La institución cultural y las esquirlas de un 11 de julio

Por Kenny Ortigas

Solo, en un rinconcito, pienso: hay que colocar todo en el lugar que le corresponde, usar la balanza de la coherencia, sopesar el contexto y evitar extremismos irreconciliables; dialogar no solo desde la palabra —en muchos casos abandonada al trillado campo de la demagogia‒ sino, desde la necesaria y definitiva acción que produzca el cambio visible, efectivo…

Continúo en el rincón, me preocupo, y en voz alta pregunto: ¿vejar la cara de una institución que te ampara, es justo?, ¿tendrá parte de ingratitud humana? Sí, lo creo. De repente, volteo la otra cara de la baraja: ¿en qué ha fallado la institución para merecer semejante agravio?; ¿estará a la altura de quienes representa o realmente ha quedado estancada en el sillón vetusto del marasmo y la inercia?

Estas y otras ideas han rondado en mi cabeza desde los sucesos del 11 de julio, donde todos fuimos sorprendidos, por acontecimientos a los que nuestro país no estaba acostumbrado. Muchos afirman que ese día ha marcado un antes y un después en las formas de mirar y cuestionar las cosas, opino que efectivamente es así, y aunque muchas fueron las causas, quiero arrojar luces desde  mi modesta opinión sobre la postura, el rol de las instituciones culturales junto a sus artistas, la responsabilidad de ambos de construir un presente y futuro dignos para la Patria.

Tampoco es un secreto que a raíz de esta vorágine de estremecimientos sociales, muchas instituciones de la cultura están llamadas a hacer revisiones profundas en sus estructuras para un mejor funcionamiento y atención a los artistas. Ahí radica una de las grandes disyuntivas: atacar los problemas con medias tintas y de manera esporádica, sin un seguimiento real hasta arribar a la solución del mismo, y hacerlo cuando el río suena estrepitosamente es peor aún, porque ya viene con toda la fuerza arrastrando lo que encuentra a su paso.

Esto, además ha provocado la no credibilidad en muchos sentidos del funcionamiento de nuestras instituciones, la desmotivación y por ende el descontento de artistas y trabajadores del sector. Creo firmemente además que aún la burocracia nos consume y las trabas en vez de ser eliminadas, sedimentan su estatus maniatando las manos ante la resolución de diversas situaciones. Hay que evitar el agotamiento por repetición, la goma no puede seguir patinando en el hueco que cada vez se hace más profundo sin que se acabe de poner el calzo que la saque de ahí y luego sellar con prontitud y eficiencia el bache.

El poder tiene que acabar de descentralizarse y que cada provincia desde la cultura pueda tomar decisiones que, respetando la política de país, aterricen a la realidad de cada terruño. Ejemplos son muchos, aquí planteo uno: ¿Por qué tribunales “nacionales” para evaluaciones de artistas o captaciones de estudiantes para la enseñanza artística en las provincias y expedientes que tienen que ir hasta La Habana para ser validados? ¿A caso en estos lugares no se cuenta con personal altamente calificado para esto? ¿Será que esta forma de hacer no genera gastos logísticos a un país que se desangra en su economía?

Estoy de acuerdo que desde las instancias nacionales se apoyen estos procesos en las provincias que sea pertinente, pero el protagonismo tiene que tenerlo cada región. Es engorroso todo el papeleo que va y viene —y que también se pierde a veces en el camino‒ sobre autorizos de entrada al sector, otorgamiento de niveles en evaluaciones… cosas, que al final pueden ser atendidas en cada territorio, dejando a las instituciones rectoras que se encarguen solamente del apoyo metodológico y la supervisión de la calidad en lo que se hace.

Otro elemento que lacera hoy el acompañamiento a la creación que sustentan las instituciones, lo constituye la “producción” de los espectáculos. Cada obra es un universo y requiere de elementos muy particulares, desde una sombrilla, hasta una linterna…y, ¿cómo se adquieren?

