El rayo sensorial en la puesta en escena contemporánea (I)

Por Roberto Pérez León

… el desafío real surge cuando el objetivo no es el éxito, sino despertar significados íntimos sin tratar de complacer a toda costa.

Peter Brook

Las fuerzas siempre en progreso del devenir cibernético han producido una discursividad de heteróclita gramática al ensamblar estética y tecnología; esta articulación requiere de nuevos saberes al quedar alineada la percepción, la sensorialidad en una “cantidad hechizada” que “tiene tanto de excepción como de costumbre” (Lezama).

De nuevo recurro al apodíctico materialismo mágico de la poesía, a esas definiciones que incluyen lo indecidible, y veo en Lezama Lima una ruta poderosa para entrar a la poeisis teatral como “forma de provocar la visibilidad de lo creativo” y vencer el determinismo. Las incesantemente novísimas tecnologías de la información y la comunicación se han convertido lezamianamente en paisaje de cultura donde sucede “un combate sin posibilidad de cuartel y un sellado enigma”.

Estamos ante un nuevo misticismo con coordenadas de naturaleza que artizan; el sujeto receptor es condicionado no por el arte sino por una erótica, por una sensorialidad que lo sobrepasa, lo afecta y lo somete a una estética ocupatio, que como la de los estoicos, repleta el cuerpo.

Las exultantes anticipaciones que de la estética hizo Gilbert Simondon (1924-1989) siguen convocando a artistas y filósofos que ven en la noción de “tecnoestética” del pensador francés una precisa y riesgosa problematización sobre la realidad de la técnica y el arte contemporáneos.

Existe un borrador de una carta de 1982 que Simondon envió a Jacques Derrida al momento de la creación del Colegio Internacional de filosofía donde propone la noción de “tecnoestética”, entonces dice:

La  estética  no  es  solo  ni  primeramente  la  sensación  del  consumidor  de  la  obra  de  arte,  es  también,  más  verdaderamente  ahora,  el  rayo  sensorial,  más  o  menos  rico,  del  artista  mismo:  un  cierto  contacto  con  la  materia  deviniente.  Sentimos  la  afección  estética  soldando  un  metal  o  colocando  un  tornillo

“El rayo sensorial” de las nuevas tecnología: afección y misterio, técnica porque  estética, estética  porque  técnica.

El arte sobrepasa los límites ontológicos, liberándose en relación al ser y al no-ser: un ser puede devenir y repetirse sin negarse y sin negar haber sido, el arte es poder de iteración que no destruye la realidad de cada recomienzo; en esto es mágico. Hace que toda realidad, singular en el espacio y en el tiempo, sea sin embargo una realidad en red: este punto es homólogo a una infinidad de otros que le responden y que, formando parte suya, no destruyen la ecceidad de cada nudo de red : allí, en esta estructura reticular de lo real, reside lo que podemos llamar el misterio estético.

Simondon, deslumbrado por la estructura totalmente en hierro forjado del decimonónico Viaducto de Garabit (1884-1886) terminado por Eiffel comenta:

Atraviesa la naturaleza y es atravesado por ella […]. Es una obra de tecnoestética, perfectamente funcional, perfectamente lograda y bella, simultáneamente técnica y estética, estética porque técnica, técnica porque estética. Hay fusión intercategorial.

Sobre lo que tiene de misterio la ocurrencia estética Simondon nos dejó dicho:

Es  la  realidad  original  la  que  permanece  muda,  no  presente,  pasada  y  todavía  por  vivir,  de  manera  cuasi  inmediata  y  por  lo  tanto  misteriosa.  Lo  que  es  central  es  el  misterio,  él  mismo  no  figurado

La experiencia tecnoestética sería la inmanencia, desde el ángulo lezamiano, de la potencia de participación entre lo estelar y lo telúrico actuando en la extensión que es el potens, la posibilidad infinita: “lo posible moviéndose en la infinidad engendra un potens que es la imagen posible”.

Las tecnologías de la información y la comunicación (TIC) provocan una metamorfosis hacia la fulguración y brillo que dentro del sistema poético de Lezama se llama sobrenaturaleza, eso que los griegos llamaban terateia.

Al respecto declara Lezama:

 la terateia era una de las columnas del teatro griego, es lo que hacía que los actores usaran zancos y hablaran resguardados por un máscara. Es lo maravilloso, lo sobrenatural, pero penetrado por el hombre enlazado por sus esquinas.

Entonces escribe Simondon:

La  tendencia estética  es el ecumenismo del pensamiento. En ese sentido, más allá incluso de la madurez de cada uno de los géneros de pensamiento, interviene una reticulación final que aproxima los pensamientos separados provenientes del estallido de la magia primitiva.

El ser humano siempre ha tenido el espacio, en su gravitación y realidad, como escenario de apropiación; el espacio gnóstico que puede no estar ni ser pensado, pero que según Lezama interpreta y relaciona, y el hombre lo busca como único y último instrumento de configuración y forma. Pascal, por su  parte, potencia lo operante del espacio al decir: “por el espacio el universo me abarca, por el pensamiento yo lo abarco.”

