María de los Ángeles Santana: soberana vedette, decana del teatro musical

Por Roberto Pérez León

Cuba podrá tener muchas obras de arte, pero ninguna como María de los Ángeles Santana.

Mario Cabré

Sí, eso dijo el elegante y valiente torero también distinguido actor español Mario Cabré (1916-1990). Y no creo que haya exagerado al considerar a María de los Ángeles Santana como obra de arte de esas que escasean por el poder de preservación y novedad, ruptura; en su larga vida de continua presencia escénica (radio, cine, teatro, revistas, música, cabaret, televisión) fue siempre lo inesperado, el súbito de una presencia que se definía en praxis artística que se renovaba cada vez.

María de los Ángeles Santana más que cantante fue actriz y más que actriz fue una mujer que hacia música. No por gusto tiene el Premio Nacional de Música y el de Teatro, y por supuesto el de Televisión. Quiero destacar que en María de los Ángeles Santana la voz constituía uno de sus baluartes escénicos entre todos los significantes de los significados del magnífico acontecimiento teatral que fue y por el que la veneramos.

Aristóteles, a quien se le quedaron muy pocas cosas en el tintero, nos dejó dicho que la elocución era junto a la fábula, los caracteres, el pensamiento, el espectáculo y el canto uno de los componentes de la tragedia. La elocución en retórica es el nombre aplicado al empleo de la palabra para expresarse, cuando se califica de alguna manera, dígase elocución fácil, elegante, clara, precisa. En toda puesta en escena logocéntrica o donde la palabra tenga relevancia sobre los demás sistemas significantes la elocución, como forma de expresarse, va acompañada del ritmo, de la entonación y de la cualidad fónica conveniente.

La elocución tiene ingredientes diversos que conforman la estructura de un discurso hablado con fuerza performativa,  acompañado de la acción –recordemos a Austin en el “decir es hacer”- donde la prosodia, la dicción, la entonación, la expresión, la gestualidad, el gesto, lo gestual, la naturaleza expresiva de lo corporal, entre otros aspectos, hacen posible la configuración del personaje, del actor, del actante, del performers.

Sería oportuno recordar las posiciones respecto al gesto y su vaciado o no de contenido reflexivo o sígnico o comunicativo; como quiera que así  sea, ilustre o no una acción, el gesto es constituyente de la elocución teatral, integra una lógica descifrable y nada superflua.

Recurriendo a Hegel y hasta parafraseándolo podemos estar todos de acuerdo que no solo la voz, la palabra es “el material propiamente sensible” en escena porque junto a otros sistemas significantes tenemos al ser humano, “en su integridad (totalidad), que no se contenta con exteriorizar las sensaciones, las ideas y los pensamientos, sino que, sujeto a una acción concreta, actúa según su existencia total en las ideas, las intenciones, los hechos y los gestos de otros, y recibe reacciones idénticas de parte de los otros, o se afirma contra éstas”.

El acontecimiento escénico ya sabemos que es una totalidad significante polifónica. Dentro del espesor de signos que hacen de la teatralidad una cualidad escénica está  la voz, a veces relegada, colocada en un plano subsidiario en la puesta en escena.

Tenemos en nuestras artes escénicas la excepcionalidad de la voz de María de los Ángeles Santana hecho que cada vez se hace más evidente cuando abunda tanto en los escenarios el atropello lingüístico veces hasta en aras de una cubanidad que resulta sumamente menoscabada.

En la Santana la calidad y claridad de la entonación, de la acentuación alcanzaban el ritmo que semántica y sintácticamente hacían de su enunciación uno de los casos más perfectos en términos prosódicos y fónicos. La cualidad significante de su voz alcanzó la cota más alta; sin ampulosidades ni afectaciones, tampoco sin eventos enfáticos en busca de efectismos manipuladores esta actriz es paradigma, entre otras cosas,  por su preciosa voz y pulcra dicción.

Cuando en el personaje de Remigia, la alcaldesa de San Nicolás del Peladero, llamaba al célebre mayordomo Agamenón, la variación de timbres, declives, elevaciones, la textura de la voz denotaban, cada vez en un mismo programa, una expresión-comunicación que en su coloración era la producción significante de un humor con encarnación sonora.

