La clase de danza: tradición, diversidad, complejidades…

Lic. Laura Obregón Betancourt[1]

En esta ponencia se han tenido en cuenta, fundamentalmente, las visiones pedagógicas de diferentes maestros de la danza que, con sus experiencias, sostienen el hacer pedagógico de la danza en Cuba. El discurso centra la atención en la clase de danza, los modelos estético-técnicos implantados, el tratamiento a la diversidad desde la enseñanza, así como la aplicación de objetivos y métodos, en función de la formación integral del profesional de la danza.

La clase de danza en cualquiera de sus estilos posee elementos comunes, a saber: la atención a la diversidad, los objetivos y los métodos didácticos. Dichos elementos son estudiados por la Didáctica General, sin embargo, las didácticas particulares del movimiento en la danza, aun deben seguir ahondando en virtud de esclarecer cuáles son aquellas cuestiones que singularizan el proceso de enseñanza-aprendizaje de la danza.

La clase es un proceso bilateral, activo y dinámico en el que confluye la comunicación entre alumnos y profesor. Posee dos categorías esenciales: la enseñanza y el aprendizaje. Según Piaget (2013): “La enseñanza debe tener en cuenta el ritmo evolutivo del alumno y organizar situaciones que favorezcan su desarrollo intelectual, afectivo y social” (Piaget, citado por Moreno, 2015, p. 29).

La clase de técnica —entiéndase técnica por los entrenamientos de ballet, danza contemporánea y folklor— en la danza, es el eslabón fundamental de la formación artístico-danzaria del bailarín —en cualquiera de sus perfiles—, porque la clase, además de elevar el nivel técnico y asegurar las complejidades sintácticas de los movimientos, también prepara al bailarín en función del repertorio que va a ejecutar en escena. Por lo tanto, existe en la clase de técnica, una relación dialéctica con los repertorios.

La maestra Elena Cangas de la Escuela Nacional de Ballet Fernando Alonso lleva las correcciones a su máxima expresión. Foto Rebekah Bowman.

En la danza, la clase de técnica llega a ser la actividad permanente del bailarín a lo largo de toda su carrera formativa y profesional. En el Nivel Elemental, la clase está dirigida al aprendizaje de las técnicas de los pasos. En los niveles Medio y Superior se trabaja en la concreción artística de las habilidades aprendidas, y se profundiza en los estilos dancísticos. Existe también, en estos niveles, mayor implicación en los repertorios. En las compañías profesionales, la clase se mantiene como el entrenamiento en pos del estilo danzario de la compañía, en aras de modelar la presencia escénica del bailarín.

En todos los tiempos, el nivel de exigencia de este proceso se mide por la varilla más alta —el bailarín de mayor nivel, dependiendo del modelo estético-técnico que quiera formar el profesor—, decisión que resulta acertada, como única forma posible de desarrollo, en la que los estudiantes salen de su zona de confort y aumentan un escalón en su aprendizaje.

Esta visión profesoral es personalizada a cada uno de ellos. Por un lado, el profesor que aboga por la figura física, el somatotipo tradicional heredado —de los antecedentes de la historia de la  danza—; por otro lado, el profesor que le atribuye mayor importancia a la preparación, experiencia y posibilidades histriónicas en la escena del bailarín. Como tercera visión, el profesor que trata de formar la unión de esos elementos en los bailarines, a tema de controversia de quién baila y quién no. Por lo que en cada una de las visiones, el bailarín o el estudiante de danza no se libera de ser descartado, por no reunir alguna de las exigencias impuestas por los modelos ideales a los que aspira el profesor o coreógrafo.

Dicho esto, pues, la clase de danza va a estar y ha estado dirigida por estas ideologías, las cuales mal etiquetan a los bailarines por niveles de condiciones físicas, por histrionismo o condiciones intelectuales, según el profesor, que en muchas ocasiones clasifica a los bailarines en buenos, regulares o malos, y limita el desarrollo de sus verdaderas potencialidades.

Entrenamiento Compañía Rakatán. Dirección Nilda Guerra. Foto Nika Kramer.

Los bailarines ya etiquetados, aun cuando demuestren su total capacidad e idoneidad, a veces desarrollada de manera autodidacta, para el papel aspirado nunca parecerá suficiente, menos serán los indicados: porque no son tan agraciados para el personaje, o no poseen la estatura o el color de piel ideal, entre otras características que no favorecen el desarrollo del bailarín, enlentecen el proceso de búsqueda de lo ideal y perfecto de acuerdo con cánones preestablecidos, y dificultan la construcción y la calidad de la obra artística en su proceso de creación.

