SERVUS: cuerpos que duelen

Por Noel Bonilla-Chongo

Susana Pous es una artista de temple. Su ya amplia y certera trayectoria coreográfica entre nosotros, lo ha confirmado. Servus, la creación que ahora mismo la atraviesa y sacude, no deja de acontecerme como una “rara pieza”. Y en este sentido, nótese asimismo la gran paradoja, pues en su corpo-grafía, es una obra de diseños, trama y urdimbre tremendamente directa, franca, clara y nada enrarecida en sus disposiciones temáticas, formales, audiovisuales. Entonces, ¿qué me habrá hecho “ruido” en este poético cántico de las resistencias, del dolor, del poder y los afectos? Créanme, no he dejado de preguntarme desde que saliera ensimismado de la función única que ofreciera recién Micompañía en el habanero Teatro Martí, coliseo que abrazó la función en un último momento. A lo mejor, mi cuerpo apresado entre los efectos y los afectos…

Y digo clara, franca, directa, y trato de reordenar la percepción y desciframiento coreológico ante Servus. Por definición, el título de la propuesta parecería aludir al término “esclavo, siervo” (en latín), detalle no ordinario y para nada imperceptible para la danza al llevar implícito un concepto específico y, también general del cuerpo, del cuerpo bailante. Aquel que, inserto en el mundo y sintiendo el peso cultural, social e histórico de todo, cuestiona el porqué del gesto, del paso, del movimiento, consiguiendo dotar de un sentido a la imagen que su acción/presencia dibuja en la superficie de la piel, en el espacio escénico, en el tiempo de la performance y dentro del contexto situacional que lo acoge. “Cuerpos fuera de sí”, podría decir Victoria Pérez Royo, en tanto se trata de fabricaciones de un cuerpo no menos común en la variopinta escena contemporánea cubana y foránea.

Y es que con Susana siempre solemos ver cuerpos con un porqué. Cuerpos que actúan en libertad y que recomponen, a través de sus códigos lingüísticos expresivos, la posibilidad de una mudez aparente, la emergencia de un “no decir nada”, que es lo mismo que suscitar la multiplicidad de tantos sentidos posibles en el abandono al “silencio y a la inmovilidad”. Quizás, ante Servus, mi ansiedad quinestésica se conecta a la posibilidad de ver lo que no se ve de manera quieta y permanente. Talvez como recurso y vocación de todo aquello que, de manera fluctuante e itineraria, favorece un sentipensar tras los mundos que abre la danza cuando deja ver el movimiento en movimiento, al movimiento como acontecer, con todo lo que ello implica y demanda.

Servus, en el presente escénico insular, se me antoja como resignificación del cuerpo danzante desde la dimensión humana de su ser. Probablemente, bajo propósito de Le Breton, se trataría de una estratagema de la existencia cotidiana que cobra artisticidad en la medida que “el cuerpo herido” estalla en lo propiamente suyo y lo otramente ajeno, en el sí y el para sí de su identidad(es) múltiple(s) hoy por hoy. Sí, la de ese cuerpo humano, un cuerpo transformado en una imagen socialmente estandarizada, que comúnmente y cada vez más, no le alcanza su poder para dar cuenta de él y de la diversidad que representa. De ahí, el cuerpo que se torna “indicador social”, que plantea muchas veces una grieta entre suceso y sentido.

Parecería que “lo raro” por mí advertido colinda con esa grieta. Y en ella, con la direccionalidad lineal de los hechos, las acciones, la gestualidad y grafía sobrentendida del plano movimental, espacial, cromático, objetual, escenográfico, sonoro; o las disposiciones y trayectorias escénicas que conjugan la ritmisidad subyacente en la investigación/creación del entramado coreográfico. A lo mejor, dentro de esa franja imperceptible donde Susana sitúa al cuerpo como el agente que compone y se hace presencia. ¿Qué mueve a los danzantes en la creación de la danza?, ¿cómo los mueve?, ¿dónde ubicar el impulso creativo?: en lo intuitivo o si se desarrolla sobre visualizaciones de situaciones en/para la escena, o si corresponde una cadena de afecciones que forman secuencias de danza. La intuición puede ser una cinética, o de una memoria ancestral, o lindar con el discernimiento profundo para predecir lo que acontecerá. La visualización puede ser de carácter narrativo o abstracto, arquitectura somática del cuerpo conceptual que trastoca la queja en trazo, el trazo en parábola, aunque des-ficcionada, etc. La afección, en tanto sensación pura e inequívoca de lo cinético, acude a la transformación hacia estados físicos y emociones de rara naturaleza y alquimia poderosa. Y ahí estaría la astucia suprema y poética de la creación.

