Teatro de Las Estaciones: las estrellas dejan su rastro

​Por Víctor Ricardo Cabrera Soriano

​Si se habla en Cuba de reconocimiento a la creación escénica, los Premios Villanueva de la Crítica que otorga la Uneac son un eslabón fuerte en la cadena. Un jurado de expertos críticos e investigadores escénicos se congrega para otorgar el galardón y marcar así la historia del teatro y la danza cubanos.

​Para los creadores de la Isla, este premio es una rúbrica que ratifica la constancia de su actuar dentro del panorama que los inscribe. Los Premios Villanueva 2025, concedidos y anunciados el pasado diciembre, se entregarán este 21 de enero. En la lista de espectáculos laureados se encuentra Un rastro en las estrellas, seductora puesta del colectivo Teatro de Las Estaciones, dirigido por el Premio Nacional de Teatro, Rubén Darío Salazar Taquechel.

​En lo atrayente que fue la obra, hay que señalar el hecho de que dos de sus intérpretes recibieran el premio Adolfo Llauradó, dado por la Asociación Hermanos Saíz. Por sus actuaciones en Un rastro en las estrellas, Laura Marín y Raúl Álvarez fueron galardonados en la categoría de mejor actuación para niños y de títeres.

​Los últimos años me han dado el placer de estar cerca y pendiente del matancero grupo Las Estaciones. Mayor goce me ha producido tener un acercamiento a la obra y enseñanzas directas de sus líderes Rubén Darío Salazar Taquechel y Zenén Calero, ambas personalidades de la escena cubana que han dado muestra de su valía para las artes escénicas.

La vehemencia de acudir a una obra de Rubén Darío y su grupo es, sin dudas, muestra de que saben encantar a su público. Un rastro en las estrellas fue justo un gancho que dejó atrapados a todos los que acudieron a su cartelera.

​La última vez que la pieza se puso en La Habana, como parte del Festival de Teatro de La Habana, me percaté de que la genialidad de su composición estaba más allá de las hazañas interpretativas y dramatúrgicas del colectivo.

Sobre la puesta en escena de Las Estaciones, Norge Espinosa, destacado crítico teatral cubano, expresó:

Consigue dejar no solo un rastro en las estrellas, sino que además alienta, en estos tiempos difíciles, sin dejar de hablar de lo bello y el dolor, del encuentro y de la pérdida.

A un espectáculo de Teatro de Las Estaciones se debe entrar con los ojos limpios de cualquier prejuicio, y de esas ocasiones se sale con la certeza de que sus creadores han vuelto a hacer lo que mejor saben: recordarnos que la figura animada es un ser de poesía propia y genuina. [1]

Por sentido propio, Un rastro… es una muestra infinita de reconfiguraciones convergentes entre tradicionalismo y actualidad; también entre técnicas y concepción, o entre fantasías y realidades que asfixian al ser humano.

Reinventar un clásico

Esta versión escénica de El Principito, clásico de la literatura infantil, se presentó varias veces en el 2025, en la sala Adolfo Llauradó. Salazar ha moldeado su pieza para este escenario, que se vuelve íntimo por su cercanía al espectador.

La producción se distingue por darle una nueva estructura a la narrativa de Saint-Exupéry, viéndola desde lo variablemente escénico. Su base es el poemario Asteroide B-612, del matancero José Manuel Espino, título que le valió al escritor el Premio Uneac Ismaelillo de Poesía en 2015.

Coincido con el criterio de Norge Espinosa, en que Rubén Darío, y su team, “apelan a lo hallado en dicho poemario, el cual reimagina toda la fábula desde la perspectiva del niño y no del aviador”.

​La dramaturgia, que trae una historia contada por el propio niño, intensifica el foco en lo rehecho. La narración se convierte en el motor del espectáculo, que no deja de lado los momentos de reflexión educativa, punto que le da a Teatro de Las Estaciones un sello dentro del teatro cubano.

Es singular en Un rastro en las estrellas una recontextualización del cuento; por ejemplo, la vanidad de la rosa no es notoria. De esta forma, se logra que la atención desde el inicio hacia los andares del pequeño príncipe y los deseos entrañables de volver a su tierra.

​Otro toque distintivo del grupo se ve en el montaje escenográfico. Zenén Calero transforma el escenario en un desfile de personajes-planetas. El también Premio Nacional de Teatro nos impacta con diseños donde los títeres son manipulados por los actores.

En este punto, veamos que Espinosa destaca en su crítica que el diseñador ha imaginado a su protagonista como una reinvención, buscando un personaje que “nos subraye su código de un ser diferente, que viene de otro mundo”.

Además, me provoca gran admiración que los personajes sean muñecos de manipulación directa (sin barrillas, ni hilos, ni siendo títeres guantes), donde las manos visibles del actor completan la esencia del títere flotante.

​Durante la puesta, al igual que en el libro, el Principito tiene encuentros en diferentes planetas donde analiza las variadas y complejas situaciones que lo rodean. Vemos la aparición del Rey obsesionado con gobernar, al Vanidoso y al Bebedor. A este último personaje, en la representación de Estaciones, se le añade la invitación, del títere al actor, para “beber”, hasta que lo hace caer en la adicción.

​El punto está en que cada figuración, signo o texto se muestran llenos de referencias y potenciada por los versos del poemario, haciendo que la pieza deje de ser catalogada solo como “infantil” y adquiera un valor profundo para los adultos.

La dirección de Rubén Darío Salazar logra una gran densidad en las alusiones a las dinámicas del ser humano y a la vigencia de situaciones universales. El resultado es un ejercicio de madurez que, según Espinosa, se aleja del retablo tradicional y “subraya la libertad de la figura animada más allá de cualquier convención”.

​La propuesta escénica cambia de forma intencional el encuentro central de la historia: la relación entre el Piloto y el Príncipe. El montaje prefiere concentrar la mayor parte del tiempo en el recuento de las enseñanzas que el protagonista saca de su paso por los planetas. Así, el personaje del aviador funciona más como un detonante para las comparaciones que el niño hace con otros mundos, priorizando enseñanzas sobre valores como la amistad, donde “lo esencial es invisible a los ojos”.

​Un rastro en las estrellas marca una concepción que debe ser reconocida como un gran logro artístico del grupo matancero Teatro de Las Estaciones que, desde su pequeña sede en la Sala Pepe Camejo, no se han rendido a la oscuridad y luchan por resultados como el espectáculo Un rastro en las estrellas.

[1] Espinosa, N. (13 de noviembre de 2025). Buscando el rastro de Saint-Exupéry. Perro Huevero: Boletín oficial del Festival Internacional de Teatro de La Habana