TEATRO. Futuro inmediato entre realidad y entelequia

Por Norah Hamze Guilart

Pensar en el futuro del teatro, en los tiempos que corren llena de incógnitas que traspasan las “amenazas” del desarrollo de las tecnologías de la información y las comunicaciones, y las limitaciones de intercambio presencial impuestas por una pandemia mundial sin atisbo de soluciones definitivas de modo inmediato.

En las últimas décadas del siglo XX, frente al boom de medios tan poderosos como la televisión, el cine y el audiovisual, se impuso el debate en torno a la posible desaparición del teatro como vehículo de comunicación espiritual y artística entre los seres humanos. Dicha opinión se fue neutralizando en virtud de su permanencia como pacto receptivo insustituible, directo, humano, sin mediadores en que se produce el hecho teatral. Sin embargo, no puede negarse la influencia de estos medios que pasan a formar parte del día a día en la vida ciudadana y son asimilados por el teatro.

Estos tiempos sitúan un antes y un después de la pandemia por ser un acontecimiento que ha sacudido a todo el orbe con el número de vidas cobradas y transformadas por secuelas, la notable incidencia en el status social de muchos habitantes, los cambios en los modos de ver y pensar la existencia, en las costumbres, la comunicación a distancia y,  respecto al consumo del arte, con la imposición de las redes sociales como vehículo de recepción “virtual”, en tanto circunstancial, aleatorio, con todo lo que abarca el término y puede aplicarse a esta forma de recepción asincrónica; experiencia no presencial, no vivida por intérpretes y espectadores en momento real.

Las ventajas respecto al alcance de esta manera de asumir lo teatral, de la que nos hemos apoderado por contingencias ante el confinamiento y la necesidad de mantenernos activos e interactuar, nos ha descubierto sus beneficios y la urgencia de sumarla dentro de las nuevas maneras de difundir y proteger el teatro.

Muchas son las experiencias vividas en tal sentido. Por solo referirme a las más descollantes, se ha abierto la brecha en el medio televisivo para disfrutar de la recreación de piezas de Teatro de Las Estaciones, bajo la dirección del actor y director Rubén Darío Salazar respecto al teatro para niños, de títeres y figuras, que por la calidad y empaque pueden colocarse entre las producciones más exigentes, atractivas e instructivas.

Rubén Darío Salazar grabando el espacio Títeres al Minuto, presentado en plataformas digitales. Foto tomada del perfil de Facebook del artista.

Por otro lado, en los espacios dramatizados de la televisión nacional destacan las adaptaciones de Hierro de Argos Teatro, bajo la dirección de Carlos Celdrán, y el unipersonal A solas con la reina, dirigido por Jorge Mederos, cuya égida para la televisión estuvo a cargo de Charly Medina y María de los Ángeles Núñez Jauma, respectivamente.

Son meritorias otras intervenciones concebidas para el medio televisivo entre las que sobresalen algunos teleteatros y ciertas clases especializadas, sobre todo las relacionadas con el clown, el teatro de títeres y figuras animadas impartidas por prestigiosos profesionales.

Los escenarios institucionales se acompañan en las redes sociales de otro gran impacto promocional que, de manera personal, realizan agrupaciones y artistas con mínimos recursos ante la necesidad de mantenerse vivos, de mitigar la ansiedad y el apremio de intercambios para visibilizar su labor. Estos ejercicios —por su alcance‒ llegan a confines insospechados, nos proporcionan el aliciente de la connivencia y el placer de ver la a nuestros colegas con buenas energías en plena creación y añoranza por regresar a “las tablas”.

La inmediatez de las redes sociales y su raudo vuelo espacio-temporal es un factor poderoso en la comunicación, revelado para muchos e impuesto por la pandemia, a cuyos beneficios no podemos renunciar; por el contrario, su efectividad verificada como escenario oportuno para la promoción, información y debate, nos da una señal de cuánto requiere desarrollarse.

Eventos por modalidad no presencial, tanto en tiempo real o con participación asincrónica, ponen al descubierto las exigencias tecnológicas de nuestras instituciones y las personales, demostrable también en la docencia ante la dificultad de interacción más diáfana con los estudiantes, a lo que se suma el costo de la conectividad. Muchos son los factores que obligan a revisar y fortalecer el acceso personal e institucional de la comunicación por esta vía, convertida en un instrumento necesario. Pero junto a las limitaciones de los medios tecnológicos se suma la calidad de lo que hacemos, aspecto en el que debe centrarse la atención por parte de directores teatrales y de los propios intérpretes, ya que las deficiencias son más notables al colocar determinadas acciones en las redes. Ello compulsa a insistir de manera individual y colectiva en los puntos débiles e insuficiencias, para que cada acto creativo esté respaldado por la mayor calidad discursiva y artística.