Servus, dentro de los registros poéticos y creativos de Susana, se me presenta sin afeites ni melindres, con una claridad tan directa que me agita. Conociéndola hasta donde la conozco, habiéndola acompañado durante tanto tiempo, me estremecen sus cuerpos dolientes y heridos aquí expuestos, al tiempo que no dejo de soñar la esperanza detrás del grito; sí, ella es de las que siempre se levanta. Quien sabe, si viene emergiendo en su parcours, voyage, itinéraire (camino, recorrido) otra zona discursiva donde el “parkour”, en tanto práctica corpo-espacial, redimensiona los modos para seguir sobre el camino, superando los obstáculos que se anteponen para establecer “nuevas” formas de desplazarse, burlando consabidas arquitecturas de lo teatral, lo danzario, lo artístico y escénico.

Susana Pous sabe cómo “poner el cuerpo”. Ella, con sus danzantes (una Lisset Galego, decisiva y mínimal), con otros habituales y aun con aquellos debutantes, sabe que lo compuesto por el cuerpo es expresión derivada de la praxis artística asentada en la afección, en la intuición y la visualización que brota del gran panel de imágenes mentales que, a su vez, deviene cuerpo en efecto. Irrebatible: la coreógrafa sortea con gracia y eficacia, con fino savoir faire y riesgo, su perspectiva frente al oficio de investigar/crear para la escena, donde pesa su experiencia sensible como bailarina, maestra y guía. Su danza no es gratuidad en desbordamiento de suerte, es evidencia de su “materialidad” recurrente. En ella puede llegar la intuición, el azar y hasta un golpe de suerte, pero solo porque tiene el don particular de saber coreografiar desde la experiencia y el auxilio.

Con Guido Gali, Yanelis Brooks y Caleb Casas ha establecido una fórmula operativa y cómplice. También Eme Alfonso ya es recurrente en varias obras importantes. Pero Susana sabe nuclearse de gente que hagan mejores sus creaciones. En Servus, el diseño y confección de vestuario por Christian Izquierdo/LEFT LIMITED, singularizaron una presencia efectiva junto a la exquisita iluminación de Guido Gali y las animaciones de Sergio Valencia. No niega otras asistencias y consejerías, y estima el rol co-creativo de sus bailarinas (Lisset Galego, Laura García, Dayanis Ochoa, Carmen Herrera, Nina Masciarelli) y bailarines (Héctor Rodríguez, Leandro Cleger, Jorge Irán Díaz, Christian Lago.

Servus, devela y connota el dolor y heridas de cuerpos. De aquellos expuestos en escena, en el entramado de una coreografía donde la danza, podríamos decir que es una apariencia, una aparición que surge de la expansión de fuerzas producidas en la interacción de los danzantes (según la filósofa y esteta estadounidense Susanne Langer). Fuerzas no solo físicas, que no han sido únicamente creadas por los músculos de los bailarinas y bailarines, sino por nuestra percepción ante sus modos bailantes. De esta forma, aquello contenido en la coreografía, lo creado por los danzantes, en nuestra percepción es una existencia virtual (“como el arco iris”, así lo identifica la investigadora mexicana Alejandra Ferreiro); o sea, no ha sido imaginada, sino que es real en tanto que percibida; pero no dejará de ser una imagen creada, virtual. De ahí que la danza sea “una aparición de poderes activos, una imagen dinámica” virtual que, según la operatoria seguida por Langer, expresará simbólicamente las ideas y proceso subjetivo de la creación sobre la vida inmediata, sentida, emotiva; al punto de expresar su conocimiento sobre la naturaleza del sentimiento humano. Quiere decir que, en Langer, la creación dancística, la aparición de la danza (construcción y emergencia de sentido en el movimiento), la imagen dinámica virtual que de ella emerge, presume otorgarle a “los acontecimientos subjetivos un símbolo objetivo”.

Desde esta configuración, Langer pondera el acto comunicativo, aquello que logrará atrapar la visión del lector-espectador; allí poco importará “el hacer dancístico” mismo, su capacidad productiva y generativa: “el fin de la danza es el deleite del espectador”, nos diría la maestra Hilda Islas en su imperecedero texto Tecnologías corporales; pero, aun así, el prontuario personal como archivo-fuente de creación y las particularidades develadas por la Susana guionista y coreógrafa, no deja sin lugar nuestro lugar de percepción, de “dueños del significado”. Y es que en su saber coreografiar desde la experiencia, el acto generoso para favorecer los intercambios sensibles dentro de las prácticas creativas, los alcances e impactos sociales, artísticos y humanos de su poética dancística, hoy por hoy, gozan de un espacio privilegiado en nuestra danza. En ella, en su persona y en su obra, toda evidencia de posible autoridad coreógrafa/directora, nos permite vislumbrar las implicaciones de su ser mujer que vive la experiencia de investigar/crear al tiempo que conserva celosamente su derecho a reflexionar y proponer un camino salvífico de estos cuerpos que duelen.