Lo expuesto anteriormente, sucede incluso en estos momentos, en los que lo peculiar, original y osado, brilla y rompe las barreras de la rigidez y los esquemas atrasados de visiones anteriores, que ya no caracterizan a los creadores y artistas de hoy.

Desde hace décadas, en la Pedagogía cubana se habla del respeto y reconocimiento a las características individuales, del desarrollo pleno y armónico de la personalidad, de la atención a la diversidad. Pero… ¿qué entendemos por eso? En un principio, la diversidad, o no es reconocida, o es objeto de marginación. En esta concepción homogénea prevalecen los modos y valores de la mayoría, que son asimismo quienes detentan el poder.

Concebir la diversidad como algo propio de la sociedad actual, como algo “normal” y positivo, es a lo que se aspira. Sin embargo, el acento no está ya puesto en la igualdad de valores, estilos de vida, formas de pensar o sentir, de entender el mundo o de relacionarse, sino que el objetivo es que, a pesar de todas estas diferencias reconocidas como legítimas, todas las personas tengan garantizado el acceso a la participación social en igualdad de condiciones. (Hernández, 2017)

¿Son estas ideas aplicables a la clase de danza?

Clase del bailarín Vladimir Malkhov para los participantes del concurso que lleva su nombre en Holguín. Foto Carlos Rafael.

Pues en el salón de danza, en el momento de la clase existen tantas formas de bailar, de pensar, captar, percibir y sentir, como danzantes hay en el espacio formativo; esta variedad de características sería muy enriquecedora para la clase, si se  aprovecharan para el desarrollo individual y grupal, valioso elemento que queda descartado por algunos profesores.

La realidad esbozada se complejiza más porque existe una diversidad expandida de bailarines. Esto lo podemos confirmar cuando analizamos  los diferentes prototipos de bailarín desde la clase de danza. Los que poseen todas las condiciones físicas, son serenos, receptivos, de fácil captación, pero se les dificulta concretar y trasmitir emociones al público. El bailarín de la escena, que quizás no tenga las capacidades físicas en óptimo estado, como el caso anterior, tiene y ofrece, sin embargo, una explosión de expresiones capaces de llegar al público y emocionarlo.

Otro elemento importante dentro de la diversidad son las características etarias del grupo de alumnos en su individualidad, en función al nivel técnico-especifico de la clase, además del imborrable punto de mira, la zona de desarrollo próximo (ZDP)[2], en la cual el profesor debe descubrir las perspectivas  del estudiante,  lo que es capaz de hacer, sus proyecciones y posibles alcances, para, a partir de allí, emprender su desarrollo artístico profesional.  Referido a este ítem, Moreno (2015) comenta:

… Para que el aprendizaje conduzca al desarrollo, las instituciones escolares y los métodos pedagógicos, pero principalmente los profesores, deben enfocarse en el propósito de ayudar a los estudiantes a expresar lo que por sí solos sin la orientación oportuna no lograrían desarrollando en ellos, aquellos aspectos de los que carecen explícitamente pero que poseen de forma implícita como potencialidad. (p. 32)

Para el desarrollo de tan mencionadas características, se debe atender a la diversidad en la clase de danza. Diversidad dada por peso corporal, tamaño, somatotipo, niveles de expresividad, capacidades físicas, niveles de captación, creatividad, entre otros.

Para la materialización de estas ideas, un elemento imprescindible es la organización de los bailarines-alumnos en la clase por su potencialidad. La clase mantiene un nivel y un rigor alto que todos los bailarines querrán alcanzar, se vigorizan las fortalezas y habilidades danzarias del o los seleccionados para integrar la primera fila, existe una visión clara de la habilidad o técnica a desarrollar, todos los bailarines tienen la posibilidad de ser estimulados, y evita el surgimiento de etiquetas negativas que frenan el desarrollo artístico.

A pesar del paso del tiempo, aún están presentes las ideas que en un momento fueron revolucionarias en el arte danzario. En la Carta III de Noverre, se destaca la importancia que tiene para el maestro una visión holística, integradora, de la acción danzaria, así como la relación que existe entre los papeles de cada bailarín y del cuerpo de baile:

Un maestro hábil debe prever en su totalidad el efecto general de toda máquina y jamás sacrificar el todo por la parte.

Clase compañía Rakatán. Foto Nika Kramer.

