Problematizar la crítica (I)

Por Roberto Pérez León

Hagan rizoma y no raíz. ¡No planten jamás! ¡No siembren, piquen! ¡No sean uno ni lo múltiple, sean multiplicidades! ¡Hagan la línea y jamás el punto! La velocidad transforma el punto en línea.

Gilles Deleuze & Félix Guattari, Mil mesetas

 

En la tercera década del siglo XX se empieza a gestar un acercamiento teórico a la realidad desde una perspectiva crítico-teórica que se opone a la teoría tradicional. Surge un sistema teórico abierto que desde una mirada social y sus intereses teóricos pretende convertirse en una fuerza transformadora de la sociedad.

La Teoría Crítica posibilita la discusión epistemológica en torno a los saberes políticos, culturales, sociales, económicos, científicos todos ellos cimentados y cimentadores, lo que no quiere decir que sean un campo de certezas, específicamente por sus entremeses en relación con la praxis social, su reflexión y visiones críticas, al menos desde nuestra perspectiva latinoamericana.

Ahora bien, la Teoría Crítica propicia cuestionamientos y diálogos que deben generar entre nosotros una actitud epistémica contrapuntística capaz de contrarrestarla sin rigidez, con flexibilidad.

Si advertimos que a estas alturas dentro del proceso de aceleración en que vivimos la Teoría Crítica es una suerte de cinta de Moebio, con una sola cara y un solo borde, seremos capaces de construir nuestra plataforma de saberes desde la reorientación y reutilización sin distopías ni utopías y mucho menos eutopías, sin espejismos conceptuales.

Más o menos desde mediado del siglo XX empezó a desdibujarse el horizonte de lo establecido, apareció la práctica de una crítica que trazó una primera  aproximación a la reformulación de las categorías de la vida social y política, y se entró en una crisis donde los discursos empezaron a calibrarse de inoperantes.

Al tramarse estructuras científicas, políticas, sociales y culturales se abrió un abanico de interacciones que en muchos casos ha dado lugar a un cierto paroxismo teórico.

La Teoría Crítica llega a estudios, tanto apocalípticos como integrados, que podrían tener un sesgo de colonialidad subrepticia legitimada a través de los centros de poder-saber hegemónicos; y, por cierto, todo esto está lejos de los propósitos de la primera generación de creadores de la Teoría Crítica encabezada por Max Horkheimer y Theodor Adorno.

El ámbito de la Teoría Crítica admite propuestas investigativas y a la vez de resultados que indican la diversidad epistémica que en algunos casos puede estar escindida de la praxis social concreta.

Se trata de conceptos que se nutren y nutren una Academia que resulta ajena a las particularidades latinoamericanas. La Academia desde los centro de poder-saber provenientes de Europa y Estados Unidos, como locus enunciationis donde poderes establecidos ostentan contenidos que no se revelan como demandantes de un análisis cónsono con el pensamiento político e ideológico de América Latina, y caen en errancias donde los significados se hace muy líquidos al punto que liquidan lo específico.

Podemos decir con llaneza que hay dos tipos de crítica: la callejera donde cualquiera se manifiesta críticamente evaluando, clasificando, jerarquizando, en fin dando su opinión; y, la otra es la crítica que subsume la interdisciplinariedad y la transdisciplinariedad como categorías y prácticas de un análisis cognitivo, de una rigurosa observación, y desde este ángulo suele generarse un brutal e indiscernible despliegue conceptual.

Para llegar a la crítica de un objeto hay que instalarse justamente en el campo de ese objeto y contar con una práctica epistémica de mayor generalidad donde se afiance la constelación del ejercicio del criterio para superar el criticismo dirigido a “descubrir errores” mediante juicios valorativos, normativos. Se trata no de evaluar los objetos sino ponerlos en contexto, proporcionar ordenamientos alternativos para pensar de otra manera. No es suficiente el ejercicio del juicio a través incluso de un minucioso conocimiento del objeto

Hoy tenemos al posmodernismo entre las discursividades a considerar en la base de la Teoría Crítica como avalancha de conceptos, ideas, categorías que pretenden fundar una sensibilidad civilizacional que puede ser cuestionada y no precisamente cuestionadora.

En sus aún valiosas reflexiones en Posmodernismo, razón y religión (1992), E. Gellner declara:

La idea de que todo es un texto, de que el material básico de los textos, sociedades o prácticamente todo, es el significado, de que los significados existen para ser descodificados o desconstruidos, de que el concepto de realidad objetiva es sospechoso, todo esto parece formar parte de la atmósfera o niebla, en la que florece el posmodernismo.

Por otra parte Lanz en El discurso Postmoderno. Crítica de la razón escéptica (2000) considera que el posmodernismo conlleva:

Una nueva sensibilidad fundada en un doble movimiento: disolución de la episteme moderna (con todas sus categorías motoras) y surgimiento de una nueva racionalidad (débilmente apoyada en el fragmento, la deconstrucción, la diseminación pulsional, la socialidad empática, el descentramiento, la irrupción de lo efímero y contingente, la recuperación relativista del hedonismo, lo erótico, lo lúdico). Lo posmoderno anuncia una transfiguración (Mafessoli) epocal en lo que transita hoy todo el pensamiento que se asoma al siglo XXI.