La recepción en un espacio teatral se diferencia del consumo del mismo producto artístico en el medio audiovisual, teniendo en cuenta que la interacción, dinámica y sinergia que se produce entre el público y los intérpretes, no se corresponde con la diversidad inconmensurable en que está ubicado el receptor en las redes sociales, al no compartir ese mismo espacio. Por demás, (al estar grabado) cada quien subordina el consumo de la obra artística a su tiempo, estado de ánimo y todo lo que favorezca la elección del momento adecuado y al   acceso desde un móvil, una laptop o una pantalla televisiva de diferentes tamaños. Esto, que en cierta medida es una ventaja, condiciona la calidad en la reproducción y su receptividad. Por otra parte, la capacidad de apresar la atención en un teatro es mucho más fuerte, donde —por ejemplo‒ una caída de ritmo breve o algo que no cautive, puede compensarse y no induce a interrumpir de inmediato o rechazarlo como usualmente ocurre en el producto audiovisual.

Mayra Mazorra en el monólogo En privado con la reina. Foto: Buby Bode.

Resulta también oportuno reparar en que la cámara no siempre tiene la capacidad selectiva e individual del ojo humano en un acto teatral en vivo, para mirar desde diferentes ángulos sin perder la visión panorámica, lo que exige el reforzamiento de diversos recursos tecnológicos. Algo similar ocurre con la textura y su incidencia en la recepción desde lo sensorial. Por ello, el traslado una pieza teatral al medio audiovisual demanda mucho rigor con la resolución de la imagen y el sonido, dígase, en el uso de las cámaras, la iluminación, el audio y toda la logística requerida ante el riesgo de empobrecer el acto creador.

En tal sentido, el audiovisual en el teatro  puede contribuir a crear un gran público o a restringirlo si la calidad no responde a las expectativas; puede enaltecer el producto teatral o degradarlo si no es lo suficientemente atractivo, estimulante, motivador y profundamente artístico, lo que nos advierte sobre la necesidad de intensificar la creación dramática en los medios, a partir de la experticia de los implicados, y no realizar trasplantes de piezas teatrales sin la rigurosidad requerida.

Al ubicar un contexto con determinada atmósfera, el audiovisual se ampara en elementos escenográficos, ambientales, sonoros y los complementa con recursos informáticos y cinematográficos de mucha riqueza, que si bien en un recinto teatral logran recrearse, siempre estarán influidos por la contaminación de sonidos propios del lugar, donde la respiración, la risa, una pequeña exclamación, una tos, así como el sudor, el esfuerzo, la exposición emocional en directo de los intérpretes y la inquietud ante la peligrosa complejidad en tiempo real del acto, están en constante retroalimentación con la consecuente incidencia perceptiva.

A diferencia de otras expresiones artísticas, el teatro es un arte para minorías en el sentido estricto del término, relacionado con la cantidad de individuos que pueden ocupar el espacio destinado para su disfrute en determinada ocasión; es una convocatoria para unir a las personas en un hecho concreto, un espacio de socialización antes de comenzar y al final del mismo. Ese momento único, colaborativo e irrepetible de confabulación entre público e intérpretes es difícil de reemplazar por un mediador entre ambos, por ser un intercambio donde cobra valor la memoria de los sentidos, que incluye —además de la vista y el oído‒ el olfato, el gusto y el tacto. Del mismo modo, la evolución de una pieza teatral se mide en la confrontación directa con el espectador, y el impacto, a través de las reacciones en su desarrollo y la expresión emocional intransferible al concluir el acto, que en cada función se comporta de manera diferente.

Todo lo expuesto con anterioridad determina la evaluación de un resultado artístico, tanto en la labor individual como colectiva. Aun cuando el éxito sea mayor en el medio audiovisual, el “like” o los comentarios resultan más fríos y atemporales. Incluso, el ejercicio de la crítica se ve modificado respecto a la recepción, que en el teatro será más objetiva, integral y armónica por todos los parámetros que puede abarcar, y por el riesgo de una acción que no puede modificarse insitu, cuyo éxito descansa en la suficiencia y responsabilidad personal y grupal.