Solo olvidando por un momento los principales personajes de la representación, podrá pensar en los demás, que son la mayoría; si fija la atención únicamente en los primeros bailarines  y bailarinas, la acción quedará suspendida, se demorará la marcha de las escenas y su ejecución perderá efecto. (Noverre, 1985, pp. 75-76)

Es válido llevar la clase de danza a su máximo nivel de exigencia, sin perder la complejidad, porque en la práctica de este recurso ineludible, se impone la necesidad de atender la individualidad desde lo grupal, y utilizar métodos de enseñanza atractivos y motivadores para el danzante en formación, que impulsen a potenciar alguna habilidad, destreza, paso, giro o ritmo, lo cual, muchas veces, queda en el olvido.

Muchas veces se desecha la posibilidad de sacar el máximo de entrenamiento y rendimiento en cada bailarín, incluso, se pierde hasta la oportunidad de descubrir, en alguno de ellos, el ideal tan buscado, por el simple hecho de no reunir alguno de los requisitos impuestos por los modelos estandarizados. Esa es una causa por la que algunos profesores de danza se privan de formar un grupo de bailarines versátiles, capaces de asumir cualquier rol en la escena, ya sea en el cuerpo de baile o los papeles principales.

La clase de danza, en su máxima expresión, brinda al bailarín una gama de saberes, tanto teóricos como prácticos, que tributan a la formación de hábitos, habilidades, principios, valores y convicciones, que hacen del estudiante un profesional completo.

Es importante destacar el desarrollo de los hábitos como elemento esencial para la formación de los bailarines en las clases de técnica, aspecto que no queda claro en la ideología cotidiana de los artistas en general. Se entiende por hábito la acción práctica que en su repetición pasa a ser automatizada, lo cual no quiere decir mecánica, rígida o falta de gracia. Por el contrario, es una habilidad impregnada en el cuerpo danzante, que posibilita el desarrollo de estilos, la creatividad y la caracterización de personajes.

En la danza, estos saberes se complementan, y el desarrollo de los hábitos y habilidades subyace en el quehacer del movimiento, de la memoria sensorial, elementos que se metabolizan y viven en el bailarín de forma permanente.

Estudiantes de la Escuela Nacional de Ballet Fernando Alonso. Foto Rebekah Bowman.

La danza, como expresión libre del cuerpo y de la mente, debe fluir orgánicamente en el bailarín, el cual  amolda su cuerpo al movimiento, desarrolla posturas, líneas de brazos y capacidades físicas, como la ampliación de movimientos en determinadas  zonas del cuerpo —la pelvis, el torso, los pies—, el alargamiento y fortalecimiento de los músculos, las articulaciones y los tendones, y el entrenamiento de la respiración aerobia y anaerobia.

Con este desarrollo psicosomático, el bailarín sufre una transformación que favorece la calidad estética del movimiento, la puesta en escena, la proyección danzaria y la expresión corporal, pero se requiere la formación de hábitos desde la clase de danza, lo cual solo se logra tras varios años de esfuerzos, sacrificios, voluntad y  mucho trabajo. Dicho a la manera de Alicia Alonso (2010):

… El profesor los ayuda a ustedes, el profesor les exige, pero el mayor profesor que tiene un alumno es la conciencia de ese alumno. Ese alumno tiene que estar consciente de que nunca puede conformarse en cuanto a cómo está haciendo las co­sas. Siempre tiene que estar consciente de que las puede hacer mejor, y exigirse: “Las voy a hacer mejor, y las voy a practicar más, y ahora voy a ponerme así o de esta otra manera”; y tienen que dirigirse al profesor: “Yo quiero hacer más, yo quiero hacer más vueltas, yo quie­ro hacerlo combinado con á la seconde…”. Es el alumno quien tiene que ayudar al profesor, para que a su vez se ayude a sí mismo. (p. 68)

La clase de danza, como actividad diaria del bailarín, inculca en su comportamiento la disciplina del deber ser, la responsabilidad ante la cotidianidad, el sometimiento del cuerpo que, a la vez, fortalece la obediencia en el afrontamiento de las situaciones que le impone la vida profesional y social.

En este sentido, se hace imprescindible tener el objetivo de la clase bien definido[3]. La clase de danza puede estar determinada por la habilidad práctica a desarrollar, o por el aprendizaje de pasos y el dominio técnico de los mismos. Debe estar dirigida al desarrollo de todos los bailarines, con la premisa del rigor y la complejidad, pero al mismo tiempo debe ganar en la búsqueda y utilización productiva de métodos y estrategias, que atiendan las diferencias individuales y eliminen las etiquetas que, en muchas ocasiones, no son por la capacidad y las habilidades danzarias del alumno.

Se debe prestar especial atención al procedimiento de enseñanza dentro de la selección de los pasos y frases en la clase, que respondan al desarrollo de las capacidades y niveles de aprendizaje de los alumnos —captación, repetición, imitación, ejecución, improvisación—, así como a los momentos de avance en el clímax de la actividad, en los que el profesor puede cambiar de formaciones, o la posición de los alumnos en sus lugares de clase.

