Un hombre que vive en la danza y la danza en él

Por Kenny Ortigas Guerrero

Cuando lo conocí, ya tenía referencias del gran artista que era, pero realmente esas categorías profesionales que te permiten llegar a la cúspide de una carrera, y que legitiman tu status frente a los demás, se quedan reducidas a un pequeño grano de arena ante la dulzura que se desborda de su calidad como ser humano. José Antonio Chávez Guettón es un hombre en extremo talentoso, que se ha labrado su camino profesional a golpe de empeño y abnegada resistencia por duras pruebas que le ha puesto la vida delante.

Su sapiencia de la cultura va más allá de los horizontes danzarios, y tiene el poder de seducir con su verbo diáfano y certero, a todo el que se sienta a conversar con él. Es diestro en varias materias en las que su intelecto se mueve con entera comodidad. Con un ritmo tenue que te acerca a la intimidad de su sensibilidad, te revela todo su amor por la danza y el magisterio. Para él la “bomba” es el motor impulsor, es lo que traduce la técnica en poesía. No se trata del sentimiento por sí mismo, se trata de profundizar en aquellos elementos y situaciones que son capaces de generar diferentes estados emocionales en el bailarín y que lo ayudan a dibujar desde el gesto un mundo de ensoñación al que aspira entregarse el público. La disciplina, el rigor en los ensayos, el concepto de la danza como pleno disfrute del alma y no como rígido compromiso laboral, son columna central de su diario hacer.

He tenido la oportunidad de participar en algunas de sus clases y ensayos como maitre y coreógrafo en el Ballet de Camagüey, y  donde, a pesar de sus 76 años -recientemente cumplidos-  impregna en cada sesión de trabajo una energía tan vivaz que pone de vuelta y vuelta a algún que otro jovencito. Por eso es común verlo desandar las calles de la comarca de pastores y sombreros, como si la fatiga y el agotamiento no estuvieran incorporados a su cotidiana dinámica. Chávez, el holguinero que se enamoró de Camagüey, nació el 23 de octubre de 1945.

Su vida ha sido toda una aventura que lo ha colocado en disímiles profesiones antes de ser bailarín. Primero, cursando la secundaria recibió clases de Artes Plásticas siendo un alumno aventajado en esta materia. En un segundo intento por entrar a estudiar artes en la Habana, y luego de alfabetizar en Santiago de Cuba en la comunidad Pinar de la Cana perteneciente al Cobre, logra matricular en la incipiente Escuela Nacional para Instructores de Arte, donde estudiaría teatro en el Comodoro –primera sede de esa escuela-,  en su estancia conoció y recibió clases de importantes maestros como Raquel y Vicente Revuelta.

En ese momento continuaba siendo un ferviente apasionado de la plástica y decide cambiarse a una beca para conferencistas en dicha especialidad, cuya sede radicaba al lado del antiguo Auditorio, hoy Amadeo Roldán. Estando ahí, reconoce a Maximiliano, un amigo de Holguín que era bailarín del Ballet Nacional de Cuba. Este lo invitó, y juntos comenzaron a visitar ensayos y clases de ballet que terminaron por fijar de manera absoluta, que el rumbo definitivo era bailar y que acompañado de los conocimientos de actuación y artes visuales, lo convertirían en un artista prolífero. No todo fue color de rosa, antes, vinieron otros tantos tropiezos, zancadillas…tuvo que regresar a Holguín a pasar el servicio militar en la UMAP, siendo este –como diría el mismo Chávez- un triste episodio. Cuando concluye a mediados de 1968, regresa otra vez para la Habana buscando fortuna en la danza.

Las oportunidades le continuaban siendo esquivas y la edad comenzaba también a representar un problema. Mientras buscaba alternativas, tenía que trabajar para sostenerse económicamente, de ahí que uno de sus primeros trabajos fue en Antillana de Acero, donde luego de 10 días comprobó que definitivamente estaba como pez fuera del agua y desistió. También fue a dar a la Empresa Nacional de Cabotaje en los muelles de la Coubre, ahí, aunque difícil al principio se acostumbró a dar “piqueta” (como un hacha pequeña con la cual se limpia la costra y herrumbre de los barcos).

En el mes de octubre del propio año 68 visitó la Habana el Ballet del Siglo XX, compañía de Maurice Béjart. Ese acontecimiento remarcó la huella sempiterna del ballet en el corazón de Chávez y cuenta que a duras penas consiguió una entrada para el gallinero y pudo ver una de las dos funciones que dio esa compañía. Por aquel entonces recibió una carta de un compañero que había conocido en el servicio militar donde le comentaba que en Camagüey hacía poco tiempo se había creado una compañía de ballet donde que se necesitaban bailarines, y que además le ofrecía su hogar para que viviera hasta que pudiera enrumbarse. Las cosas del destino lo situaban en una disyuntiva…renunciar a uno de sus dos sueños –el de vivir en la capital- por conquistar el otro: ser bailarín.

Así fue como hizo su bultico, montó en el tren y…ganaba Camagüey a quien sería en algunos años, uno de sus hijos adoptivos más ilustres. Con ahínco y perseverancia entró al colectivo camagüeyano, interpretando en un inicio personajes de carácter y más adelante tras participar en un taller para formar jóvenes coreógrafos que auspiciaba el maestro Fernando Alonso, se entregó por completo a este oficio aunque nunca dejó de bailar. En palabras del maestro, ser coreógrafo significa “bailar en el cuerpo de los demás” con todo el universo espiritual y técnico que ello implica.

Según Chávez dentro de sus obras más relevantes se destacan: Ofelia de 1981, inspirada en el personaje del clásico de William Shakespeare: Hamlet, Oda de 1987 y dedicada al generalísimo Máximo Gómez, El beso de la muerte de 1990 una reflexión del ser humano como devorador de sí mismo, una versión de Giselle para el Ballet de Camagüey en el 2009 y Alfonsina de 2019 que versa sobre la vida de la escritora argentina.

Son muchos los reconocimientos a lo largo de su carrera, resaltan: el Espejo de Paciencia máxima distinción que otorga la Dirección Provincial de Cultura en Camagüey, la medalla Raúl Gómez García, la distinción por la Cultura Nacional, la Distinción Milanés en Santiago de Cuba entre otras tantas. Ha viajado el mundo representando a Cuba y países como Italia, España, México, Bulgaria, Rusia y Colombia han gozado de sus creaciones. Material hay mucho sobre “mi querido Chávez” –así le llamo-, esto es solo un aperitivo de su fecunda carrera. De todo esto, yo me quedo con su frase de éxtasis en el momento que recibió el carnet que lo acreditaba como artista de ballet, luego de infinidad de avatares. Cuenta que salió corriendo feliz de la Dirección Provincial de Cultura en aquel octubre de 1970, llegó hasta uno de los puentes del Casino Campestre y gritó: ¡todo, todo valió la pena…lo logré!

Foto tomada del Perfil de Facebook de José Antonio Chávez Guettón

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