Julián y la dualidad de género

Por José Omar Arteaga

Cuba es un archipiélago multicultural. “Santa Bárbara de un lado, del otro lado Shangó”, como expuso Nicolás Guillén en sus Motivos del Son, tiene un riquísimo acervo de tradiciones; algunas heredadas de los antecedentes africanos, españoles, franco-haitianos, indo-chinos, franceses, ingleses y de todas las culturas que convergieron en la alineación de los saberes populares.

La rumba es quizás el género músico-danzario por excelencia donde se cimentó más profundamente este proceso de mezcla entre las herencias africanas y españolas, vivas en el negro libre, el mulato, el blanco humilde.

Con la abolición de la esclavitud en Cuba en el 1886 los negros esclavos que no pudieron permanecer en el campo, al no poseer tierras para la agricultura y estar desposeídos económicamente, se mueven a la periferia de los pueblos y ciudades, dando impulso a los Solares. Estos Solares en los suburbios de las ciudades ya existían, pero con la abolición de la esclavitud el incremento poblacional de los mismos fue sustancial. En los solares se mezclan las distintas tribus africanas traídas a Cuba por los españoles con los blancos asalariados que trabajaban en los pequeños negocios de los Solares. En ese entorno apareció la fiesta colectiva y profana llamada Rumba, con tal impacto que la palabra rumbero se utiliza para designar a una persona fiestera y rumbear la actividad festiva intensa tanto en Cuba como en el Caribe.[1]

Así se va a desarrollar todo un complejo genérico de la música (y la danza) con características y subgéneros con características propias que se agrupan en el Yambú, el Guaguancó y la Columbia principalmente, además está la Jiribilla como una fase superior de esta última, ambas variantes bailadas exclusivamente por hombres.

Posee la rumba modelos prefijados que ubican los roles de género de acuerdo a las relaciones de poder teniendo el hombre un papel ponderado y de dominio sobre la mujer, que se le ve en su rol sexualizado y bajo el dominio masculino. En sus variantes se encuentran palpables estas relaciones de poder, siendo el Yambú, por sus características, la menos agresiva en este aspecto, sin embargo, en el Guaguancó están claramente estratificados los roles que se aprecian muchas veces desde las letras y la mimesis al ejecutar este baile.

En la Columbia, que constituye una demostración de destrezas físicas y supremacía masculina, la mujer no tiene permitido intervenir, las que se han atrevido a romper esta regla y bailar Columbia han sido mal vistas y duramente criticadas por ocupar un papel hegemónico que, en este caso, solo está destinado al hombre.

Julián es la más reciente pieza del joven Leiván García, primer bailarín del Conjunto Folclórico Nacional, quien se inmiscuye en los terrenos de la creación coreográfica trayendo a la palestra un tema medular al que no pocos especialistas le han dedicado sus estudios, las cuestiones de género, en este caso relacionado con los roles del hombre y la mujer dentro de las danzas folclóricas y las expresiones populares cubanas.

Desde el lente cinematográfico de Pletórica Studios y Ashé Productions llega la danza desprovista de grandes aparatajes escénicos, la sobriedad permite la concentración del discurso en el personaje central, Julián, una especie de embodyment o travestismo escénico encarnado por una mujer que incorpora no solo la indumentaria masculina, sino que se apropia de todos los ademanes del “macho”.

Este personaje pone en tensión el modelo de masculinidad hegemónica que proyecta el gestus del hombre en la rumba: el braceo, la destreza de los pies, el vacunado. Julián transgrede lo socialmente normado al presentar un cuerpo que queda en el limbo intermedio entre los opuestos masculino- femenino, un cuerpo femenino que expropia lo masculino y lo usa como modo de proyección escénica.

Esta apuesta coreográfica consigue (re)presentar de alguna manera lo masculino y lo femenino en un mismo cuerpo, caminos que han sido explorados por algunos creadores del territorio cubano e internacional; sin embargo, en esta obra el acierto está en desmontar el gestus que impone esa hegemonía del “guapo”, del “tipo duro” que acarrea determinada configuración social del ambiente solariego incorporada en la rumba.

