¡Siempre el circo!

Por Gladys Alvarado

El arte circense en Cuba posee una amplia tradición que cuenta con reportes documentales desde el siglo XVIII, a partir de pequeñas compañías trashumantes que recorrían los poblados más intrincados. Su carácter eminentemente popular se vinculó estrechamente a la principal industria del país: el cultivo y producción de la caña de azúcar; núcleos poblacionales hacia donde llegaban las pequeñas carpas con sus atracciones. Otras empresas más renombradas, como las de los circos Santos y Artigas, Montalvo y Pubillones, con un repertorio depurado y una base económica superior, ocuparon las vistosas carpas y los grandes teatros del país, sin descuidar su minucioso plan de giras nacionales. Los artistas de la pista cubana tuvieron una amplia repercusión en toda América Latina, fundamentalmente en México, país que comparte el disfrute de múltiples artistas nacionales. Figura emblemática de los años 50 fue Roberto Muñoz, quien recorrió el mundo con su número de equilibrio en un dedo, como parte de las atracciones que ofrecían Los Trotamundos de Harlem.

La flamante señal televisiva se convirtió en espacio obligado de los domingos en casa. Gracias a El circo con Valencia, y posteriormente El Circo en Televisión, quedaron en el imaginario magos como Mandrake y Nevalis, El Indio Toro, los payasos Chorizo y Choricito, Filiberto y Trompoloco. Le debemos también a la pequeña pantalla el recuerdo de los españoles Gaby, Fofó y Miliki, así como otras tantas figuras circenses de la infancia de nuestros adultos mayores.

La enseñanza de habilidades en esos años era fundamentalmente empírica y se transmitía de generación en generación; esos antiguos troncos familiares aún podemos identificarlos en las actuales carteleras. Los Mesa, los Montalvo y otros mantienen vivo ese pasado de gloria que fue la historia del circo en Cuba. Pero, ¿qué ocurre con el circo a partir de 1959? Me refiero, más que a la compilación de fechas y nombres (mucho más precisa en quienes se dedican a historiar), a lo que para mí han sido las esencias y consecuencias del cambio.

La Revolución dignificó al artista circense y le ofreció un sinnúmero de garantías capaces de satisfacer sus posibilidades de desarrollo, sin temor a lo incierto; nunca más una compañía se verá en la ruina después de un ciclón que arrasó su carpa, ni repartiendo los pocos centavos recaudados en una nefasta noche de función. De entretenimiento popular, el circo pasó a ser la manifestación de las artes escénicas más querida por toda la familia cubana, que la espera cada año en los teatros, las carpas o los intrincados rincones de la geografía nacional, todo ello gracias a esa continuidad histórica trashumante que muy bien le valdría el Premio de Cultura Comunitaria.

Fidel Castro, el gobernante siempre abierto al diálogo desde los días del triunfo y quien en sus “Palabras a los intelectuales” supo trazar magistralmente el programa de la Revolución referido a las artes, se acerca al mundo del circo. Allí lo vemos, en 1962, inaugurando el primer Circo Socialista de América: el llamado Circo INIT. Gracias al empuje creador de Celia Sánchez y al apoyo incondicional de los maestros cubanos constructores de carpas, se dotó al país de una hermosa instalación y  vagones de ferrocarril capaces de satisfacer con creces las necesidades del espectáculo y la vida cotidiana de sus artistas.

La Revolución dignificó al artista circense y le ofreció un sinnúmero de garantías capaces de satisfacer sus posibilidades de desarrollo. Foto tomada del perfil de Facebook del Circo Nacional de Cuba.

Todo fue apuntando al cambio, hasta que el 6 de junio de 1968 ocurre la institucionalización de toda la actividad circense en el país, fecha que se toma como aniversario del Circo Nacional de Cuba. Años de luces y sombras, pero donde se impone la esperanza, que se materializa en lo que considero se convierte en el suceso transformador por excelencia: la formación académica de los diversos géneros del arte circense, y con ello la apertura de posibilidades de ingreso a la misma de todo aquel que posea las condiciones técnico-artísticas. Al núcleo inicial de las Escuelas Nacionales de Arte se sumará entonces la Escuela Nacional de Circo, única en el país.