El sonido de aquella ocurrencia vocal fijaba un sentido y entonces la escena adquiría una sintaxis que lejos de generar un efecto de artificialidad, la semantizaba mediante una iconicidad sonora deliciosa.

Fotograma del célebre espacio televisivo San Nicolás del Peladero. Tomado del sitio televisioncubana.icrt.cu

La experiencia sensual que aportaba la materialidad de la voz de María de los Ángeles Santana en escena, su estructura rítmica, nos permitía oír cada sílaba, cada fonema, las diéresis; y, parecía que estábamos  asistiendo a un redescubrimiento, sin distanciamiento ni distorsión, del lenguaje cotidiano.

Y es por su calidad vocal que ella entra al mundo del espectáculo de la gran escena.

Al grabar temas de Lecuona como  Te vas, juventud, María inicia una arrasadora carrera de éxitos en la radio en 1940. En 1948 fue declara Reina Nacional de la Radio.

Fue en 1930 cuando hace su debut artístico primeramente en el cine. Por esas predestinaciones misteriosas que tienen las ocurrencias personales y sociales, María de los Ángeles Santana entra a la  pantalla y comienza su consagración como actriz y cantante.

Desde entonces nunca se desvinculó de la pantalla grande ni de la chiquita. Pero no se quedó entre pantallas, enseguida empieza a cantar algunas de las más famosas canciones de Ernesto Lecuona en el Teatro Nacional bajo la dirección del propio Lecuona.  Y se inicia el encantamiento de la voz de María de los Ángeles Santana.

El vínculo con el genial músico no cesó nunca.  Son memorables las apariciones en los conciertos de música cubana organizados por Lecuona en el teatro Payret donde ella interpretó y popularizó El jardinero y la rosa, Mi corazón se fue, Mariposa.

Hace muy poco, zapiando entre los canales de nuestra televisión, me tope con un video de María, ya anciana, cantando El Jardinero y la rosa. ¡Qué maravilla! ¡Qué magnífica presencia! ¡Qué manera de hacer música y teatro!

Ciertamente el arranque de su carrera como actriz está en las leves interpretaciones que hizo como cantante en películas como El romance del palmar (1938, con dirección de Ramón Peón) compartiendo reparto con Rita Montaner, Mi tía de América (1938, dirigida por Jaime Salvador), Estampas habaneras (1939, dirigida por Jaime Salvador) y Cancionero cubano.

La década de los cuarenta fue muy dadora para la vida profesional y personal de la Santana.

Es en esa década sale para México y durante siete años comparte en musicales y revistas con Jorge Negrete, Pedro Infante, Cantinflas. Al regresar se incorpora a la compañía del Teatro Martí y visita gran parte del continente americano.

En 1943 María casó con Julio Vega, empresario de la primera CMQ. De viaje de Luna de Miel se encontraron en Nueva York con un lugar donde se exhibía un gran artefacto técnico que captaba la imagen de quien se parara delante de él y la imagen era reflejada en un receptor.

El esposo queda hechizado por la visión de su flamante esposa y por encima de todo pronóstico, desafiando los obstáculos deciden traer a La Habana aquél mágico aparataje tecnológico. Luego de ingentes trámites en el diciembre de 1946 sucede el amago de televisión por primera vez entre nosotros: salen al aire las señales de video del programa Televisión Show desde un estudio en P y 23 en El Vedado.

El rostro de María de los Ángeles Santana es el primero que registra el espacio radioeléctrico cubano antes de la inauguración oficial de la televisión el 24 de octubre de 1950 que tuvo lugar en la misma casa del empresario  Gaspar Pumarejo, en Mazón y San Miguel, donde está hoy el Canal Habana.

El  Diario de la Marina del 1ro de diciembre de 1946 anunció la apertura de Televisión Show para el día 3 de diciembre.

En el breve tiempo-espacio que permitían las fantásticas máquinas de reflejar imágenes en vivo, entre el 3 y 12 de diciembre de 1946 hubo televisión desde  P y 23 donde  aun hoy se hace parte de la televisión cubana sin afanes de lucro.

