Para presentar a un caballero del diseño

Por Norge Espinosa

Podría hablar del protagonista de este libro como quien meciona a un vecino, porque en verdad lo somos, y no pocas veces lo he visitado en su casa de Alamar, o nos hemos tropezado en las laberínticas calles de este punto de La Habana que pareciera tener sus propias leyes, muy diferentes a las de otras zonas de la ciudad donde él ha vivido y trabajado con una intensidad que los años no logran diluir. Pero este es el momento de referirnos a él como su obra nos lo indica, subrayando su calidad excepcional como artista del diseño para la escena cubana, como un maestro que sin necesidad de cátedras ni poses arrogantes ha dado lo mejor de su talento, y que a la altura de este impenitente verano de 2017 puede reconocerse en un legado mayor, tan extenso y luminoso como para que nos sorprenda y también a él mismo le sorprenda.

Cuando mencionamos a Eduardo Arrocha, amigos y enemigos se inclinan con respeto, porque él, además de su dotes para el oficio donde ha conseguido un prestigio imbatible, es un ser humano transparente y noble, un elegante caballero de otros tiempos que nos ha regalado el milagro de estar entre nosotros, para regalarnos de vez en vez un golpe de color, una textura, una visión sobre las tablas, que nos recuerda con minuciosa precisión la diferencia entre arte y artesanía, entre búsqueda y hallazgo, entre información y cultura. Él ha sido capaz de unir todos esos puntos y al mismo tiempo ha creado un ámbito donde el valor estético es ya un carácter. Un diseño suyo, cualquiera de sus bocetos, es inconfundible. Creo que a uno de sus mentores, el no siempre bien recordado Rubén Vigón, eso le agradaría mucho.

Hace unos pocos años, en la galería de la sala Talía (tan céntrica y tan mal utilizada, la pobre), asistimos a la exposición que rescataba los bocetos creados por Arrocha para el frustrado estreno de El decálogo del Apocalipsis, la explosiva creación de Ramiro Guerra que escandalizó a funcionarios y recelosos y que puso fin a la relación del gran
coreógrafo con el Conjunto de Danza Moderna que él mismo fundara. Los que admirábamos a Arrocha, y conocíamos su estilo, su trazo impecable, volvimos a deslumbrarnos ante su mano. Las creaciones del Decálogo demostraban su capacidad para asumir, en aquel 1971, las nuevas tendencias del pop art en un juego arriesgado y al mismo tiempo pletórico de sugerencias. Cuerpos como flores, sexos como brotes y capullos, el color usado en términos extremos y sicodélicos. Esos bocetos son la prueba de una madurez, llena de sugerencias al tiempo que sintética y provocadora, donde nada está de más y al mismo tiempo se muestra todo lo que el ojo necesita. Acudir a esa apertura fue una lección nueva, que me hizo replantearme mucho de lo que creía saber de Eduardo Arrocha: eso que los maestros verdaderos nos revelan de cuando en cuando para recordarnos que nunca debemos creerlos cosa acabada.

Ahora es él mismo quien nos acerca a esos ciclos de su vida y su obra, completamente interconectadas, y en la que puede sorprender la entereza con la que los obstáculos, las dificultades de la cotidianidad y los encontronazos más graves no hayan detenido nunca su mano. Estrella Díaz, quien ya se había aproximado a esa figura inolvidable que fue María Elena Molinet (con quien Eduardo compartiera el Premio Nacional de Teatro), ahora interroga al diseñador de Medea y los negreros, Giselle, Escándalo en la Trapa para llegar al fondo de esos hitos y revelar siempre al ser humano que nos dejó ver, literalmente, la verdad escénica de esas poderosas creaciones.
Arrocha narra con buena memoria, y candor incluso, pasajes íntimos y públicos de su existencia, desde los días en la Guanabacoa natal hasta el presente, cuando se detiene en una esquina alamareña a esperar el almendrón que lo llevará de vuelta al Vedado para entregar nuevos bocetos a algún coreógrafo o director impaciente.
Algo más nos dice este libro: Arrocha es una persona agradecida. A pesar de obstáculos, tropiezos y desencuentros,
nos relata su vida con profunda gratitud hacia todo lo que se le ha revelado en ella. Su pupila, entrenada para captar siempre detalles que lo califican como una personalidad aguda, nos devuelve aquí no solo impresiones de proyectos
y viajes, sino además texturas, valores, juicios que desde temprana edad fue acumulando en la búsqueda de su destino.

