La danza es resistencia cultural

Por América Medina Hechavarria

Con frecuencia la cultura cubana y latinoamericana se enfrentan a expresiones de “anti-cultura”. Son habituales entre estos términos, los que estimulan la inferioridad de lo latinoamericano, la copia de modelos culturales de las llamadas grandes naciones, el deslumbramiento u obsesión por lo extranjero y el desprecio por lo nacional.

La danza es un lenguaje que también se enfrenta a estos signos que tributan a una mentalidad colonizada. Lastimosamente algunas de estas expresiones son estimuladas y pronunciadas desde las academias de danza, aunque estos no son los único espacios.

Hago referencia en esta ocasión a  las academias en sentido general, ya que estas para su facilidad metodológica están acostumbradas a delimitar entre danza clásica, danza moderna, danza contemporánea y danza folklórica. A ello es preciso añadir, que en los manejos estéticos por sus hacedores, algunos las manipulen con ciertas jerarquías, significando a unas mejores que otras.

En Cuba, la danza debe apostar por el desarrollo de un espíritu abierto a propuestas de cambio ante estas mentalidades. Procurar no solo identificarnos con una danza con cierto apellido, sino sabernos más danza cubana, más danza caribeña y, por ende, latinoamericana. Considero que solo así podemos identificarnos con lo que verdaderamente somos como especie.

Entre estas premisas se mostró el Festival del Caribe, el pasado mes de julio, un encuentro que tiene como esencia la cultura popular tradicional cubana y caribeña. El evento muestra, entre sus intereses, la convocatoria a las más genuinas expresiones de la cultura de los pueblos del área.

En el marco del Festival del Caribe circuló, de forma virtual, la quinta edición del Taller de Danza y Percusión Cubana y del Caribe, proyectado una vez más desde la filial de la Facultad de Arte Danzario de la Universidad de las Artes, en Santiago de Cuba, el Consejo Provincial de las Artes Escénicas en ese territorio,  articulado con la Casa del Caribe. Para la ocasión, un programa general bien cargado de la variedad propia con  que cuenta nuestras danzas cubanas y del Caribe, organizado por la coreógrafa Marieta Mesa Rojas, y su coordinadora Mariela Montel Semanat.

Desde la aplicación de mensajería instantánea WhatsApp fuimos reunidos en este singular espacio de reflexión, diálogo, visualización y confrontación de la danza con las secciones: Ponencias y Debates, Prácticas y Aprendizajes, y la muestra de distintos documentales de gran riqueza. También en este espacio compartieron invitados provenientes de Argentina, Estados Unidos, Chile, México, Isla Reunión, España, Guadalupe, Puerto Rico, Arabia Saudita y República Dominicana.

Se expusieron datos de las compañías invitadas en esta edición del Taller, detalles relacionados a su fundación, intereses de sus coreógrafos y caminos futuros que pretenden investigar estas agrupaciones. Algunas de las formaciones estimuladas a compartir fueron el Ballet Folklórico de Oriente, Ballet Folklórico Cutumba, Ballet Folklórico Kokoyé, Teatro de la Danza del Caribe, Ballet Santiago, el proyecto Tierra Caliente, entre otros invitados.

El diálogo de estas compañías fue de gran relevancia; permitió definir y conocer quiénes son los creadores que apuestan y han apostado por la danza folklórica cubana desde el panorama santiaguero. El intercambio posibilitó tener presente a figuras como Antonio Pérez, un artista que es reconocido como generador creativo del movimiento folklórico en Santiago de Cuba. Recordar obras como Yemaya y El pescador nos permite conocer las maneras en que un fenómeno danzario resulta tan enriquecedor y de posible evolución en el tiempo.

Otras de las riquezas mayores que tuvo este taller fue debatir y esclarecer información detallada sobre las múltiples presencias de la danza folklórica cubana, entre ellas la Danza Petró, la Danza Gagá; además de Bailes de Salón Franco-Haitiano como el Eliancé, la danza Yubá y Frenté; la herencia Conga, el Vodú, la vertiente Abakuá, las danzas Dahomeyanas, las danzas campesinas y algunas de las danzas Yorubas.

Los encuentros permitieron un intercambio entre las distintas vertientes de la danza y los bailes folklóricos cubanos. Acción que invita a borrar las fronteras que solo pretenden focalizarse en las danzas yorubas, dejando claro el amplio abanico de posibilidades con que cuentan los creadores.

Además aportó y debatió muchas de las características de estas danzas, que son practicadas en otros países latinoamericanos con características similares. Aunque en ocasiones se llamen por el mismo nombre o no, se pronuncian diferentes por según el lugar donde se ejecutan, por la utilización y características de los instrumentos musicales, o por los sentidos propios que cobra el cuerpo al enfrentarse a una expresión de este tipo.

El proyecto etnovisual Afrokuba con una singular relevancia en el Taller, dirigido por Miguel Ángel García Velasco, supo llenar vacíos de conocimiento desde el perfil documental, con materiales como: Jesús Pérez, el imprescindible de la música cubana, Asere Crúcoro, Eggún Pa Cha Chat y Súlkary: medio siglo después. Estos materiales que ofrecen un interesante recorrido de investigación en el trabajo de campo y que aportan gran riqueza a la memoria histórica más allá de los límites de la danza.

Cada una de las intervenciones que nos propuso este Taller de Danza y percusión Cubana y del Caribe tuvo un carácter relevante. Nada como estar acompañando o siguiendo en vivo cada idea, vivir junto a todos el homenaje al maestro Eduardo Rivero Walker y al aniversario 50 de su obra insignia: Súlkary. Homenaje que llego desde diversas voces, materiales y vínculos que él logró en el tiempo con su obra. Fue memoria histórica viva que dejó una huella en nuestros sentidos. ¡Donde quieres que estés, luz para ti Eduardo!

En cada edición, este Taller se vuelve un foco de mira de la danza cubana toda. Considero para futuras ediciones y para mayor aprovechamiento del mismo, que sería importante el vínculo con especialistas que puedan aportar herramientas o procesos de investigación con un enfoque etnográfico. Esto ayudará a un mayor desarrollo para coreógrafos, bailarines, estudiantes, investigadores, entre otros hacedores de estos espacios. Aprender que una investigación no tributa a una verdad si no que permite que el fenómeno estudiado sea compartido desde la sensibilidad de cada investigador.

Las gracias a los generadores de estos espacios que se preocupan por preservar y conservar cada año la memoria de nuestras danzas, cantos e instrumentos musicales. El reto está en ganar más creadores, más estudiantes que se interesen, más investigadores que se preocupen por sus esencias, que el Taller se vuelva como una fuente que nos permita beber y nos motive cada año con nuevas propuestas.

En Portada Súlkary de Eduardo Rivero. Foto Archivo Cubaescena

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