El antecedente de este notable momento se produce al transcurrir la década del 70 del pasado siglo. En la presidencia del entonces Consejo Nacional de Cultura de Cuba se decide situar entre sus objetivos de trabajo el desarrollo artístico-técnico del arte circense, y para ello responsabilizan a Walter Ferrá, director general de Actividades de dicho organismo. Ferrá, excombatiente de la Sierra Maestra, quien durante algún tiempo se ocupó de las tareas culturales en la antigua provincia de Oriente, recibe el asesoramiento especializado de Alexander Voloshin Markianovich (poseedor de dos Órdenes Lenin, una en su carácter de fundador del Circo Soviético, y la otra por el mérito de llevar el arte circense a los campos de batalla durante la Gran Guerra Patria). Su larga experiencia le permitió diseñar un plan que contemplaba el perfeccionamiento técnico de los artistas en ejercicio y la formación de noveles intérpretes en las academias soviéticas. Se procedió entonces a la captación de jóvenes con aptitudes para estudiar los diferentes géneros circenses, quienes partieron hacia la desaparecida Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS).

Después de un período, no exento de sacrificio y añoranza por las bondades del terruño caribeño, en 1979 se presenta en la Isla de la Juventud el espectáculo (con un elenco de egresados) De Moscú a La Habana, el cual se mantuvo en cartelera durante una larga temporada en la capital y otras provincias del país.

Paralelamente a ello, en 1977 y bajo el asesoramiento soviético, se da inicio a la formación del Nivel Medio Superior de Artista Circense, en la flamante Escuela Nacional de Circo, con un sólido plan de estudios encaminado a la formación integral de quienes se interesaran en los diferentes géneros de esta manifestación. Integran el claustro fundacional un grupo de docentes soviéticos, junto a especialistas cubanos como Roberto Suárez, Félix Padrón y Miguel Menéndez, entre otros, nómina a la que se suman, con posterioridad, la mayoría de los artistas cubanos egresados en la URSS.

Gracias a la creación de la Escuela Nacional de Circo se amplió la familia circense a todos los que, con las condiciones requeridas, quisieran brillar bajo la carpa, y se fue modelando una manera de hacer peculiar, donde técnica y tradición se imbrican armónicamente; condición premiada en más de un festival internacional.

En homenaje permanente a los asesores y profesores soviéticos, quienes desinteresadamente contribuyeron a la consecución de una estética que se conoce en el mundo como Escuela Cubana de Circo, nuestra academia lleva el nombre del profesor Yuri Mándich, querido y recordado en el gremio. Los éxitos no tardan en materializarse, y fruto de su primera graduación es el trío en barra rusa Omayé, unidad artística en la que una de sus integrantes, la acróbata Onesis Machado, obtiene el Premio Nathalie Chambrier a la Mejor Artista Femenina, en el Festival Mundial Pista Joven de París, segundo evento competitivo en importancia a nivel mundial.

Jóvenes estudiantes o recién egresados continuaron cosechando éxitos en tan importante plaza, como la mención de la matancera Virginia Araujo, en equilibrio en cable; la medalla de plata del malabarista Rafael de Carlos; el oro del trapecio volante (vuelo del pájaro) de Los Montalvo (llamados así en homenaje a los legendarios artistas); el bronce del trío acrobático Impacto (formado por el profesor Roberto Suárez); las dos medallas de oro de la troupe Espiral (dirigida por su entrenador José Felipe Rodríguez), con sus números de acrobacia en barra rusa y báscula, donde uno de sus integrantes es también galardonado como el Mejor Acróbata del certamen. Otros premios en festivales del mundo como los monociclos de Los Perezof en el Festival Primavera de Piong Yang, o el de la barra rusa de Los Obaleri en el Festival Internacional de Circo de Verona, en Italia, son algunas de las distinciones internacionales obtenidas en las primeras décadas de formación académica en la especialidad.

La participación en certámenes prestigiosos, las giras al país de compañías circenses de todo el antiguo Campo Socialista y la creación del Festival Internacional Circuba (1981) propiciaron la confrontación y, en consecuencia, el crecimiento profesional. Disfrutamos de la depurada ejecutoria de importantes artistas del mundo en un evento que se erigió en verdadera fiesta del público capitalino que abarrotaba la Ciudad Deportiva cada año. Compartieron allí escena y reconocimientos aquellos artistas con tradición familiar, junto a los más jóvenes egresados.