Entre los empeños del Ministerio de Cultura está la creación de un canal cultural y un centro multimedial, como instrumento necesario para potenciar el desarrollo de la actividad cultural en todas sus posibilidades, con marcado propósito en la promoción y consumo del arte. De ahí la importancia de conocer muy bien las manifestaciones artísticas y sus complejidades ya que, la infraestructura tecnológica debe conjugarse con la selección rigurosa de profesionales competentes y especializados y la jerarquización del producto artístico elegido para aspirar a la excelencia, pues en la ineludible interacción entre arte y tecnología, el arte es el rector.

No es lo mismo hacer un teatro para la Televisión que llevar a ella una pieza teatral, al ser éste un lenguaje que demanda el concurso de personas experimentadas. Desde mi apreciación, el éxito en este empeño reside —esencialmente‒ en la creación de una plataforma artística y tecnológica imbricada armónicamente, donde la dirección televisiva y teatral sea cohesionada, o convenientemente depositada en un conocedor de los dos medios, capaz de mantener la esencia de la obra y no afectar valores probados en los escenarios.

Aunque parezcan frases trilladas, se impone la huida del facilismo, la improvisación, la comodidad y el triunfalismo, así como el crecimiento profesional en todos los que deseen apoderarse de las redes sociales como un medio de promoción y consumo de la obra artística, para no quedarnos en la entelequia y responder desde los comienzos por un hecho teatral de elevada calidad a través de los medios audiovisuales.

Las escuelas de formación de actores, de nivel medio y superior, deben ser conscientes de la necesidad de potenciar la actuación televisiva en sus planes de estudio, para desarrollar otras habilidades respecto a la creación y la maniobra informativa en las redes sociales.

Caleb Casas en el personaje de José Martí en la obra Hierro de Argos Teatro. Foto: Sonia Almaguer.

Por otra parte, los recintos teatrales requieren mayor refuerzo y garantías del equipamiento tecnológico, que incluye lo exigido para el uso del audiovisual como recurso expresivo en una puesta en escena, algo necesario y bastante frecuente en la contemporaneidad, al que los creadores deben renunciar en ocasiones.

La propia razón de existencia del teatro obliga a extender su alcance. En la actualidad es ineludible su inserción sistemática en las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones con mejoría en las posibilidades de acceso, sin renunciar a los escenarios teatrales, ni al impulso de la práctica comunitaria en barrios, escuelas, centros laborales y Casas de Cultura; no para reproducir acciones habituales, sino para atemperarlas al momento y rediseñarlas aprovechando sus beneficios en todos los aspectos.

La poderosa fuerza de la imagen complementa el intercambio sensorial de persona a persona, pero no lo sustituye. Todo lo que podamos imaginar no tendría éxito si no se aplican fórmulas efectivas en función de la calidad del producto teatral. Ello nos coloca frente a la amenaza que se cierne sobre el teatro si no se utilizan adecuadamente las redes sociales, si no se insiste en el rigor formativo mediante un impulso en los colectivos teatrales por elevar el nivel profesional de quienes lo necesiten, si no se aprovechan óptimamente los espacios posibles para su consumo. De otra manera, solo lograremos seguir lamentándonos de lo que nos falta o vivir en la irrealidad desde el regocijo como “canto de cisne blanco” y hacer retroceder un teatro que, por sus valores, ha conquistado un sitio honorable en el movimiento cultural cubano y del mundo.

Estos apuntes no pasan de ser reflexiones que me inquietan.  Son apenas una motivación para el intercambio sobre un tema crucial en la evolución de nuestro teatro, acorde con el acontecer nacional y universal, donde el avance hacia la consolidación de los medios audiovisuales de forma integral, involucra a creadores, especialistas y técnicos. Los tiempos han cambiado y nos alertan. La pandemia ha puesto de rodilla al mundo; ha cerrado puertas y ha abierto otras al conocimiento y a las maneras de acceder a ellos. Es importante moverse a ese compás con los pies bien plantados y la vista fija en aquello que demanda la experiencia vivida, el sentido común y la necesidad de ir siempre hacia adelante.

En portada: Hierro de Argos Teatro. Foto Sonia Almaguer.

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