A nivel coreo-kinético encontramos en el personaje Julián, una partitura gestual que combina los principales pasos o gestos de la rumba con otras dinámicas propias de la danza contemporánea, el pastiche como recurso danzario posibilita la unión de estos elementos en un tránsito orgánico que dan a la coreografía una cohesión en el discurso escénico.

 En principio la puesta muestra a Julián y los músicos en la escena. La tumbadora, el taburete, una serie de elementos que evocan las dinámicas variopintas del solar, los cañaverales o los almacenes del puerto donde también se hizo la rumba al compás de cajones. Está latente el apego a los orígenes humildes de la rumba, el tributo a los rumberos/as que han enriquecido y defendido este arte popular.

Un punto de giro importante está dado cuando Julián comienza a dar paso a Julia. Esa especie de desprendimiento, la acción de quitarse esta ropa y a la vez el modelo hegemónico, la renuncia a lo externo para encontrar el impulso interior, soltar las costras culturales y hallar en el terreno íntimo la esencia del ser humano. En este punto pudiera entenderse como una lucha de contrarios, pero no solo macho-hembra a nivel de movimiento, sino a lo exterior y estereotipado frente a la fluidez de lo interno. Hacia el final se devela el cuerpo femenino desprovisto de las prendas masculinas, libre de la atadura de cargar esa dualidad.

Las identidades se construyen de forma relacional, es decir en figuras de oposición y procesos de diferenciación.[2] De ahí que en la individualidad, en cuanto a características asociadas a las construcciones de género, se establecen toda una serie de patrones que se adscriben a lo mencionado anteriormente, es decir, la oposición-diferenciación de ambos sexos, ya no biológicamente hablando, sino social y culturalmente.

La masculinidad al igual que la feminidad, generalmente están asociadas a contradicciones internas y externas, a rupturas históricas. Así existen referencias de mujeres que para estudiar se vistieron de hombre, o para publicar libros firmaron bajo pseudónimos masculinos. El papel de la mujer a lo largo de la historia estuvo relegado a la supremacía falocéntrica.

 La rumba no ha escapado de esos prejuicios. Hay excelentes mujeres columbieras, con las destrezas y agilidades a la par o más que lo propios hombres. En Julián estamos ante el reconocimiento de esta feminidad capaz de sobrepasar estereotipos. Para que una mujer baile Columbia o cualquier otro ritmo preconcebido “por y para” el sexo opuesto, no tiene por qué adoptar los ropajes ni las dinámicas gestuales de este, quizás por aquí vaya Julia(n), hacia el desprendimiento de estas diferencias impuestas.

Declarada Patrimonio Cultural de la nación cubana, la Rumba es un baluarte de nuestra idiosincrasia. Seguirá existiendo la rumba espontánea de solar, de barrio, también seguirá siendo un hecho escénico con mayores o menores niveles de teatralización. Llevar estas danzas a la escena significa beber de su fuente popular y folclórica, también hay otras maneras de interpretar el fenómeno sin que pierda su esencia, la tradición existe, las re-interpretaciones escénicas son lícitas siempre que convide a accionar el pensamiento, a desmontar tabúes, a desmitificar roles; cuestión primordial para la creación artística en nuestro tiempo.

Fotos: Pletórica Studios

Referencias bibliográficas:

[1] Ramos García, Nicolás. La Rumba. Publicado en http://www.noti-salsa.com/Salsa.htm

[2] Fuentes, Sebastián, Cuerpo, género y clase. La construcción de lo masculino y lo femenino en jóvenes de sectores medio- alto. Estudios Sociológicos Editora, Buenos Aires (2011)

Puede ver la obra Julián aquí:

https://www.youtube.com/watch?v=8qMuxfNnPTo

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