Reinventarse es una manera de permanecer

Todo puede cambiar, modificarse, convertirse para los teatristas en otro diálogo. Asumir que enrumbamos hacia un público que puede elegir verte o no, como en el teatro presencial, pero que tiene la posibilidad de ser más radical con lo que producimos…

Por Rubén Darío Salazar

Dirigir un grupo de teatro es como dirigir una casa, un país. No puedes desentenderte de los tuyos aunque sobrevengan las peores circunstancias, porque es en ese momento cuando más te necesitan. En los casi dos años del azote de la pandemia, la prensa me pregunta una y otra vez sobre la relación del teatro con la plaga mundial del Sars-Cov-2. Mis argumentos han sido siempre los de un sobreviviente escénico. Alguien que no se ha dado por vencido.

En el más reciente cuestionario el tema fundamental versaba sobre la modalidad de los festivales con carácter virtual. No soy amante de los eventos on line. Debo decirlo antes de explicar mis razones y mi presencia en este tipo de plataformas. Son festivales que han empezado a trazar  un nuevo rostro para los espectáculos teatrales, pues han pasado de recibir puestas en escena filmadas en vivo, a solicitar grabaciones pensadas para una pantalla que se agiganta o empequeñece, según el medio emisor, sea el teléfono celular, la computadora o el televisor.

No se puede amar lo que no se conoce, pero… la necesidad de hacer teatro, que es a lo que me dedico, entre otras experiencias pedagógicas, promocionales y socioculturales, es algo apremiante, inminente e inaplazable, y lo esencial no espera. Hacer teatro es un deseo primario, si no eres (repito que ya van para dos años las salas cerradas) has muerto para todos. Por eso he iniciado un amorío con los únicos senderos que ahora mismo me han ofrecido la posibilidad de encontrarme, entre 2020 y 2021, con  públicos de Cuba, República Dominicana, Haití, Colombia, México, los Estados Unidos o Europa.

Crear otras formas de ser y estar, es dialogar con mi obstinada fe, esa que no se cansa de esperar el regreso presencial a los escenarios, que se ha visto precisada a convivir con los actuales adelantos de la tecnología. Esos medios y artefactos electrónicos vienen transformándose hace tiempo. Han mutado de los juegos ópticos al cine, del séptimo arte a la pequeña pantalla, y de esta al universo digital de las laptops y los móviles de última generación, los cuales pueden estar lo mismo en manos adultas que infantiles; otro detalle a tener en cuenta.

La teatralidad tiene que ver con el juego, los misterios, es una loa a la vida.  Los actores ya estaban en aquellos inventos, fueran profesionales o aficionados, sino quién hubiera protagonizado hace más de cien años los filmes silentes, los programas televisivos del siglo XX. Hasta los dibujos animados y las figuras del stop motion se inspiran en los seres humanos, en su fabulación sobre la naturaleza. Se han utilizado sus voces y las capacidades de estos para crear historias, componer música, imaginar plásticamente un cosmos que no se encontrará con el público de manera presencial, sino a través de cintas, videos, discos y señales digitales.

Lo que diferencia a los teatristas del siglo XXI de las víctimas de otras crisis sanitarias a nivel mundial, son los traspasos posibles hacia otras zonas virtuales donde se puede seguir en acción, vivos. Es lo que ha ocurrido con los que nos hemos negado a esperar la apertura de los espacios de representación mirando hacia el techo. En mi personalísimo criterio, ha habido una expansión hacia otras convivencias entre los artistas y los espectadores. Todo eso existía, dirán algunos, pero habrá que reconocer que muchas veces fue desaprovechado o inexplorado por los histriones de las tablas.

Además de la necesidad imperiosa de cuidar la salud, yo creo que para los artistas escénicos, el confinamiento ha tenido que ver con el destierro de la vida circundante. Ha sido como vivir castigado, purgando por algo que se ha hecho mal y necesita enmendarse con soledad, y la soledad equivale a despoblamiento, incomunicación. Un enorme desierto entre el teatro y la casa-refugio.

Todo puede cambiar, modificarse, convertirse para los teatristas en otro diálogo. Asumir que enrumbamos hacia un público que puede elegir verte o no, como en el teatro presencial, pero que tiene la posibilidad de ser más radical con lo que producimos, pues la modernidad es una puerta que permite a la misma vez y desde un mismo lugar  el acceso a múltiples ofrecimientos.

Vivimos un período donde reinventarse es una manera de permanecer. Para volver a inventarnos tenemos que conocer interiormente nuestros fueros, definir nuevas estrategias, instaurar otras formas y objetivos, y por supuesto conocer hacia dónde vamos, sin que ello constituya perder la esencia, sino el establecimiento de alianzas necesarias con otros medios artísticos. Se trata de cambiar para no autoaniquilarse. Ni más ni menos.

Emisión especial del programa Vivir del cuento, de la Televisión Cubana.

El teatro virtual y todo lo que se refiere a la posibilidad de interpretar, aunque no sea de la manera tradicional, alimenta mi optimismo. Me da confianza, seguridad en estar apto para el regreso. La confianza es certeza, esperanza, fe, y es la ilusión que tanta falta nos hace.

La palabra “virtual” comienza a parecerme atractiva. Dice el diccionario Larousse básico que se refiere a algo aparente, que no es real. También dice que lo virtual está relacionado con el tener virtud para hacer una cosa. Virtud es la tendencia del alma que nos impulsa a obrar bien. Virtuoso se le dice a un artista consumado. Una definición llena de compromiso y reto. Me gusta ese camino. En él, junto a Teatro de Las Estaciones, estoy.

Imágenes cortesía del autor

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