante el lector y el público, retornando al final a una situación donde los sucesos presentados parecieran dar la impresión de quedar casi en el mismo sitio, salvo la condición de sucesos ocurridos y presenciados que de algún modo han pesado sobre ellos.
Da a pensar que sus personajes siempre están a la espera de un momento posterior, animados de una incierta esperanza, como si aguardaran a que otra persona –otro lector u otro posible público asistente a la representación– abriera nuevamente las páginas del libro donde están escritos, volviendo a desplegarse los mismos sucesos relatados ante ese otro observador, sin desear llegar a un momento de término en la cadena de lecturas y representaciones escénicas consecutivas.

Uno se pregunta si entre las brumas cognoscitivas que embriagan y aturden a más de uno de sus personajes, esas vidas imaginadas por el autor transitan por un laberinto, moviéndose apenas alrededor del mismo sitio. Ausentes los destellos que iluminen el por qué esos estados absurdos de letargo en los cuales viven sumidos, y de cómo poder salirse de esa extraña madeja de situaciones que diluyen los posibles alcances de su acción. No logran separase de esa atmósfera viscosa y adversa que se adensa, haciéndolos torpes, ciegos a vislumbrar las causas reales que los provocan. No las de superficie. Las profundas. Es como si sus vidas estuviesen sometidas a fuerzas no claramente inteligibles que vuelven a dejar a los personajes inmersos en esas tramposas circunstancias.

No pocos de sus personajes bajo esa alienación del absurdo se presentan escurridizos en los alcances de sus propósitos. Se quedan a medias, en realizaciones enjutas, como si en su discursar dramático perdiesen un tanto la orientación y el sentido de sus propósitos, sin poderse asir con solidez a algo ni siquiera tan pretensioso. Pues aunque parezcan moverse en una dirección, no avanzan realmente; entran en un recorrido brumoso, incómodo, chapotean en lo incierto.

Los personajes de Piñera están abocados a existir en el mundo, no en felicidad sino en una vida inauténtica; en la inquietud, zozobra, angustia y desesperación disimulada, que como una pesada carga los asfixia lentamente. En ese enrarecido medio de su existencia no se vislumbran mejores aspiraciones para ellos. Les deja poco margen a hacer cambios decisivos en sus vidas individuales.

No es un sentido trágico de la vida el que los mueve. Si fuera trágica, al menos tendría sentido la disposición a experimentar como sufrimiento ese desgarramiento lento y lacerante, como ocurre en personajes de obras de la cultura universal, coetáneos o de otros tiempos y latitudes, que bajo un efecto e impulso poderoso, encuentran en ese sufrimiento un sentido de belleza estética elevada, un sentido a sus renuncias. Como por el contrario si se observa en su obra más temprana, en Electra Garrigó, apenas comenzados los años cuarenta.

De manera contrastada con esta obra suya tan significativa, los personajes ulteriores de Piñera, denotan un giro notable al haber traspasado el umbral hacia el absurdo. Ahora se muestran alejados de poder realizar cambios radicales en sus vidas. Los sitúa inmersos en condiciones donde pesa el aliento absurdo, muchas veces en medio del devaneo de la opresiva e insalvable banalidad que como una maldita circunstancia los rodea por todas partes en una situación sin salida. Resultando insolente, absurda y desesperante por conducir a la inacción, algo que sentía posiblemente su autor en la suya personal, provocando el sofoco y el aturdimiento mental de la voluntad en sus personajes y tal vez no pocas veces en él mismo, del cual los personajes son su proyección.

Es la vida experimentada como lacerante hastío, pesadumbre y abatimiento. Sin esperar cambios en un suceder de inacabables pesares, atenazados por el fracaso de sus vidas como personajes, en medio de la permanente sensación de esos desconsuelos, dada en un angustioso y cargante transcurrir del tiempo, como si los pies de esos personajes estuviesen atados a pesados fardos que los limitan, de los cuales no pueden desprenderse, impidiéndoles liberarse definitivamente de esa angustia callada, latente y sin fin. En esos entornos no perciben con claridad esa pesantez, o apenas la aprecian como una impresión de retardo, de debilidad de su voluntad, de desgana para pensar y hacer. A distancia notable entre lo aspirado y lo lograble, se acomoda el actuar de los personajes a ser un acto inacabado, enunciativo de un modelo circular, condenado a repetirse, en el cual los personajes no alcanzan iluminación acerca del porqué su situación les conduce al vacío en sus existencias, pues de entrada no la perciben, no son totalmente conscientes del estado de inmovilidad en que permanecen.

Son personajes que anhelan pequeñas cosas y no las obtienen. Esa dimensión no les da oportunidad a una gran dimensión trágica. Se duelen en silencio. A veces dicen algo sin poder profundizar de manera realmente esclarecida en las causas reales, provocadoras de su desaliento. Es como si atravesaran una condición que paradójicamente los convierte en cómplices por aceptar estancarse. Están así, no solo porque no se les favorece el contexto para cambiar y obtener verdaderas mejoras. En el trasfondo, es también porque ellos no dan pasos decididos a liberarse de ese encierro. Hay ataduras psicológicas.