Desde el calentamiento hasta la utilización del espacio total y parcial, el orden y selección de los pasos, secuencias y frases, el trabajo en pareja, dúos, tríos o cuartetos, son acciones que exigen la elección del bailarín que más potencialidades tenga en la materia que se imparte, aunque no siempre debe ser el mismo. Se impone dar a esta idea un carácter mutante, donde varios estudiantes se puedan probar.

Para la danza existen dos tipos de capacidades: las intelectuales, vinculadas con el desarrollo de los procesos cognitivos[4] y afectivos[5], y la capacidad de lectura del cuerpo, la cual pudiera estar sujeta a otros análisis en próximos artículos.

La capacidad de lectura del cuerpo se relaciona concatenadamente con la atención, recepción y retención en el momento de captación de las secuencias, frases o pasos en la clase. No es más que la habilidad de lectura corporal que desarrolla el bailarín, y que pasa por los niveles de aprendizaje, de lo perceptible a lo ejecutante, y que depende de la base teórico-técnica y práctica que posea respecto al contenido de la clase.

Entrenamiento de la compañía Rakatán. Foto Nika Kramer.

Las habilidades danzarias para el bailarín deben convertirse en hábitos, en acciones incorporadas que constituyen la base técnica corporal de las danzas, y permiten la ejecución y la calidad de los movimientos, recursos indispensables para la expresión emocional y de la obra danzaria en sí. Los aspectos referidos hacen que el proceso de aprendizaje se complejice.

Serguei M. Volkonski […] plantea que lo difícil debe hacerse habitual; lo habitual, fácil; lo fácil, bello. Conseguir esto exige una práctica incesante y sistemática. Por eso el bailarín repite una y otra vez un fragmento musical o un paso de baile, hasta que queda fijado para siempre en sus músculos hasta que se convierte en un paso mecánico y sencillo. (Moreno, 2015, p. 47)

Las reflexiones anteriores nos dicen que estas cuestiones son vívidas para todos los artistas en su acontecer diario, sin embargo, poco analizadas y sistematizadas por los estudios de la pedagogía danzaria y las didácticas particulares, por lo que se hace muy complejo abarcar en un solo artículo, tantos elementos imprescindibles para el desarrollo artístico-técnico del bailarín.

A modo de conclusiones, se considera esencial enfatizar, desde un pensamiento didáctico más abierto, en la formación de un bailarín y del profesional de la danza, que profundice en sus potencialidades y las fortalezca, y en una clase de danza más inclusiva, acompañada del rigor y la exigencia.

Fuentes bibliográficas

  1. Alonso, Alicia. (2010). El que no construye no vive. En Diálogos con la danza. La Habana: Editorial Letras Cubanas.
  2. Betancourt Torres, Juana, et al. (2012). Fundamentos de Psicología: Primera parte. La Habana: Editorial Pueblo y Educación.
  3. Hernández, María. (2017). Material básico Curso No. 2: Inclusión socioeducativa. Fundamentos y bases teórico-metodológicas.
  4. Labarrere, Guillermina & Valdivia, Gladys. (2009). Pedagogía. La Habana: Editorial Pueblo y Educación.
  5. Moreno Lantigua, Marlen. (2015) Fernando Alonso. Su ideario pedagógico. Camagüey: Editorial Ácana.
  6. Noverre, Jean-Georges. (1985). Cartas sobre la danza y los ballets. La Habana: Editorial arte y Literatura.

 [1] Vicedecana Docente de la Facultad de Arte Danzario de la Universidad de las Artes de Cuba.

[2] De acuerdo con Vigotski y seguidores, la zona de desarrollo próximo: “… no es otra cosa más que la distancia entre el nivel real de desarrollo, determinado por la capacidad de resolver independientemente un problema, y el nivel del desarrollo potencial, determinado a través de la resolución de un problema bajo la guía de un adulto o en colaboración con un compañero más capaz.” (Vigotski, citado por Betancourt et al., 2012, p. 15)

[3] Se conciben los objetivos como aquellos propósitos que, en el orden educativo, se desean alcanzar. Los objetivos determinan las relaciones que se establecerán entre los demás componentes del proceso de la enseñanza, de ahí su función rectora. Otro importante componente del proceso de enseñanza lo constituye el profesor (Sobre ideas de Labarrere, G. & Valdivia, G., 2009).

[4] Análisis, reflexión, recepción, captación, retención, movilización de pensamiento y creatividad.

[5] Intereses profesionales, motivaciones y necesidades e inquietudes por aprender.

 

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