Tropicana en el tiempo

Por Frank Padrón

Para algunos fue  la canción homónima  del flautista Julio Brito  por la que le fue adjudicado el nombre; lo cierto es que, desde su inauguración,  el 31 de diciembre de 1939, Tropicana parecía destinada a figurar entre los más famosos cabarés del mundo. En los años 50, la escultora Rita Longa diseñó la figura que la representa: una bailarina en pose, con los brazos arqueados que a lo mejor prefiguran su célebre salón,  Arcos de Cristal.

Con dos  salones – el mencionado y el legendario Bajo las Estrellas, donde tienen lugar los shows-,  otro VIP arriba con vista panorámica del cabaré y el llamado  Bacará,  el Centro cuenta también con dos  restaurantes: Los Jardines y Rodney, este último en homenaje a quien fuera a partir de la década del 50, su renovador y coreógrafo estrella: Roderico  Neyra, “Rodney”.

Con 82 años de fructífera andadura, el emblemático centro nocturno se renueva y prosigue su indetenible poder de convocatoria.

No voy a detenerme en sus antecedentes e historia,  pues ya el colega José Omar Arteaga hace un par de años, desde este mismo sitio,  reflexionó sobre ello en un enjundioso texto (https://cubaescena.cult.cu/paraiso-las-estrellas-mitos-realidades-del-cabaret-tropicana/); antes bien,  quiero referirme en estos apuntes a su actualidad.

Con casi dos horas de duración, el primer show, Oh, la Habana muestra un variopinto y representativo collage de música y danzas populares; en seis cuadros , con un profesional grupo de artistas (entre cantantes solistas y coro, bailarines, modelos, una orquesta y varios malabaristas) se concibió un fluido y jugoso espectáculo que incluye danza contemporánea, algo de circo y la alternancia de géneros y ritmos criollos: bolero, son (así como la mixtura de ambos), mambo, pregones, canción, guaracha, afrocubanía (congas de carnaval, guaguancó…) y muestras  también del otro tronco —el hispano—, los cuales sostienen ese espectro que se adueña del múltiple escenario y sobre todo, del ánimo y complicidad del espectador, quien solo se desprende de su asiento para bailar.

Si bien el sonido se mantiene fiel a la estética cincuentera del pasado siglo (quizá la etapa más brillante del cabaré, en la que consolidó su fama y suceso), la jazz band que acompaña, bajo la dirección musical de Raúl Rojas, ha revestido casi todos los arreglos de células que permiten el sonido se acerque, se perciba de ahora mismo; y hablando de lo sonoro, desde el punto de vista técnico, Pedro R.Pavón consigue precisión y limpidez, al punto de que llegan los matices desde cualquier sitio del salón.

La multiespacialidad del escenario, que aporta un sentido de ubicuidad y amplitud, de vuelo literal,  contribuye a lo vistoso y policromo del espectáculo, en lo que tienen mucho que ver el diseño de vestuario (Abraham García), de luces (Gerardo Molejón) y las coreografías ( Alberto Pérez y Leonel Ricardo) para construir ese universo rico en solfas, pasos, voces, que pueblan el  topos de una inmensa escena donde a veces se incluyen las propias mesas y el activo público; soberbia producción de Martha Granda y dirección de Armando “El Jimagua” Pérez.

¿Qué falta a este aplaudible concierto? Lo que hace décadas tuvo: una figura central (como lo fueron en brillantes etapas del centro nocturno artistas de la talla de Celia Cruz, Rita Montaner, Celeste Mendoza, Elena y Omara, pasando por músicos de la talla de Senén Suárez, Armando Romeu, Eliseo Grenet y Bola de Nieve) o visitantes ilustres  (el trío Mixteco, Lina Enhart, Lalo Maura, Frank Sinatra, Libertad Lamarque, Nat King Cole, Josephine Baker, Carmen Miranda , Pedro Vargas, Cheo Feliciano o la cubana nacionalizada en México. Amalia Aguilar), algo acaso un poco más difícil en los momentos actuales pero no del todo imposible.

El hecho de que junto a ese equipo de valiosos artistas, dentro de un programa diseñado con coherencia y equilibrio,  haya un “peso pesado” completaría su impacto y alcance aunque, aun así,  resulta disfrutable y exquisito.

El resto lo constituyen, un intermedio (Tropicana después de Medianoche, a cargo del proyecto Moda y Comunicación de RTV Comercial) con música grabada y festiva incluyendo la participación directa en la pista del público, más la animación certera y grácil de los populares actores Alejandro Socorro y Leo “Piso 6”, bajo la dirección artística de Frank Álvarez, producción de Juan Massip y coreografías de Caruca,  para dar paso al segundo tiempo,  que lleva El Club de los Soneros Dorados,  una orquesta salsera de poderoso y bien ejecutado sonido.

Con ofertas asequibles (a diferencia de la desmesura en otros centros colegas)  que han permitido por estos días festivos a cientos de coterráneos el disfrute de estos espectáculos incluyendo  cena y bebidas,  Tropicana celebra sus flamantes 82 años rejuvenecidos, siempre alegres y desafiantes al tiempo.

Foto: Archivo Cubaescena

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