La playa: fiestón de lo popular

Por Roberto Pérez León
La playa es la segunda obra de la Compañía de Espectáculos Qvo Vadis, con dirección general y artística de David Frank Acosta quien coreografía junto a Guillermo Espósito y Gabriela Pérez.
La pieza estuvo en la sala Covarrubias del Teatro Nacional de Cuba. Se trata de una puesta en escena de formas reconocibles como espectáculo popular con los ingredientes suficientes y necesarios para el placentero consumo masivo.
La Playa no es una obra menor por ser de fácil consumo. Su apoteosis está en gustar y emocionar. Su seducción radica en la potencia identitaria y la centelleante sujeción a la erótica de la corporalidad nuestra.
La playa es una ejecución de lo popular sin más instrucciones que la manifestación de cubanía del colectivo Qvo Vadis. Cubanía como categoría fundamental de identificación consciente y ética con lo cubano. Esa que calificara don Fernando Ortiz de «condición del alma, complejo de sentimientos, ideas y actitudes», y representa la culminación consciente, voluntaria del proceso identitario.
Para llevar el baile popular al escenario, convertido en danza escénica es preciso la recontextualización: proceso de estilización a partir de una nueva gramática del movimiento. Mientras que en el baile la redundancia es parte del patrón en la escena hay que sintetizar, cortar, crear secuencias coreográficas, ampliar el volumen del movimiento, extender las líneas del cuerpo para alcanzar una mayor visualidad en el espacio organizado geométricamente en formaciones lineales, bloques, diagonales.
Estilísticamente en la fiesta el baile es lúdico, en escena debe tener carácter dramatúrgico sugerente sin pretender ser copiar de la calle como escenario natural.
La comedida contextualización, aunque aún puede ser más esmerada, dota a la puesta de Qvo Vadis de las dimensiones estéticas y técnicas cónsonas para el espacio escénico.

La playa espectaculariza lo cotidiano y lo real callejero. No hay adornos movimentales sino la debida pirotecnia corporal. La ejecución escénica del gesto simple (caminar, mirara, tocar, contonearse) se hace performativo, significa danzariamente, lo que hace de La Playa sea danza no catártica en el sentido aristotélico y sí gozosamente esplendente. Danza hecha por bailarines no idealizados, callejeros, habitantes neutros, cuerpos bailadores.
No se “filosofea” en lo coreográfico dando vueltas alrededor del cuerpo, el tiempo, el espacio. No hay situaciones construidas a golpe de conceptos que podrían generar la proliferación de imágenes impactantes, pero sin sentido, con sentido opaco o mejor decir con sentido arrebatado por fantasmas narradores autorreferenciales.
La obra surge en el arremolinamiento de los bailadores que genera interacciones magnéticas conectadas visceralmente a la sazón de la esplendente música que afianza la consonancia de la puesta con lo bullanguero más auténtico.
Coreográficamente no hay ni riesgos ni invenciones. La coreografía es predecible, pero tiene fortaleza en la posesión que hace de la música que no resulta citada sino vivida, no evocada, sin la vagancia de lo very tipical.
La coreografía es de sostenidas intensidades. Balancea la eficiencia física de los bailadores que, en operaciones creativas, sin tecnicismos ni alardes de virtuosismo, sin el artificio de la construcción de lo popular procesado por la espectacularidad, celebran la corporalidad callejera puesta en escena.
Los cuerpos aparecen en su realidad, no tienen otra textura que no sea la de los bailadores de lo popular integrados a la producción teatral. Cuerpos que se hacen signos culturales por la carga de memoria e historia de los bailes que encarnan. Cuerpos con responsabilidad artística.
La coreografía pese a estar sustentada en el llamado genero de baile popular no lo convierte en manierismo al crear posturas y figuras en composiciones exageradas, artificiales y dramáticamente no sostenibles. No hay ni ironías ni citas ni pastiches en la utilización escénica de esos bailes. El concepto no los retuerce para llevarlos a un límite expresivo.

Tenemos una muestra en el dúo de Erney González y Yamil Villalón, coreografiado por Guillermo Espósito. En este dúo la danzalidad queda concentrada. Me refiero al término danzalidad no de manera adjetival sino adverbial. La danzalidad como sentido que se construye en el hacer, en el modo de realización, en el movimiento encarnado que produce sentido desde el gesto, el ritmo, la energía.
El dúo es el entrecruzamiento entre teatralidad y danzalidad: el cuerpo actúa y la acción baila, características primordiales de los bailes populares.
Pero lo popular encierra una complejidad que exige ser asumida con precisión para no caer en la vulgaridad como manifestación de espontaneidad contestaría, soez, grotesca, simplificadora.
Coreográficamente, La playa se enrumba por el imaginario de lo común, lo cotidiano. Qvo Vadis toma partido al decidir ese rumbo: obras legibles, decididas por lo popular irradiante, no por lo fotogénico sino por el saboreo de nuestros manjares esenciales.
Este espectáculo por ser popular tiene el mejor escudo que es la simpatía del pueblo.
Fotos © Tito Meriño. Tomadas de Prensa Latina.