Una humilde maravilla como signo de vida

Por Omar Valiño

El pasado dos de noviembre fue el Día del Archivero, ese oficio esencial para la preservación de la memoria histórica en tantos ámbitos. Dos semanas atrás, en Matanzas, tuvimos cita en uno de ellos, por primera vez presencial en mucho tiempo. Fue un reencuentro con visos de fiesta por la vuelta a la vida dentro de una normalidad controlada. Una vez más el sitio fue la Casa de la Memoria Escénica con el sustento del Consejo Provincial de las Artes Escénicas (CPAE).

Como señaló el poeta Alfredo Zaldívar, el dramaturgo Ulises Rodríguez Febles tiene la capacidad de renovar las acciones de la Casa que dirige en un permanente flujo de efectividad. Esta vez mezcló, junto a su equipo, una convocatoria doble. El consolidado evento científico El Anaquel, que ya va por su decimoctava edición y abre intercambios tanto a investigaciones de corte académico como a proyectos de trabajo teatrales. Y creó nueva senda con la Primera Feria del Libro Escénico que puede convertirse, a futuro, en un festival en sí mismo.

El Anaquel revisó los impactos de la pandemia en la labor de grupos e iniciativas y se detuvo en trasvases hacia el universo audiovisual y hacia espacios microlocalizados que resultaron interesantes refugios de los artistas para sostener su labor. Teatro de Las Estaciones, El Mirón Cubano, Icarón y El Portazo circularon sus experiencias, así como el Museo de Esculturas en Madera de la Dramaturgia Cubana, la Jornada Virgilio Piñera en Cárdenas y el departamento de promoción del cpae.

Este conglomerado constituye la fuerza de las artes escénicas matanceras como marca de la ciudad por la sostenida labor de artistas, agrupaciones e instituciones.

La Feria reunió a numerosas editoriales que favorecen al libro de contenidos escénicos, sea dramaturgia, investigación, ensayo o técnica: Ediciones Matanzas, Aldabón, la Revista Conjunto con su número 200 y el Fondo Editorial Casa de las Américas, Letras Cubanas, Tablas-Alarcos con su avalancha de novedades, el libro A Baracoa me voy, de Isabel Cristina y Jorge Ricardo con el apoyo de la Fundación Rosa Luxemburgo. Más disponibilidad de novedades en acompañamiento de la tradicional Vigía, la artesanal y artística El Fortín, de Rolando Estévez y la Librería España.

Esta cita me recordó aquellos Días del Teatro en la Feria del Libro en La Cabaña a principios de los 2000, compartido afán de visibilizar la importancia de publicaciones de la galaxia escénica, destinada, por supuesto, a crecer.

Entre teatristas, críticos, editores, archiveros y bibliotecarios, estuvieron presentes los autores Yerandy Fleites, Raúl Bonachea, Taimi Diéguez Mallo y el propio Rodríguez Febles. Se sumó al Museo la escultura inspirada en Nadie se va del todo, de Pedro Monge Rafuls, quien desde su asiento en Nueva York ha desarrollado una ingente labor a favor de la dramaturgia nacional. Las Estaciones nos devolvió al disfrute del teatro en vivo.

En el borde de la nueva vida que comenzamos a conquistar a la salida de los estragos pandémicos, se subraya la felicidad del reencuentro. Muchas veces la hallamos en las pequeñas cosas. Eso sentí en la Sala Abelardo Estorino de la Casa de la Memoria Escénica, un espacio que, con su buen funcionamiento, ideas claras y oficio de servir, ha conquistado una mística sencilla de verdaderos encuentros donde se cuece el futuro. Una humilde maravilla como signo de vida.

Fuente: Periódico Granma

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