María de los Ángeles Santana en los años 40. Foto tomada del sitio Radio Rebelde

Los magnates del medio radiofónico vieron en Televisión Show una competencia peligrosa y se lanzaron con todo para que aquello no floreciera. El propietario de la cadena radial RHC Cadena Azul donde María trabajaba intentó disuadirla de los empeños televisivos en que estaba involucrada con su esposo, y al no conseguirlo rescindió el contrato que la artista tenía en la planta.

Pero contratos ya no le escaseaban a la actriz. Con el pedigrí obtenido en 1949 en La Habana con la Compañía Teatro Cubano Libre de Carlos Robreño y Rodrigo Prats fue contratada para trabajar en la Península.

Si hay jornada reveladora en la carrera de María está en aquellos 50 cuando  llega a Madrid como La Estrella de América, así la calificaron los medios de entonces. También viaja a Paris para actuar en el Teatro Olympia en un espectáculo de variedades, donde alternó con Josephine Baker, Maurice Chevalier y María Félix.

El primer gran éxito internacional ocurrió en España con la revista Tentación con libreto de Antonio y Manuel Paso, y música de Daniel Montorio, durante cuatro años se mantuvo en cartelera: “yo seré la tentación/hecha carne de pasión/la mujer que tú esperabas”, así decían los primeros versos del bolero que hizo famosa a María en el Teatro Madrid de la plaza del Carmen desde el 9 de febrero de 1951.

Entonces dijo la crítica: “Dotada de gentil figura, la nueva estrella fue en La Habana protagonista de comedias musicales; su voz bien timbrada sabe modular y matizar y posee una elegante desenvoltura escénica”.

Asistió a ver la Tentación el mismísimo Orson Welles. La censura miraba para otro lado ante aquel espectáculo para evitar quedar rendida ante la extraordinaria artista cubana que era un deslumbrante ajiaco étnico: tenía de mestiza, de criolla, de “gallega”, se le desbordaban los ensalmos de la mulatez isleña.

A la revista Tentación sigue Conquístame de los mismos autores, estrenada el 7 de noviembre de 1952. De nuevo fue sensación la Santana cantando,  bailando samba, pasodobles, rumba. Y la censura se hacía la boba con sonsera, no obstante se prohibió que en los carteles apareciera fotografiada la artista desnuda.

En 1957 junto a Lecuona María está en España para estrenar Tropicana una revista que fue mucho con demasiado. En el ABC se dijo: “Tropicana sabe crear ese clima melódico que la revista requiere y que hace honor a su título, porque, en efecto, la partitura tiene, más que calor, ardor afro-cubano”.

Tropicana se estrenó el 18 de mayo de 1957 en el teatro Cómico de Barcelona con música de Lecuona y Augusto Algueró (padre e hijo) y coreografías del cubano Henry Bell.

A su regreso a Cuba actuó en la televisión, ofreció recitales, conciertos. No cesa su quehacer teatral.

En diciembre de 1958 está en la sala teatro Hubert de Blanck con la obra Mujeres, de la norteamericana Claire Booth Luce, dirigida por Cuqui Ponce de León y María Julia Casanova, donde, como parte de su personaje, interpretaba canciones de Olga de Blanck. La obra tuvo más de 300 funciones hasta el 12 de marzo de 1960.

Y yo me pregunto por qué esa talla de actrices está casi en extinción.

Los sesenta, en pleno fervor revolucionario, tuvieron en la carrera de la Santana un despliegue arrollador.

No me corresponde hacer un catálogo y mucho menos razonado de los trabajos de María de los Ángeles Santana. Pero va siendo hora que empecemos a rastrear científicamente la obra de los que forman parte de la ilustre historia de nuestras artes escénicas.