El ambiente resulta de una cotidianeidad neblinosa, muy pesada. Una pereza los invade. Es permanecer esperando algo que los impulse y les confiera un haz de luz y esperanza, un aire fresco en el cual alejar al menos por un tiempo sus silenciosas pesadumbres y desesperanzas. No cabe encontrar en ellos una actitud realmente rebelde. Son sacudidos apenas unos instantes por sentirse inmersos en la frustración, y luego, tras esa sacudida de tono menor, todo vuelve a esa enrarecida normalidad.
Estos personajes sienten como si estuvieran condenados a existir en el mundo y nada más. No les está dada una felicidad alcanzable, inmersos en la inquietud de su desesperación. No es un sentido trágico de la vida. Nada trascendente los espera, como por el contrario si ocurre en el personaje de Electra, quien no obstante atravesar una carga de incertidumbres existenciales, no por eso le frenan a tomar decisiones fundamentales con el riesgo que estas decisiones le entrañen. Esa voluntad de acción modificadora no está presente en los personajes posteriores, o al menos, se ha diluido tanto que ya no pesan en ellos.
Si estuviesen impregnadas de un sentido trágico, las vidas de sus personajes sometidas al absurdo, tendrían un sentido y una elevada disposición a ser experimentada como sufrimiento y por tanto como belleza de un espíritu superior. Lo peor es que se da ahora del lado de lo banal. Ese otro lado raro de la belleza. Para algunos de la des-belleza. Donde ese pesar psicológico se torna insolente y absurdo, dada la permanencia de las condiciones de vida sin mostrar cambios significativos. El lector lo aprecia en la una impresión de retardo, de debilidad de la voluntad que los hace transitar por la rutina.

Aunque hay un humor incisivo en Piñera, se desdibuja en parte su poder compensatorio en la incapacidad de los personajes de alcanzar el por qué se da en profundidad la situación de pesadez angustiosa en sus vidas. Sufrida de modo no reflexivo, dejándose llevar por unas circunstancias cuya inmediatez no deja avizorar un horizonte más profundo de percepción. Es como si la fuerza de un destino de menor envergadura y muy oculto, muy alejado de la altura de la dimensión de los personajes trágicos, se encargase de solo permitirles dar pasos cortos e inciertos al diario vivir.

No es un drama existencial metafísico el que ofrece, como si se dio entre representantes del absurdo en Europa. No tienen tal carga de desatino y de desesperación sus desasosiegos. Aunque no deja de tener sus efectos psicológicos sobre el comportamiento último de los personajes en su literatura, condenados a moverse dando tumbos, sintiendo un raro y pesado desamparo.

Cuanto acontece en las escenas en sus páginas literarias podría hacer creer dramáticamente a sus personajes el ir avanzando penosamente hacia un objetivo. Pero lo que sucede según me parece ver es el dar vueltas y vueltas sobre el objeto de deseo, entre la imposibilidad de la intención y la duda por no estar seguros de finalmente lograrlo. Es inacción, revestida de la ilusión de bastar el apenas desear alcanzarlo.

En esa subyacente angustia en la cual viven, puede que por un momento tengan la impresión de poder escapar a ese destino miserable, pero los nubarrones vuelven y vuelven, y aunque intenten escapadas serán solo momentos de pequeñas esperanzas ilusorias. En esas circunstancias, después de tanto deseo ansioso de salir de lo incierto, tras los vanos intentos de mejoramiento de la existencia, ¿para qué han de luchar estos otros personajes de Piñera? Si pretenden simular una actividad es más bien solo un juego para burlarse de la rutina, la cual vuelve a dar vuelta a la rueda, y atrapa de nuevo a los personajes, sin permitirles salir de esa trampa. Es la negación en última instancia del posible derrumbe. Puede que por eso su obra esté exenta de sentimentalismo. De ahí en parte su crudeza, la de ser el suyo un arte sobrio. En esa postura anidaba su sinceridad como autor. Decidido a pensar cada palabra, cada expresión, sin ánimo de conceder entregas mimosas al público. Para Piñera este debía sur un émulo, un otro yo del autor, capaz de situarse con esfuerzo en el contexto de la acción dramática e interpretar con juicio lo mostrado.

Algo a no perder de vista en Piñera es la manera peculiar que permea en su obra general la reflexión sobre el hombre y su destino, desde lo cual fue elaborando progresivamente una obra monumental en nuestras letras y en nuestro teatro, a la que habrá de rendírsele siempre homenaje, y un estudio del más alto nivel artístico y estético por la proeza de haber ido conformando su pensamiento literario en el periodo pre-revolucionario y en los años subsiguientes con la revolución, como un paradigma permanente de verdadero rigor intelectual.

No caben dudas que fue, sigue, y de seguro seguirá siendo un gigante de las letras cubanas.

Foto: Archivo Cubaescena

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