«La Profana Familia», Claro Que Profana

Por Roberto Pérez León

Fui a El Sótano a ver la reposición de una obra de Nicolás Dorr; era noche de viernes de la segunda semana de presentaciones, normal la asistencia del público en esa sala que tiene una población de espectadores muy curiosa –¡cuánto nos hacen falta los estudios de públicos!

Compré mi entrada sin agitación, ya había pasado la furia de una puesta que llama a mucha gente, tanta que no he podido verla, me refiero a Farándula, no me la puedo seguir perdiendo, creo que soy el único que no la ha visto en La Habana.

Me senté en mi butaca algo desorientado porque no había programa de mano, ni siquiera un cartel, por eso le pregunté a uno de los trabajadores de la sala y me confirmó título y autor, incluso me dijo que se trataba de una comedia, es habitual la amabilidad de todo el personal que trabaja en El Sótano.

Me erizo cada vez que voy a ver una comedia. Mis últimas experiencias han sido funestas. ¡Así que me tocaba otra comedia en El Sótano!

Nicolás Dorr es uno de nuestros dramaturgos más sobresalientes del siglo XX, su obra Las pericas es una de las joyitas con que contamos en el teatro cubano.

Nicolás Dor en el 2014 fue galardonado con el Premio Nacional de Teatro. En 2011 Confesiones en el barrio chino recibió en Nueva York el Premio de Dramaturgia, de la Asociación de Cronistas de Espectáculos (ACE), y el Premio al mejor autor latino, otorgado por la Hispanic Organization Latin Actor.

La profana familia, la obra que quiero comentar, pertenece a la dramaturgia del nuevo milenio de Nicolás Dorr. Ediciones Matanzas, en la deliciosa Colección Puentes, publicó en 2013 Las familias profanas donde aparecen La cama redonda, Desde el sótano y La profana familia.

Ahora en El Sótano se pone La profana familia, excelente título para convocar al público; cuando de profanaciones se trata, la curiosidad se exacerba, y si está la cosa montada en tono de comedia, entonces se puede reír sin culpa y hasta salir del teatro libre de pecados, pese a las profanaciones, por eso de la catarsis y sus vericuetos aristotélicos.

Pero en La profana familia hay mucha, muchísima  culpa; la puesta en escena atenta contra todo tipo de reflexión equilibrada respecto a una problemática social, si es que esa es una de las pretensiones de la obra.

Se trata de una representación donde no hay personajes sino cinco tipos esbozados, elementales dramatúrgicamente: una madre que se aprovecha de las características sicosociales de sus hijos y deja pasar villas y castillos; uno de los hijos es groseramente macho, mal hablado como corresponde a los machísimos que cuando caminan por la acera hay que darles todo el espacio porque no caben en ella de lo abultado que andan; para contrastar, el otro hijo varón es una loca desatada y patético travesti; y, hay más, un tercer retoño tiene la mamá, es una hija jinetera de la “tonga”, vulgar; y, para remachar, la otra hija es lesbiana tipo bombero, “machorra” desagradable, ordinaria.

Todas esas características de los integrantes de la familia profanadora son esquemáticamente representadas a través de un muy inapropiado trabajo actoral, al menos por los actores y actrices que me tocaron ver, que no sé quiénes fueron pues no hubo programa de mano, parece que no alcanzó el presupuesto para al menos un sencillo papelito, ni siquiera para poner en una cartulina la información y colgarla a la puerta del teatro, así se irrespeta al público aunque se ponga Marat Sade de Peter Brook.

Entonces, yo vi cinco personas en escena que no tienen la más mínima idea de lo que es actuar, lo hacen con recursos tan escolares, de tal ineptitud, incluso en la escolaridad, que no queda otra que pasmarse ante tanta incompetencia.

En La profana familia las caricaturizaciones tan ordinarias de la madre, la lesbiana, el gay, la jinetera y el machísimo resultan en una embestida al más primario ejercicio de lo que es actuar; además, son una exposición burlona de la homosexualidad y una muy poco reflexiva y consecuente presencia de una jinetera y un machista.

La profana familia es una puesta en escena de una elementalidad plena, absoluta, ostensiblemente manifiesta durante toda la representación que puede durar algo más de una hora. La simpleza en todos los componentes escénicos hace que no existan verdaderas estrategias performativas desde ángulo alguno.

El mal teatro inocula contra el bueno teatro; el facilismo y la falta de invención teatral en una concepción escénica propicia una recepción básica por parte de los espectadores que solo pueden llevarse, si acaso, un pelado entretenimiento que no sirve para nada.

Con puestas como estas no contribuimos a educar al público para que haga una inteligente percepción teatral, tampoco hacemos nada por desarrollar en los espectadores una concreción que favorezca al mejoramiento humano, sí, ese, ese mismo, el mejoramiento humano, en el que hay que tener fe como nos dejó dicho Martí.

No sé si La profana familia es una comedia, no he leído el texto, pero lo que yo vi en la sala El Sótano es un desaguisado teatral de espanto.

Puestas en escena como La profana familia me confirman la benevolencia del Consejo Nacional de las Artes Escénicas, no me queda pensar otra cosa ante la teatralmente tan deslucida familia profanadora.

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