Pálpitos de un Cóndor: vuelo eterno de la identidad andina

Por Kenny Ortigas Guerrero

Hace unos días revisitaba en Facebook algunos videos e imágenes de importantes eventos que hemos tenido en Camagüey. Entre tanto patrimonio digital acumulado descubrí un promocional de la agrupación ecuatoriana Wayrapamushkas (término del indígena quichua, que significa “Hijos del Viento”) que se presentó en la 5ta Edición del Festival Internacional Camagua Folk Dance, con una pareja integrada por Valeria Guzmán (directora) y Pablo Ramos (codirector).

Aunque reconozco que había postergado el compromiso de escribir sobre su coreografía Pálpitos de un cóndor, a petición del propio Pablo, al observar el material regresaron de inmediato a mi memoria las impresiones generadas en aquel acontecimiento cultural de 2024. Ahora aprovecho para compartirlas.

En el vasto escenario del arte folclórico ecuatoriano, pocas figuras poseen la carga simbólica y la fuerza telúrica del “Rey de los Andes”. Desde esa aproximación simbólica la agrupación Wayrapamushkas presentó su obra Pálpitos de un cóndor. La pieza es un montaje interdisciplinario que trasciende la danza convencional para convertirse en un rito de vida, muerte y renacimiento.

Pálpitos de un cóndor no es solo un despliegue de movimiento; es una geografía sonora. El uso de bombos en vivo, que resalta la destreza y seguridad de Valeria en su ejecución, marca el pulso de la coreografía, simulando los latidos de un corazón que se siente en toda la comunidad andina. Ese retumbar no solo acompaña a los bailarines, sino que dicta el ritmo de un vuelo que roza el cielo y unifica a los pueblos que comparten la cordillera.

Por otro lado, la marcialidad distingue a la obra haciendo de ella una alusión imponente a rituales y canciones de trabajo que desde tiempos inmemoriales aúnan los empeños de hombres y mujeres para entender el mundo y sincronizarse con su entorno.

El diseño coreográfico se aleja de la fragilidad para abrazar la fuerza y la vitalidad de sus intérpretes. Ellos en escena no solo representan al ave en su relación con el hombre y el ambiente natural como lenguaje semiótico que refrenda la necesidad de establecer el equilibrio de los ecosistemas, ambos, incorporan certeramente el espíritu y la energía de cohesión que demanda el universo para lograr un sentido de armonía y desarrollo coherentes.

Su ejecución técnica destaca por una precisión exquisita y un ritmo trepidante, acompañado por un dominio del vestuario y del instrumento musical que más allá del estudio y el training para llevar a cabo la secuencia dramatúrgica de cada paso y cada gesto pareciesen fluir libremente en la sangre de los bailarines como reservorio de una cultura popular y tradicional, cuidada con mucho celo de generación en generación.

La puesta retrata con dramatismo el mito del eterno retorno. Cuando el cóndor siente el peso de la longevidad, se lanza al vacío desde la cumbre más alta en un acto de honor y sacrificio, solo para reiniciar su ciclo vital. El cóndor es el testigo mudo de las luchas libertarias y de la sangre derramada; un símbolo de gloria que hoy, a través de la danza, nos recuerda que nuestra historia sigue viva y que requiere como nunca de formas atractivas para contarla y recrearla sin que pierda sus elementos distintivos.

La coreografía resulta visualmente hermosa, donde se conjuga el colorido de los atuendos, el maquillaje, y el vibrante quiebre las zonas comunes del trazado del cuerpo para trascender el espacio escénico y hacernos parte de los riesgos que, como metáfora de vida, supone el vuelo del ave.

En las expresiones de las danzas folclóricas no basta con que los intérpretes dibujen aparentes mosaicos con imágenes frígidas de la cultura, se deben acuerpar verdaderamente los sustratos más profundos mostrando capacidad en la transmisión creativa de conocimientos, en resumen, la danza tiene que servir para algo más que moverse y en este caso se logra.

Cada movimiento de los bailarines, embestidos por momentos como un kata ceremonial, es una oda a la resistencia y un llamado a la unidad de los pueblos que habitan bajo su sombra. Es un recordatorio de la herencia de la cual formamos parte, ese crisol compartido como eje unificador de la América toda.

Pálpitos de un cóndor se erige como emblema de paz y propone un constante retorno a los orígenes que nos hicieron cómplices de natura en una especie de aparejamiento donde cada uno ofrece lo mejor y más auténtico de sí como muestra inalterable de buena fe. Wayrapamushkas logra, con este montaje, que el espectador no solo vea una danza, sino que sienta el roce de las plumas contra el viento y el eco de una historia que se niega a morir.

Fotos © Wayrapamushkas