Cuando el joven aspirante a pintor se lanza a la conquista de Europa, pasando por Estados Unidos, está emprendiendo un viaje de iniciación que lo marcará de forma indeleble, que dilatará lo aprendido en la Concha Ferrant y en San Alejandro, y nos está regalando pasajes de una suerte de iniciación que lo pondrá (y nos pondrá) frente a sus maestros, a los que finalmente conocerá en contacto directo, en las salas del Prado o el Louvre. La fascinación que lo embargó en esos y otros museos del Viejo Mundo permanece intacta en su memoria, y así nos la ofrece, como cuando puede detenerse a admirar el David de Michelangelo.

Las anécdotas de esos viajes son también las de un espectador teatral, que se deslumbra ante María Casares, importantes compañías de ballet y ópera, y que, ya que estamos hablando de un viaje realizado en 1959, debe haber visto a Nuria Espert, la extraordinaria actriz española, en su Gigi. Marcel Marceau, Josephine Baker, el London Festival Ballet, más teatro y ópera, se mezclan en esos recuerdos con los originales de Rembrandt, Leonardo, Boticelli, El Greco, Goya, Velázquez, Rubens, los salones portentosos del British Museum, y el hallazgo en alguna iglesia o catedral de otras obras maestras. Arrocha absorbió todo ello, acaso consciente de que serían esenciales para el artista que ya iba siendo, y que estaba tan cerca de la escena desde que diseñara los bocetos de El sombrero de paja de Italia, que tanto le celebrara Rubén Vigón y que provocaron elogios de Andrés García, otra influencia esencial en el devenir de Arrocha.

Es Vigón quien propone su nombre a Ramiro Guerra, lanzándolo a la órbita de ese coreógrafo y renovador fundamental. Con la cabeza llena de lo visto en el mundo, Arrocha se ve como jefe de escena del Conjunto de Danza Moderna, y tendrá que aprender los rigores de este oficio, hasta convertirse además en el diseñador de algunas de las más notables piezas de ese repertorio que deslumbró a cubanos y extranjeros. El reto de Ramiro era creciente, y la claridad de su búsqueda fue un ejercicio constante de demandas, en pos de una verdadera síntesis expresiva, que el joven artista comprendió y asimiló con verdaderas ganancias. Es por ello, y desde ahí, que Arrocha se convierte en sinónimo de la danza en nuestro país, por su fidelidad y empatía con la obra de coreógrafos y bailarines. Como me dijo en alguna entrevista que le hice: «yo también soy un bailarín». Y no hay quien lo dude, porque a través de sus creaciones, bailaron hermosamente vestidos muchos de nuestros mejores intérpretes, desde Alicia Alonso hasta Luz María Collazo, y tantos más.

Con Ramiro emprendería otras búsquedas posteriores a la negrura de la parametración, reinventando dicharachos, refranes y juegos populares desde el Conjunto Folklórico Nacional, al que ha hecho aportes de igual trascendencia. Libre de pretensiones, sin afán de sentar verdades absolutas, Arrocha emplea estas memorias para rendir tributo merecido a quienes le dejaron entenderse como artista. Sus cercanías hablan por sí solas: desde su entrañable esposa, María Elena, desaparecida hace poco, y su familia; hasta hermanos de causa como Jesús Ruiz, Julio Castaño, Otto Chaviano, Rolando Moreno, Carlos Repilado o Miriam Dueñas; o artistas tan peculiares como esa bailarina-musa- escritora que es Isabel Blanco. Una entrevista minuciosa, el cuerpo de sus memorias, un puñado de anécdotas sabrosas y un haz de opiniones acerca de su persona y su obra componen este mosaico a través del cual vislumbramos a uno y a muchos Arrochas, según lo ha querido Estrella Díaz.

Como suele pasar en estos casos, el volumen se convierte en una galería de rostros, encuentros y desencuentros, que nos remite a ese mundo tan frágil que es el de las artes escénicas en Cuba, pero se expande también a zonas como el cine y la televisión, y no deja fuera al cabaret, donde también este hombre incansable ha dejado una impronta.
Habrá quien revise estas páginas para localizar un dato, sorprenderse ante ciertos momentos del Arrocha viajero, o saber si se atrevió a contar cosas tan descacharrantes como lo sucedido en Brasil con cierto trago local, o con el vestido que Sonia Calero insistía en usar para una de sus apariciones.

Encontrarán eso y más: su repaso a la época de la parametración, sus proyectos no realizados con la ópera, su vinculación al cine no siempre bien atendida, su diálogo con el teatro musical, sus evocaciones de vedettes tan auténticas como la Fornés o María de los Ángeles Santana, etcétera; y todo ello permeado
de su fino humor.