En la Sala Arlequín con dirección de Ruben Vigón hace Las mujeres se rebelan (junio de 1962), Un sorbo de miel (marzo de 1963), Las cuatro verdades (agosto de 1963), La más fuerte y Algo no dicho (febrero de 1964), Sara en el traspatio (mayo de 1964), La mamma (octubre de 1964); en julio de 1961 interpreta el personaje de La Tabernera de La verbena da La Paloma con el entonces Teatro Lírico Nacional de Cuba, obra que se repone en diciembre y en abril del 1962; en 1970, con el Teatro Musical de La Habana, llega al Mella con una adaptación de Tía Meim de Patrick Dennis hecha por Nelson Dorr y Abelardo Estorino, allí sucedió una de las actuaciones más memorables, entre tantas, de María; en diciembre de 1976 la tenemos de nuevo en el teatro lírico con el personaje de Doña Rosa de Cecilia Valdés en el García Lorca; iniciados los 80 junto a Enrique Santiesteban hace Comedia a la antigua del ruso Alexei Arbúzov, dirigida por María Elena Espinosa, en el Teatro Mella; estrena Una casa colonial, dirigida por Nelson, con el protagónico de Ampara eso fue en febrero de 1982 en la sala Covarrubias, luego la puesta pasó en reposición al Mella; dos años después, en 1984, Daniel Díaz Torres la dirigió en la versión cinematográfica de Una casa colonial, y en 1989 filmó La vida en rosa esta vez dirigida por Rolando Díaz.

En el 89 regresa a España, después de tantos años, para presentar una versión de María la O. Y sucedió que aunque la canción Juventud, que te vas para nunca volver, no pertenece a la zarzuela de Lecuona ella la cantaba; y, entonces el público estallaba en aplausos al darse cuenta que aquella señora había sido nada más y nada menos que la “tentación” de los cincuenta.

No cesó de hacer televisión. El 19 de diciembre de 1963 sale al aire por el canal 6 de la Televisión Cubana el programa costumbrista Ritmos de Cuba con guión de Carballido Rey, dirección de Joaquín M. Condall y animación de Consuelo Vidal y Germán Pinelli. Al poco tiempo Ritmos de Cuba se convierte en San Nicolás del Peladero, el más célebre y aun recordado programa que tuvo su última trasmisión el 26 de diciembre de 1983.

María de los Ángeles Santana en la televisión. Foto tomada del sitio fotosdelahabana.com

Durante 24 años ininterrumpidos María de Los Ángeles Santana fue la alcaldesa Remigia junto a Enrique Santisteban encarnando al alcalde del icónico pueblo cada jueves en horario estelar, cuando también disfrutábamos de Germán Pinelli en el personaje de Éufrates del Valle.

Entre 1990 y 1995 la vimos en las telenovelas Prefiero las rosas y Entre mamparas; en 1999 la tuvimos en la abuela loca que está encerrada en La Casa de Bernarda Alba en versión para la TV de Belkis Vega. Pero antes ya había formado parte del espacio Teatro ICRT en la década del 70 y donde junto a Nilda Collado hizo la obra Ana Karenina, también hace Un tranvía llamado Deseo y El dulce pájaro de la juventud de Tennesse Williams.

En la Escuela Internacional de Cine y Televisión de San Antonio de los Baños, Benito Zambrano,  el muy premiado director de cine español, produce y dirige en 1995 El encanto de la luna llena un corto que transcurre en una noche bajo el encanto plateado de la luna llena, y donde un grupo singular de personajes, escuchando boleros, viven una historia de amor, de sueños y de muerte; María de los Ángeles Santana tuvo en ese corto el polémico papel de una anciana lesbiana que se enamora de otra mujer.

La mutabilidad escénica de esta poderosa mujer, nacida el 2 de agosto de 1914, que estaría cumpliendo 107 años, no tuvo fronteras. Si la veíamos en un rol dramático sabíamos que no eran sus límites; si hacía un personaje cómico reconocíamos que su poética era un banquete infinito.

Ha sido la decana del teatro musical cubano. Si algún día regresara esta manifestación escénica con la dignidad que tuvo entre nosotros no hay que dudar sea obligado que lleve el nombre de Teatro Musical de Cuba María de Los Ángeles Santana.

Muchos de los que intentan hacer cabaret, y solo logran espectáculos simplones y decadentes para el turismo, deben saber que hubo un tiempo en que tuvimos una soberana vedette que se paseó por importantes escenarios de América y Europa donde nunca mostró con desfachatez la poesía de la música y el ritmo y el humor cubanos.

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