Los sonidos potentes de unas cuerdas

Por Frank Padrón

Laboratorio Fractal Teatro está presentando en el Café del CC Bretch el unipersonal Cuerdas percutidas, un texto de  Elaine Villar Madruga con dirección y adaptación de Raúl Miguel Bonachea.

Ana Patricia Martín centraliza una suerte de “recital” de personajes que se alternan , interrelacionan y  van desde la marginal homeless a la trans cabaretera que ayuda a una  suicida , incluyendo a la pianista atenazada por  “complejo de Electra”  y  otros avatares de una misma presencia que discursa en torno a la mujer,  su mundo peculiar de frustraciones y anhelos, sinsabores y desafíos que la pluma certera de la escritora ha logrado aprehender y trasmitir en una equilibrada radiación bitonal que marida humor y gravedad sin que apenas se perciban las delgadas barreras que separan ambos registros.

Bonachea plasma tal diversidad dentro del “uno femenino” con una abigarrada y expresiva proyección escenográfica – que llega al auditorio- apoyado en un multidisciplinario equipo (Yamil Garrote, Idan Luis Ferrá, Daniela Hernández Pita, Roland Delgado, Pedro Díaz y Javier Agudo)  encargado de la dirección artística: el cambiante vestuario que va definiendo los perfiles caracterológicos y cuyas mudanzas e incorporaciones se emprenden  con agilidad y precisión a veces en la misma escena o entre el público, algo que refuerzan el empaque visual  (instalación, fotografía , video) y el diseño gráfico y escénico de Massiel Teresa Borges,  los cuales  contribuyen a redondear la ambientación y la plataforma conceptual del texto, como también la música- el sonido todo- , concebidos  por Ángel Lorenzo Ramos; concretamente la partitura original ( unida a segmentos de canciones conocidas,  de otros autores) donde también se alcanza el necesario equilibrio respecto a las palabras, resulta de gran importancia dramática en la puesta.

Esta se caracteriza por un aprovechamiento más que racional, creativo del espacio,  en tanto prolongación de la escena al lunetario o los interiores, teniendo en cuenta la diversidad cronotópica del relato, traducido a nivel escénico mediante elementos y recursos ingeniosos, dentro de los cuales quizá se abuse un tanto del falo en el personaje trans, como quiera que no sería necesaria su omnipresencia cada vez que el actante se manifiesta para comunicar su potencial simbólico.

Dentro de un espectáculo unipersonal bien se sabe el peso que lleva el actor, como quiera que se encarga de trasmitir la mayor y significativa porción del discurso. En tal sentido, fue un acierto elegir a una actriz como Ana Patricia Martín, dueña de un registro histriónico amplio, lo mismo en lo eufónico que en lo gestual.

La también titiritera, premiada en 2018 con el Caricato de la Uneac a la mejor actriz de reparto por su caracterización de una monja lasciva en la obra Sin pelos en la lengua ( jurado que tuve el honor de presidir) , y brillara también en puestas no menos populares de esa misma compañía- A Teatro Limpio -como la versión cubana de Toc-Toc, reaparece ahora en otro alarde convincente de polifonía y riqueza de matices; las abruptas y complejas transiciones que le exigen los diversos roles asumidos, a veces desde una proyección dialógica; la agilidad y precisión hasta coreográfica demandadas  por la dinámica escénica, la vocalización musical  y la energía que debe imprimir a sus diferentes personajes, permiten que estos nos lleguen en toda su dimensión y alcance , junto con los de la puesta toda. Y que la afinación y armonía  de estas Cuerdas percutidas logren la anhelada  resonancia dentro de un público visiblemente cómplice.

En Portada: Cartel de la obra a cargo de Massiel Teresa Borges

Fotos: Cortesía del autor

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