Los años noventa, con los rigores económicos del denominado Período Especial, fueron una dura prueba que implicó abandonar algunas de las más significativas atracciones por otros formatos de mayor adaptación a espacios no convencionales, pero el circo jamás dejó de llevar la emoción y una sonrisa a los más desfavorecidos rincones de la geografía nacional, y el Estado continuó apoyando cada iniciativa, cada intento de mantener la vitalidad de la programación. Tampoco se renunció a la vocación internacionalista de sus artistas, quienes se sumaron de inmediato a la Brigada Marta Machado, tras el terremoto de Haití (2010), y a la Misión Cultura Corazón Adentro, en la República Bolivariana de Venezuela (2008-2015), que recorrió las parroquias más perjudicadas de los cerros y llanos venezolanos.

Payaso Pepitín en la Carpa Trompoloco del Circo Nacional de Cuba. Foto: Buby Bode

Gracias al apoyo estatal, el Circo Nacional de Cuba cuenta con una hermosa carpa en la capital donde se mantiene una programación estable, y es sede, cada verano, del Festival Internacional Circuba. Pequeñas brigadas y la Carpa Azul se mantienen de gira por el país y abunda la presencia de sus artistas en espectáculos de los centros nocturnos más relevantes de la capital y los polos turísticos de Varadero, Ciego de Ávila y Holguín.

Hoy el arte circense cuenta con compañías como la matancera Circo América, comandada por el joven artista en activo Enrique Martell, fruto del sistemático trabajo de captación y formación de talentos en esa provincia; Circomanía, perteneciente al catálogo de Agencia de Representaciones Artísticas Caricatos, dirigida por el profesor José Felipe Rodríguez, con amplia demanda internacional, y Compañía Havana, adscrita al Circo Nacional de Cuba, bajo la dirección de Germán Muñoz; colectivo capaz de beber de la tradición, hermanarse con los saberes adquiridos por exatletas de sólida formación gimnástica en conjunción con egresados de la enseñanza, y llevar a la pista sus grandes atracciones, recreadas bajo la óptica de la contemporaneidad. Con ellas, las plazas más importantes del panorama circense mundial disfrutan hoy de la exquisita técnica, el vigor, el sentido del ritmo y la alegría que caracterizan el arte circense de nuestra tierra. Destacan sus presentaciones en el Festival Circo del Mañana de París, el Festival de Circo en Grenoble y el Festival de Circo de Budapest, así como su participación en el Festival de Montecarlo y las actuaciones para el Santo Padre, en el Vaticano, a lo que se suman las exitosas giras de los espectáculos Tiempo Havana; Concierto Havana; De Cuba, del Circo y del Son; Hotel Havana e ItaliaAcqua, entre otros. Más de veinticinco unidades artísticas de Compañía Havana se mantienen contratadas en prestigiosos circos de Europa y Norteamérica, todo lo cual da fe de la salud de la Escuela Cubana de Circo.

Atendiendo a diversos formatos, a lo largo del país se aprecia el fruto de la enseñanza del arte circense. Bajo el emblemático nombre de Circo Nacional de Cuba, que este año arriba a su aniversario 53, se agrupan 467 artistas de la capital, institución que trabaja arduamente por alcanzar nuevas metas, subsanar errores y perfeccionar los resultados artísticos de esta obra sin precedentes en la historia del arte escénico.

Una expresión eminentemente popular que en 2020 entregó por primera vez su Premio Nacional de Circo y eligió para ello a los artistas Reinaldo Hernández Padrón (último sobreviviente del histórico trapecio volante Los Montalvo) y Heriberto Arias Suárez (acróbata y profesor); tributo a los mayores y a las familias que con su virtuosismo y experiencia contribuyeron a la historia y al presente del circo en la Revolución.

Tomado del Dossier Circo Nacional de Cuba: 53 años de maravillas de la revista digital La Jiribilla.

Foto de Portada: Tomada de la página de Facebook del Circo Nacional de Cuba.

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