Los trámites contractuales entre empresas estatales para licitar la compra de productos —que en la mayoría de los casos no están en existencia‒, es en extremo complejo. Sin embargo, a la vuelta de la esquina, el vendedor particular cuenta con lo que necesitamos en ese momento, y bien, ¿cómo acceder a esas manufacturas sin caer en el “invento”?

Todas estas preocupaciones han cobrado especial interés en varios conversatorios que en los últimos días se vienen dando con artistas del sector, a partir de los sucesos del 11 de julio. Espacios para el diálogo sincero, abierto, sin censura, ni posturas inquisidoras y justificativas —doy fe de ello‒, donde cada quien ha expuesto sus necesidades personales como artistas, como hombres y mujeres de Cuba, con requerimientos que ineludiblemente tienen que llevar al país a un verdadero desarrollo socioeconómico y cultural.

En estas reuniones, no pocos manifiestan su reticencia ante lugares comunes ya conocidos donde todo queda “ahí”, en lo que se dijo y realmente no trasciende, ni encuentra un sólido camino de transformación positiva, pero es deber de todos, los de abajo, los del medio y los de arriba, ponderar enhorabuena todo aquello que deba ser cambiado.

Por otra parte, se torna imprescindible que el artista defienda su institución, que la asuma también como su hogar, y como en todo hogar existe una familia, dentro de ella no todos piensan igual…eso hay que respetarlo, pero no solo desde la institución hacia el artista, sino viceversa, el artista tiene que respetar la misión y objetos sociales de quien lo representa profesionalmente. Tiene que respetar a quien ha sostenido una garantía salarial en medio de una pandemia prácticamente trabajando a medias, a quien garantiza producciones, giras y atiende no pocas peticiones veleidosas.

En estos momentos de crisis, algunos olvidan estos detalles y entiendo, que como buena familia, ninguno de los integrantes puede darse el lujo de ver resquebrajado el suelo que juntos pisan. Se trata de ser justos a la hora de emitir criterios y adoptar posturas, algunas muy obstinadas, que empañan la imagen del sector de la cultura.

He percibido, en alguna que otra ocasión, que se es permisible y complaciente con creadores en el incumplimiento de su servicio social, solo por el hecho de que puede ser un líder de opinión, el que “hable mal públicamente” representa un síntoma negativo para la imagen institucional. Pero… error, el trabajo con calidad, compromiso social y constancia es el que valida la obra y el respeto mutuo. Considero, sí, que la institución cultural tiene que ganarse el apoyo de sus artistas, tiene que despojarse del síndrome de la sospecha porque alguien piense diferente, tiene que preocuparse y ocuparse de todos sin distinción alguna, escuchar con oído agudo y atacar los problemas. Los administrativos tienen que estar al pie del acto creativo, oler y sentir el sudor del esfuerzo de quienes entregan la vida en un escenario y desterrar los prejuicios de la censura, porque pueden mutilar el empeño de toda una agrupación.

Con lo que no se puede transigir es con el acomodo, la superficialidad, el facilismo, la falacia y el irrespeto a la política cultural. Quien me lea puede pensar que soy ambivalente en lo que expreso, pero supongo que el verdadero sentido radica en recobrar la naturaleza de cada quien y de analizar hasta dónde llegan las competencias de los implicados.

Concluyo, con la satisfacción de que en estos diálogos entre artistas, funcionarios y otros trabajadores de la cultura, estuvo como garante el respeto a la opinión adversa, los deseos de NO intervención humanitaria, NO a la violencia y NO injerencia en nuestros asuntos de país. También se enfatizó en que las palabras tienen inobjetablemente que concretarse en resultados fehacientes —pero tiene que ser ya, sin más dilación‒, en que la burocracia tiene que arrancarse de cuajo, y que juntos, siendo tolerantes los unos con los otros, podremos vencer cualquier adversidad.

 

Foto de portada: Yusmilis Dubrosky (Cubadebate)

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