Impulso Teatro trabaja con los estudiantes del ISA

Por Roberto Pérez León
Todo puede suceder, todo es posible y probable.
Strindberg
Un grupo de estudiantes de la Facultad de Arte Teatral de la Universidad de las Artes, ISA, acaba de graduarse con un ejercicio escénico inspirado en El ensueño, obra de August Strindberg (1849-1912). Los nuevos profesionales han tenido la oportunidad de participar en la práctica creativa que se presentó, a manera de working progress, de la mano de Linda Soriano directora de Impulso Teatro.
El impetuoso colectivo teatral abrió sus puertas a estudiantes de actuación para que realizaran sus ejercicios de grado conjuntamente con actores y actrices del grupo. Para Vita Quintana Zamalea, María Carla Cardona, María Gamboa y Aída Estrella Perera Caygnet, haber participado en el trabajo escénico que significó El ensueño de Strindberg es una valiosa carta de presentación como profesionales del teatro que acaban de graduarse con el máximo de calificaciones.
Strindberg escribe El ensueño en 1901 y se estrena 1907. La obra fue un punto de inflexión en su dramaturgia por las radicales innovaciones que planteaba. La fuerza rupturista de El ensueño fue faro para las vanguardias que surgirían entrado el siglo XX.

Strindberg, luego del dominio de las convenciones del teatro realista y naturalista, se erige como el arquetipo del dramaturgo moderno, “el primer gran autor del drama anti-ilusionista” como lo definiera el crítico y teórico alemán Siegfried Melchinger (1906-1988).
Esta obra ha sido pasada por el tamiz creador de Linda Soriano, quien parte de la versión que hizo Ulises Rodríguez Febles. Como trabajo en proceso fue presentada en el historiado Patio de la Casona de Línea donde habita el colectivo Impulso Teatro.
Durante más de una hora participamos de un suceso teatral poliédrico. Una delirante propuesta escénica. No podía ser de otra manera. El ensueño fue una de las primeras piedras de la dramaturgia del siglo XX. Reconocemos la impronta de esta obra en Ionesco, en el mismo Kafka, Artaud, Ingmar Bergman, Samuel Beckett, Tennessee Williams, O´Neill, Pirandello, entre otros.
El ensueño es de naturaleza angular en las practicas teatrales contemporáneas. Por las diferencias escénicas que propone representa una revolución formal y estética, una exploración psicológica de la realidad subjetiva y del lenguaje para expresarla. Se trata de una pieza de potente visualidad que libera, redefine el hacer escénico.

Confieso que la versión de Impulso Teatro me satisfizo como espectador y me confirmó que el teatro puede hacer añicos la lógica, dejar el tiempo y el espacio en un limbo sacudiéndonos la imaginación y la memoria al desmontar el artificio de lo teatral, la ilusión del drama a través de exploraciones en el alma humana y los sueños.
Este trabajo, más allá de su libertad creativa es audaz. Tensiona y da un giro en la esencial poética brechtiana del colectivo Impulso Teatro sin producir desplazamiento sino robusteciendo la base epistemológica del grupo capitaneado por Linda Soriano.
Hablo de un absoluto acontecimiento escénico: representación/presentación, fragmentaciones, deconstrucciones, narrativas contrapuestas, disolución del texto, materialidad de la palabra que adquiere sensorialidad por una música que genera atmósferas, estados anímicos, espacios de energía performática intervenidos por la percusión, el violín y el chelo.
Creo que en el orden actoral el colectivo se apropia de una variación de la “dramaturgia del yo” (Peter Szondi). El yo de cada personaje es manipulado actoralmente de acuerdo a la unidad del yo del intérprete, de la autorreflexividad y sus manifestaciones de desdoblamiento a través de figuras escénicas con ritmos y lógicas oníricas.
Para mostrarnos las costuras del artífico teatral, el anti-ilusionismo fundacional de El ensueño tenemos el trabajo de tres serenamente atropellados actores: Carlos Pérez Peña (poeta) Eudys Espinoza Sánchez (abogado) y Carlos E. Espinoza Ruiz (Soldado). Son ellos presencias escénicas que irradian la incoherencia de un sueño que creo sea el anclaje vertebral del montaje.
Pareciera que la puesta no avanza que se enfrasca en asociaciones libres de escenas en el patio de la Casona de Línea donde trascurre la circularidad narrativa concebida en estructura onírica. Y es que el avance del accionar carece de asociaciones. Los diálogos adolecen del tono conversacional, resultan monólogos que desatan un lirismo ordenador.

No hay imitación de nada. Todo acontece desde una orden externa, desde una experiencia subjetiva y por momentos opresiva en medio del incesante cambio de escenarios. De un lado a otro del Patio de la Casona ocurre un ejercicio de inspiración a partir de la asimilación de la obra de Strindberg.
Ya en el prefacio de El ensueño (1901) Strindberg estaba cimentando nuevas estéticas (simbolismo, expresionismo, surrealismo, la crueldad, el absurdo) que luego se desarrollarían en el transcurso del siglo XX, momentos de rupturas definitivas, empezando por el naturalismo y el realismo: todo el poder a la imaginación, representar la vida interior, manifestación de la lógica del sueño, abolición de la causalidad aristotélica (causa-efecto), todo puede ocurrir, todo es posible, destronar la verosimilitud que la emoción se entronice desde una coherencia subjetiva.
Este ensueño de Impulso Teatro lo mismo se contrae como que se expande. Sin progresión lógica, al ser anulados el tiempo y el espacio, las escenas saltan de un lado a otro, los personajes desarrollan motivos súbitos como solo puede hacerlo un soñador implacable con él mismo y con los demás.
Como narración teatral estamos ante una metafórica epopeya donde se imbrican lo individual y lo colectivo, lo humano y lo divino en un ocurrir fragmentado, unívoco y onírico de la realidad y de la experiencia histórica. Epopeya que no glorifica, sino que críticamente indaga desplazando, condensando avatares en el arduo camino hacia la redención definitiva.
Fotos cortesía de Impulso Teatro