Nirlyn Seijas, Venezuela/Brasil

Artista de la danza y docente, feminista. Doctoranda en Cultura y Sociedad (UFB). Creadora y facilitadora de la Otra Tierra- Escuela de Artivismos

Cuando recibí este llamado me sentí honrada y desafiada. ¿Cómo dirigirme a mis compañeras* de Latinoamérica sin decir que es la hora de liderar el gran cambio? Lo vengo diciendo en las formaciones y talleres que comparto en nuestros países, es como una metáfora de los territorios que alrededor del mundo se encuentran en disputa. El cuerpo de nuestras mujeres (lo que incluye cuerpos feminizados) está siendo lugar donde se traban las más urgentes luchas, la lucha por la tierra, la lucha por los recursos, la lucha por la erradicación de la explotación indiscriminada de seres de todas las especies, la lucha por el saber, la lucha por el derecho a existir, amar y ser diferente; la lucha por ser algo más que mano de obra para el consumo de unos cuantos hijos de puta que creen que estamos aquí para aumentar ceros a sus cuentas. Ese cuerpo de mujer es la metáfora de territorio, y el territorio latinoamericano es metáfora para mucho de lo que está en juego, de lo que está transformándose, de lo que ya apunta hacia otros caminos.

Hablo de metáforas porque, cada vez más, queda evidente que la disputa está globalizada y no regionalizada o nacionalizada. Está tanto en los diversos territorios de frontera que se instalan dentro de las propias metrópolis del poder como en los territorios que tercamente continuamos llamando “periféricos”. Lo que nos sucede a nosotras está sucediendo de forma ligeramente diferente (porque tenemos históricos de colonización diferentes) en el Medio Oriente, en las Áfricas, en muchos lugares de Asia y como dije, en los cientos de barrios neglicenciados de las Europas.

Latinoamérica entonces pasa a ser un lugar que, hace mucho tiempo, se reinventa y sueña con realidades diferentes, con mundo posibles, con formas de vida que permitan la emergencia de otras dinámicas económicas, políticas, culturales, y que siendo así, puede ser un espacio para inspirar, liderar e impulsar un cambio mundial.

Somos, junto con tantos otros pueblos, una región de grieta y de precariedad que siempre ha usado la creatividad para seguir de pie, en el frente, perreando y gozando en el borde del abismo, apuntando a lo que hay de más interesante en la producción alternativa.

Y, a pesar de nuestros evidentes autosabotajes -me refiero sobre todo a nuestro pésimo gusto por presidentes, caudillos, líderes machistas y retrógrados- estamos cada vez más fortaleciendo lazos profundos de colaboración, redes de afecto que parecen invisibles, pero que son fuertes y seguirán siéndolo, porque se establecen más allá de los intereses financieros, puntuales, pasajeros, más allá de los encuentros institucionales, las políticas gubernamentales y antojos glamorosos de la vieja máquina de producción profesional.

Aquí, la danza, en tanto lenguaje de transformación de nuestra cultura colectiva, ha venido señalando caminos que ya salían del tradicional espacio de teatro a la italiana y lo desafiaban.

En este tiempo de recogimiento -a veces voluntario, a veces impuesto- muy necesario, múltiples danzas han surgido por todos lados, como centellas de vida que nos ayudan a continuar vivas. Desde donde yo lo veo, muchas más personas se han dado cuenta que bailar puede ser un ejercicio cotidiano de encuentro consigo y con las otras.

He visto profesionales de la danza creando momentos virtuales de intercambio que conectan personas de forma muy profunda, propiciando espacios para esos encuentros cotidianos de los que hablo. No quiero parecer ingenua, porque tengo muy claro que todos estamos pasando por momentos muy difíciles, pero, desde mi punto de vista, esta conexión directa de cada danzadora(or) con su círculo afectivo, con su red de contactos, con las redes de afectos familiares, comunitarios, extra artísticos, es un avance sutil para comprender las verdaderas potencias del cuerpo en nuestro día a día.

Yo, por ejemplo, comencé a partir de una invitación de una gran compañera, Ana Brandão, a impartir clases online a personas no artistas que querían moverse para atravesar este momento. El grupo lo integraban nuestras mamás, papás, tíos, primas, amigas, novias, etc.; personas que nunca antes habían establecido esa conexión con nosotras lo estaban haciendo. Y como todas(os) necesitábamos este espacio, todas las locuras experimentales que se nos ocurrieran eran bienvenidas. Ya pasó un año y continúo en un ejercicio diario de proponer clases que puedan recordarles a las personas que están vivas, que existe la presencia, que existe el placer de moverse, que existe el placer de ver a las otros moverse, que este mover conecta todo lo que somos espiritual, racional, físicamente, y que puede ser un anclaje para la buena salud.

Para mí, el tiempo de contemplar la danza como un ejercicio de reflexión entre artistas, en grandes -o pequeños- festivales a los que van curadoras, artistas y aficionados, puede haber acabado, para dar paso a un momento en que la danza se mete en nuestras entrañas a través de la mediación tecnológica. Se mete en nuestras casas, baños, sofás, cocinas y así se vuelve una práctica de sí, una práctica de la presencia en esta dimensión.

Eso significa que entonces el papel de las artistas, durante y después de la pandemia, es garantizar este espacio de encuentro de las personas con sus movimientos, acoger con sabiduría lo que cada una de estas pieles pide, mediar la posibilidad de transformación que surge en esos momentos y estar siempre estudiando, atentas, buscando lo que hay de más noble en el mundo, para inyectarle a estos espacios esas políticas de la justicia social, de la generosidad mutua, de una vida guiada al bienestar colectivo y no a la mezquindad.