Eduardo Arrocha, nuestro Durero (así más o menos lo calificó Andrés García, y esas son palabras mayores), lo cuenta todo con naturalidad, desde sus juegos de infancia, hasta los honores recibidos, que según se ve aquí, deberían ser más. Pródigo en elogios, el protagonista de este libro no deja de repartirlos entre colegas de talento, sin menospreciarlos por la zona de nuestra cultura en la cual se desempeñen, y eso habla de su personalidad transparente, y aún más, de esa condición humana cada vez más extraña, y que él no deja de manifestar: su bondad hacia los otros. Que todo eso conviva en alguien cuyo trabajo no ha dejado de tener jamás esa calidad irrebatible, se combina de un modo deslumbrante en su paso y en este libro, que lo retrata de una manera que solo puede ser superada por algo más conmovedor: tratarlo de veras, conocerlo, y admirarlo sin cortapisas, tal y como él merece. El verano en Alamar, pese a la costa cercana, es duro y agobiante. Me divierte pensar que escribo sobre Eduardo Arrocha, cuando él vive a solo unos pasos, y de cuando en cuando ha debido subir las escaleras hasta mi casa para dejarme un recado de Ramiro Guerra. Guardo esos papelitos con fervor, porque vienen de su mano, y porque son prueba de ciertas fidelidades que no lo van a abandonar nunca. En su casa, frente al parque frondoso y descuidado, tan propio de esta área de La Habana, él recuerda sus días en el Castillito maleconero donde alzó aquella barbacoa, y conoció a personajes delirantes. La música de fondo es la de CMBF, emisora que no deja de escuchar (otra costumbre que comparte con Ramiro). Cuando oigo a Erik Satie, sé que él también gusta de esas composiciones. Cuando acudo a una función de Danza Contemporánea de Cuba, aunque ya por desgracia no se bailen algunas de las obras fundamentales que Arrocha diseñó, pienso en él y en su relación intensa (más de ciento setenta piezas) con esa agrupación.

La amplitud de su legado es casi infinita, avanzando desde los bocetos de aquella pieza dirigida por Andrés Castro hasta producciones de ballet, danza moderna, popular y folklórica, teatro para niños y teatro para adultos, arreglándoselas siempre para incluso extraer de los materiales menos nobles un resultado de interés. Ese es también Arrocha, el hombre que logra convertir cualquier elemento en un valor de diseño, porque tras cada uno de sus gestos persiste el estudioso, el ser humano ansioso de información y cultura, siempre despierto ante las nuevas provocaciones del arte y el mundo. Sus bocetos, como sucedió con los de aquella obra inicial, merecen ser expuestos en una galería. Nos alegraría verlos en esos muros, como ha de alegrarnos tener a un contemporáneo que demuestra, limpiamente, que el diseño para la escena es un arte con carácter propio, y que en Cuba, pese a su breve historia, tenemos algo que se puede mostrar con orgullo a quienes nos pregunten sobre nuestra tradición teatral. Quiero agradecer a Estrella Díaz por dejarnos entrar a este «museo ideal», en el que Arrocha llena los muros con sus obras y sus recuerdos. Falta mucho por rescatar y salvar de la memoria teatral cubana, y hay que hacerlo a tiempo, aprovechando a quienes (como es el caso), tienen no solo aún la capacidad de recordar bien, sino de además filtrarnos útiles lecciones al desgranar sus anécdotas.

Los jóvenes diseñadores no deberían desestimar los instantes de este volumen en el que Eduardo Arrocha da consejos acerca del uso del color, de la voluntad de síntesis que debe tener el boceto, de la relación entre el diseño y el espacio que debe ser parte de este oficio, y que él también regala sin tacañería, acá y allá. Este volumen se convierte en un complemento perfecto de esos trabajos suyos, tan atentos al detalle, tan minuciosos en su composición, tan Arrochas, para decirlo de una manera rápida. Mientras otras instituciones se demoran en hacer cosas como esta, aunque se supone que para ello existan, Estrella Díaz y otros interesados se empeñan en una valiosa labor de rescate. Gracias a ella, entonces, por devolvernos a Eduardo Arrocha a través de sus diseños y sus palabras.
En Alamar, bajo el sol implacable, un caballero espera un auto para irse de nuevo al teatro. En esa actitud suya también hay algo ejemplar. Me inclino con fervor ante ese caballero, de buenas maneras y saludo siempre puntual, como ante uno de esos originales que siendo muy joven admiró, para reimaginarlo luego ante sus compatriotas, en ese mágico momento en que la función comienza y se levanta el telón.

Fotos: Archivo Cubaescena

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