Por otro lado Simondon considera que los seres humanos tenemos tres modos de apropiación del espacio: el mágico, el religioso y el técnico; cada uno de estos modos tiene su propio refinamiento para operar por y desde el hombre. Como modo primario tenemos la magia que va a hipostasiarse en una manifestación sensorio-motriz, no abierta aún al espacio cartesiano, donde aún no ha aparecido la cultura y predomina lo biológico; luego, por la fecundación de la cultura arriban los modos de apropiación del espacio correspondientes a lo religioso y lo técnico con las exigencias psicosociales correspondientes. Las esencias matizadas del diálogo fructífero entre estos modos nutren al teatro como obra de la cultura, como producto social, como una de las formas comunicacionales que ejerce el ser humano complacido en teatralizarse y “teatrarse”.

Una puesta en escena más que un discurso subjuntivo es indicativo porque el teatro, por lo que tiene de pronostico y razón, es más espejo que imagen. En la puesta en escena como centro de incorporaciones las tecnologías de la información y la comunicación ejercen influencias de poderosas gravitaciones que inclinan y obligan. Se trata de influencias que al interrogar a Lezama encuentro que “no son de causa que engendran efectos, sino de efectos que iluminan causas”.

Así la concepción de una puesta debe incorporar el sentido de los valores técnicos y sus esenciales relaciones con la sensibilidad y el arte de la escritura escénica. En la puesta en escena como espacio poiético productivo la tecnología es esencial para producir efectos estéticos de tecnicidad irradiante y fuerza creadora que exigen de artistas operadores – ¿performers?

El accionar escénico está condicionado por la simbólica-imaginativa del tejido conectivo de gestos biológicos y/o técnicos que habitan en un discurso de espectacularidad sistémica donde el espectador no solo es un contemplador sino que se erige como aguzado productor de sentido cuando no es sometido por el esplendor del tecnologicismo. Lo contrafactual de una puesta en escena, el universo posible que nos puede presentar, es mediado por la red de redes donde es dable supeditar la estética a la técnica o lo técnico a lo estético a través de un esquematismo vehiculado en ideologías y socio-políticas reificantes. No podemos ser tecnófobos, asumir una posición anti-tecnología. Es un error ser indiferentes a la connivencia de lo analógico-orgánico y lo digital-artificial donde la estética tradicional de la contemplación es intervenida por la “tecnoestética”.

La noción simondoniana de “tecnoestética” nada tiene que ver aquella estética técnica blasonada por las vanguardias históricas de las primeras décadas del siglo XX. Cuando hablamos de “tecnoestética” la relación técnico/estética no es un quid pro cuo (una cosa por otra) sino un do ut des (doy para que des). La “tecnoestética” forma parte de la experiencia técnica del ser humano sin abandonar el placer, la emoción, la praxis de una envoltura mágica, misteriosa y sorpresiva de la realidad.

Tecnicidad y esteticidad en tándem genera una transformación de la orquestación interior de la percepción. Entonces la aprehensión de una puesta en escena será desde una organicidad de cadencia más vigilante. Que yo conozca, aún entre nosotros la ingeniería de la puesta en escena no tiene en cuenta, ni en teoría ni en la praxis, que el placer en el teatro hoy por hoy se reduce cuando no se posiciona el montaje desde una perspectiva “tecnoestética”; insisto en que no se trata de la estética técnica perseguida por las otrora vanguardias del siglo XX.

Los factores técnicos, la tecnicidad como tendencia que hoy definen en gran parte las valoraciones estéticas inciden en las prácticas comunicativas inherentes a una puesta en escena. Las tecnologías de la información y la comunicación conllevan otro significado de la percepción, de las sensaciones, de la afectividad, al modelar y ensanchar el horizonte de efectos de los sistemas significantes que componen la puesta en escena.

Todo montaje como acción creadora sucede en un territorio de multiplicidad de significantes que significan más que sus significados; la dinámica de las posibles focalizaciones de los sistemas significantes admite una interactiva enunciación  (escena-público): batalla concéntrica de signos que tiene como condicionante poderoso el gesto tecnológico: simulación, inmersión, interacción misma, como efectivas iniciativas artísticas contemporáneas.

El accionar sígnico de la semiosis de la puesta en escena es un mundo intermedio entre el hombre y el mundo. La antroposemiosis genera reflexión, indagación, comprensión de la puesta como mundo que no es fortuito ni arbitrario, sino como mundo que se resustancializa, se rematerializa en dialéctica imagen especular del contexto sociocultural del público/escritura escénica.

Como la puesta en escena se concibe teniendo en cuenta al público y sus expectativas, no cesaré de llamar la atención sobre la conveniencia de sostener el interés científico sobre los espectadores y desarrollar propuestas investigativas de estudios de públicos que tengan en cuenta particularidades geográficas, intelectuales, económicas, etarias y toda la gama de indicadores que tributen a la planificación y desarrollo de las artes escénicas ante el ineludible fenómeno tecnoestético.

Es axiomático que los  estudios de públicos formar, amplían y consolidan expectativas, incrementar las  posibilidades de apreciación e inciden en los esquemas cognitivos de los espectadores.

Conociendo al público podemos hacer que el horizonte de la recepción tenga proyecciones fecundantes en la producción de sentido y su eficacia social e individual en el impetuoso paisaje de la “tecnoestética”.

En Portada: Aire Frío, Danza Espiral. Foto: Abel López Montes de Oca

(Visitado 25 )

Exportar a PDF:

Comparta nuestros contenidos en redes sociales:

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Leer más
ADIÓS A UN GRAN ARTISTA DE LA ESCENA LÍRICA

Nos deja un hombre de teatro, Juan R. Amán, ese que se graduó en 1961 como instructor de teatro y...

Cerrar