La danza tiene la posibilidad de enseñarnos sobre placer y sobre miedos, sobre expresar la rabia y el dolor, pero también la risa y la gratitud. Puede enseñarnos también a liderar y a dejarse llevar, a observar generosamente a las otras y acogerlas, a ser observada y dejarse acoger. Puede enseñarnos a diferenciar entre aceleración, ansiedad, relajación y paz.

Puede enseñarnos a identificar la salud o la enfermedad en nosotras y con eso colaborar directamente a un autoconocimiento que inicie procesos profundos de cambios en nuestros modos de conducir nuestras vidas.

Obviamente estoy hablando de una danza que no es sólo copiar, que no es sólo mostrar, que no es sólo producción de objetos de arte. Estoy hablando de una danza donde hay espacio para la duda, para el error, para la experimentación, para la escucha. Y que eventualmente o no, es compartida a través del ritual de la ficción espectacular.

Recientemente le escribí una carta a la coreógrafa venezolana Luz Urdaneta, a propósito de su espectáculo Momentos Hostiles (1987), en la cual le contaba las reflexiones que habíamos tenido -mis colegas y yo- con el remontaje de esta pieza dentro del marco de mi investigación de doctorado. Les comparto un fragmento, creo que encaja bastante bien para continuar con esta reflexión que les propongo:

[…] en este momento de cuarentena, una gran parte de nosotros ha podido parar este frenesí, y podemos mirar. Si queremos, podemos ver. ¿Será que esta parada nos ayudará a entender que estamos TODXS jodiéndonos y jodiendo todas las otras formas de vida en la tierra para mantener un tipo de vida que es insostenible?, ¿qué estamos TODXS juntxs en esta dinámica? ¿Será que logramos reorganizar las prioridades, reparar los daños a la naturaleza y seres humanos ya oprimidos y explotados por siglos y hacer otro camino?

Las respuestas están todas en abierto. Los caminos también. Momentos Hostiles no nos muestra cómo puede ser el cuerpo sin esta enfermedad que nos hizo vulnerables a un virus, a la pandemia, a la autodestrucción. No nos muestra salidas. Y no es el único trabajo en que nos quedamos así, frente al espejo, viendo de frente nuestra sombra, pero todavía sin vislumbrar caminos.

La mayoría de los trabajos que estudio en mi tesis son así. Como si tu generación nos deja sólo el reflejo de “Narciso” y resta a nosotros mirar el agua a través del reflejo o ahogarnos definitivamente. Siento que es un momento de inflexión muy, muy grande. Y sé que hay caminos. Como dije antes, las prácticas decoloniales han venido apuntando opciones y oportunidades. Siento que es momento de aprovechar esta parada, aprovechar esta caída, y no erguirse de nuevo, como si nada hubiera sucedido, sino erguirse poco a poco, hacer los lutos que nos vienen, y construir diferente. Otra cosa, otro camino, otro ritmo, otros pasos. (Seijas, 2020)

Esos otros pasos ya están siendo dados hace mucho y ahora están profundizándose.

En esta parada, la danza mira hacia adentro y vuelve con un nuevo papel. Bueno, la verdad no sé si es nuevo, pero es por lo menos remodelado, pues para mí queda nítido que las danzas pos-pandemias son danzas colectivas, del día a día, de la reconstrucción, del encuentro, del contacto, de la interdependencia. Y allí las artistas de la danza tenemos el trabajo de crear los dispositivos para facilitar esta cura colectiva. Tomemos amorosamente el trabajo que el patriarcado siempre ha querido quitarnos en vano. Tomemos el trabajo de tejer, de retejer estos tejidos sociales que nos harán fuertes dentro de cada una, y fuertes en nuestras comunidades.

Yo digo que, a pesar de las muertes o, mejor dicho, para honrar esas muertes, tenemos que glorificar la complejidad que nos envuelve y entonces, aprovechar y trabajar esféricamente en varias direcciones al mismo tiempo. Podemos entender nuestro papel de liderazgo en el cambio o por lo menos aliarnos a las compañeras que, en el frente, defienden nuevas formas de vivir y estar. Y sepamos, sobre todo, que la danza es una forma de performar nuestra existencia produciendo discursos, sentidos, narrativas de transformación.

De esta forma, deseo que la danza pospandemia, nos ayude a performar vidas, donde importe la forma en que amamos y a quién, con quién decidimos tener hijos y cómo, con quién trabajar y cómo, cómo vestirnos, dónde circular, qué decir y qué callar; cómo invertir nuestros tiempos y dineros, cuáles contratos firmar y cuáles anular, cuáles privilegios aprovechar y a cuáles renunciar, pues todo esto cuenta a la hora de danzar nuestra vidas, de hacer del movimiento de la vida una verdadera performance decolonial, feminista, antipatriarcal, antifeudal, antirracista. Por fin, hago votos para que la danza pospandemia fortalezca la conexión concreta, diaria y generosa entre el ámbito doméstico/individual y lo colectivo/político, pues creo que sólo así la parte oscura de la modernidad comenzará a desacelerar su proceso destructor.

*uso el género femenino con la esperanza que los hermanos puedan sentirse también contemplados, así como nosotras lo hicimos durante los últimos cientos de años.

*canal de comunicación abierto: nirlynseijas@gmail.com

Fuente: Danzar.Cu (Boletín)

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