KOLOPHON en primerísima persona

La obra nos sumerge en las contradicciones de la protagonista con su tiempo, simbolizada por la barbarie que desencadena la Primera Guerra Mundial y la rebeldía en el arte desatada a través de los movimientos dadaísta y surrealista…
Por Norah Hamze
Con la escritura escénica de Kolophon, nuevamente la dramaturga, poeta y directora teatral Agnieska Hernández potencia lo real en la ficción, para hacer emerger la confluencia entre imagen, palabra poética, sonoridad, biografía personal del intérprete, energía, tiempo y ritmo, conducentes a una eficacia simbólica que legitima la recepción teatral.
Así logra concretar los “tres niveles de (re)presentación: actor -persona real- personaje” que ella centra como claves conceptuales interpretativas de su poética, para hacer aflorar el discurso desde el cuerpo del actor, a través del texto y la imagen (en su acepción general), acorde con sus propósitos escriturales desde una expresividad ampulosa y apasionada, para enunciar el punto de vista personal del interprete y de la autora, sobre el tema en cuestión.

La mujer marginada, desconocida y no aceptada, junto a otros prejuicios discriminatorios, violencia, supremacía machista y abuso de poder, signan los espectáculos de Agnieska en primerísima persona, para llevar al espacio público la denuncia sobre hechos que marcan destructivamente la existencia ciudadana. Ya lo hemos compartido en piezas como Jack the Riper, no me abraces con tu puño levantado, Los pájaros negros y más recientemente en Ana, la gente está mirando la sangre y Padre Nuestro.
En Kolophon, asistimos a la convivencia sin fronteras entre ficción y realidad, donde el juicio intrínseco de la autora-directora y los intérpretes sobre el tema, lo convierten en un espectáculo desafiante, disfrutable y para agradecer, en estos tiempos que requieren una mirada inquisitiva y desprejuiciada sobre fenómenos existenciales que gravitan en torno a la humanidad.
Concurrimos a una “misa negra” (como ellos la catalogan), un espectáculo lo desbordadamente desacralizado y agudo en homenaje a Elsa Von Freytan-Loringhoven, la “Reina Dada”, artista de vanguardia alemana radicada en Nueva York en las convulsas décadas de principio del siglo XX, que desafía el arte del momento realizando sus creaciones con materiales reciclados de la vida cotidiana.

La obra nos sumerge en las contradicciones de la protagonista con su tiempo, simbolizada por la barbarie que desencadena la Primera Guerra Mundial y la rebeldía en el arte desatada a través de los movimientos dadaísta y surrealista, como rechazo y ruptura contra lo establecido.
El juicio a la artista a modo de eje para abordar temas tan arraigados como el machismo, abuso y discriminación sobre la mujer en la vida y en el arte, brotan con fuerza varonil devastadora en las relaciones de Elsa con la sociedad y los artistas de la época, en defensa de sus tendencias sobre la existencia del ser y su proyección social, lo que propicia otras lecturas que emergen del inconsciente de la mente humana.
Inscrita dentro de lo que clasifica como teatro documental, Kolophon es una obra cuestionadora que clama por una mirada diferente a los acontecimientos que enturbian, amenazan y corroen la vida y la creación artística. Abordado desde el predominio del lenguaje poético, llega con impulso lacerante en momentos en que la humanidad comienza a desangrarse nuevamente, por acciones bélicas con amenaza de una tercera Guerra Mundial, y por el acelerado y controversial despliegue en formas y contenidos sobre el hecho artístico.
El elenco responde con fervor y se logran momentos de gran intensidad, contagiosos y conmovedores. El impacto de la palabra armoniza con la imagen proyectada. La visualidad de la obra y la sonoridad -todas- calzan la mirada acusadora sobre el universo y la intencionalidad de la autora por reivindicar la figura femenina a partir de conductas transgresoras.

El lenguaje escénico, con procedimientos identificables en las propuestas de Agnieska Hernández, funcionan como claves para acentuar sus puestas en escena. En Kolophon, lo apreciamos en la proyección de imágenes en pantalla, el uso de un componente de la naturaleza relacionado con el tema (carbón en este caso), el empleo dinámico de un telón de grandes dimensiones, y el carácter enunciativo del texto poético, que le conceden valor simbólico a la re-presentación.
Se apropia además de otros recursos expresivos: canciones y melodías en vivo escrupulosamente seleccionadas y ejecutadas por Leyssy O´Farril Nicholas y Laura Alonso Real, conjugadas con música grabada, la poesía y la ampulosidad del gesto, que funcionan como fórmulas comunicativas sensoriales y amplifican los juicios acerca de una urbe cultural vívida, tan cosmopolita y dinámica como es Nueva York.
Los tradicionales bolsos de basura en movimiento y acciones constantes, además de su connotación rutinaria de desecho y objetos reciclables acumulados en una ciudad donde los encontramos en cada tramo recorrido, logra una dimensión simbólica a tono con el conflicto central de la pieza, con los personajes en sus polémicas relaciones, y con la sociedad-madriguera que convierte en desecho al “otro” por no compartir sus modos de comportamiento.
Disimiles poemas sobre la guerra, la violencia y la discriminación de la mujer, cobran voz -también en primerísima persona- en los roles defendidos por el elenco, donde sobresalen con vigor Lissette de León en la piel de Elsa, la protagonista, Peter Rojas como el doctor Williams Carlos Williams y Raiza D´Beche en Djuna Barnes, cuyas interpretaciones muy convincentes, completa un elenco virtuoso acoplado orgánicamente a los presupuestos estéticos e interpretativos de la puesta en escena.

Para lograr el potencial expresivo, percibimos que su directora asimila, descifra y resemantiza principios formulados y desarrollados por reformadores del teatro en contextos diversos como Stanislavski, Brecht, Layton, Barba, Brook…entre otros, de donde deriva su manera peculiar de trabajar con quienes se afilian a su colectivo interdisciplinario La Franja Teatral.
Kolophon es de esos espectáculos que precisan ser fogueados en escena para alcanzar la afinación en consonancia con su complejidad. El cuidadoso empaque, la belleza y osadía de la puesta en escena, merece acrecentar la confrontación con el espectador de hoy. Probarla en un espacio algo más reducido que la sala Covarrubias del Teatro Nacional, podría favorecerla en relación con el dinamismo de una ciudad como Nueva York que vive tan de prisa; porque es Kolophon una propuesta interactiva y movilizadora del pensamiento, que dialoga de modo frontal con el espectador contemporáneo cubano y a nivel global, desde un discurso y una visualidad atractiva y penetrante.
Fotos © Sonia Almaguer