Otro de los “pos”, como “estrategias del vacío” (Lipovesky), que ha sido fecundante en la Teoría Crítica como construcción de hegemonía cultural es el posestructuralismo que ve el conocimiento como discurso en movimiento incesante donde, según Derrida (1989), tienen fundamento el pluralismo, la deconstrucción y la fragmentación del significado. Esto implica que el significado de un texto puede salir a la luz descomponiendo la estructura lingüística donde está inserto.

Sin embargo la deconstrucción no puede ignorar la teoría social y por consiguiente lo político. A veces, en aras de la voracidad deconstructivista y textualizante, logocéntrica  se cae en esoterismos teóricos, representaciones y mediaciones para la sustentación de una lógica cultural que disfraza la lógica del poder colonial. Y entonces  se construye un promontorio textual que no lo brinca ni el chivo más audaz y preparado. Y es que no se puede reducir la realidad a una textualidad que diluya los referentes sociales.

La deconstrucción permite arribar al interior de determinados textos culturales que se nos brindan como referencia. Pero al posicionarnos desde la Epistemología del Sur podemos intervenir en sus dinámicas y revelar la tendencia autoritaria que suele ser velada por el logocentrismo que reproduce el pensamiento colonial.

Otro de los “pos” a tener en cuenta en la base epistémica de la Teoría Crítica es  la poscolonialidad; este accionar debe tener una perspectiva que permita llegar a las consecuencias de las insistentes latencias del colonialismo y del pensamiento colonial y su repercusión en la vida material y espiritual de nuestros pueblos hoy.

Sabemos que Marx dudaba de que la mera escritura tuviera fuerza para retar al poder si se abandona o descuida la práctica política.

La latinoamericanidad no es un proyecto unidimensional, como territorio epistemológico nuestro debe desmantelar la lógica de la dominación.

La Epistemología del Sur es una construcción intelectual e ideológica condicionada por la  dinámica de la pluralización y la sensibilidad social correspondiente al multiculturalismo cultural latinoamericano.

La Epistemología del Sur se propone la constitución de un lenguaje que está generalmente bloqueado por el lenguaje dominante (Adorno).

Yo no creo en la desterritorialización del pensamiento, como tampoco creo en el determinismo geográfico. Pero la condición fáctica de ser latinoamericanos, el lugar (locus) desde donde se piensa es seminal por su potencial crítico-político inmanente y  legitimador.

La determinación del locus de un modus openrandi define el carácter semiótico en tanto nos devela la sintáctica, la semántica y la pragmática, es decir el carácter de los corpus teóricos.

La Epistemología del Sur establece distancia crítica, tiene en su dinámica la desujeción del sujeto al poner fin a las ataduras al discurso hegemónico y proponer,  con creadora poiesis, la reflexividad para el devenir de otras subjetividades y narrativas desde la desobediencia, con imaginación teórica que trace el camino de la discusión poscolonial a la descolonización de nuestros saberes de genealogía híbrida y de indiviso entramado simbólico y material.

El pensamiento identitario es un baluarte ideológico y político latinoamericano que permite establecer las diferencias y las especificidades que nos conciernen y  develan la singularidad de la cartografía de nuestras acciones sociopolíticas.

La urgencia de una nueva racionalización crítica conduce pues a una poscrítica como perspectiva de reflexibilidad que vertebre, en la temporalidad histórica correspondiente, la unificación de lo distinto.

La poscrítica como acomodo enunciativo es la crítica entretejida con un compromiso social, ideológico y político desde la Teoría Crítica sobre la sociedad,  la ideología, la política y la cultura hoy. Eso sí, sin caer en el monopolio de un  pensamiento crítico que maquille o disfrace los objetos que piensa.

La poscrítica entre nosotros tiene que ser emancipadora, visibilizar las crisis y contribuir a salir de ellas.

La poscrítica no es discursear en “contra de”, “sobre de” sino “para”, “con”, “a partir”. Desde el contrapunto a la crítica de matriz ortodoxa, conservadora, hay que acabar con el juicio “sobre” y llegar a  un texto que  no obstruyan el flujo del pensamiento latinoamericano signado por la experimentación y la objetiva relación causal: pasión/razón/acción/afección, práctica semiótica que nos permite leer las señales culturales no como representaciones conceptuales sino como actos de sentido transformador.

Las artes escénicas en sus interacciones estéticas, culturales, sociales, tecnológicas ponen de relieve la complejidad social de sus actantes y los procesos ideológicos involucrados.

Ahora bien, cuando pensamos el teatro como fenómeno poscrítico no podemos hacerlo desde únicamente la representación de conceptos verbales, quedarnos en el nivel lingüístico-léxico-semántico como estrategia discursivo-comunicativa central.

Sabemos que el posdrama postula que en el centro del suceso teatral no está el lenguaje ni desde el punto de vista sensible ni intelectual.

El posdrama tiene una textura en sus realidades donde el verbo ya no es lo primero. Ha sido esta una de las mayores rebeliones en las artes escénicas que ya cuentan con propios recursos simbólicos que hacen que puedan producir sentido más allá de lo verbal.

El teatro ha adquirido códigos de significación digamos poslingüísticos que le imprimen una compleja imbricación en la realidad real y sus aceleramientos.

Una puesta en escena entre nosotros puede ensanchar la sensibilidad social e individual y rubrica, desde la inmediatez y lo predictivo, el sentido de un discurso ideoestético acendrado por la experiencia del cosmos biopsicosociocultural latinoamericano.

En Portada: Antigonón de Teatro El Público. Foto: Lessy

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