Había una vez…Vivir del cuento

Por Norge Espinosa Mendoza

Mi querido Rubén Darío Salazar es una fuerza de la naturaleza. Nada que se proponga es imposible, y es capaz de convencer al más testarudo para que se una a uno de sus proyectos cuando se empeña en conseguir lo que desea.

De esa energía viene la calidad arrasadora de Teatro de las Estaciones, siempre bendecida por la mano generosa de Zenén Calero Medina. Lo de Rubén no tiene cuándo acabar, se dice uno, al verlo celebrar esto y aquello, armar proyectos infinitos, trabajando cuando muchos otros duermen o se justifican en la carencia de esto o aquello para no hacer más.

Es el hijo de Silvia Taquechel, se dice uno, dejándose llevar por su pasión. Un director de teatro de veras, un artista de veras, es un creador de mundos. El ha conseguido que ese mundo que es Teatro de las Estaciones nos convenza, nos seduzca, nos sane el alma en momentos muy complicados, y ha sabido ampliarlo hacia nuevos horizontes. No contento con la presencia televisiva que nos ha dejado saber de su creatividad en estos tiempos amargos de pandemia, ayer se asomó al set del programa más seguido de la televisión cubana, y que es el mejor humorístico de toda su cartelera.

Vivir del Cuento se ha convertido en algo más que un espacio de risas: es el termómetro más fiel de nuestra realidad que dicho medio se atreve a poner ante nuestros ojos, a solo unos minutos del noticiero y otros espacios que a ratos parecieran comentar una realidad demasiado distante. El humor es un catalizador fundamental para el cubano. Por eso se le reclama tanto cuando no sale del aire, como pasó hace muy poco, y quedó a la vista un conjunto de nuevos programas humorísticos que por distintas razones ha generado debates, insatisfacciones y muchas reacciones a considerar, por extremistas que algunas hayan sido. De ahí que al anunciarse a Teatro de las Estaciones en Vivir del Cuento, con los títeres a la mano y Rubén como maestro de animación junto al elenco, uno podría preguntarse si eso no acabaría en descalabro.

Por suerte no fue así, todo lo contrario. La risa costumbrista, con tintes de sátira social, que ha caracterizado al espacio, se combinó con los títeres que reproducían a los personajes principales del espacio (gracias otra vez, Zenén Calero), para que la presencia de la figura animada no fuera una nota al pie o un añadido de paso. A través de esos dobles, títeres de guante, se filtró una crítica a ese tipo de funcionario que desconfía del arte como recurso para remover ideas anquilosadas, y que ve en el humor un espejo que solo revela sus propias sospechas. Los que hemos debido pasar por ese tipo de confrontaciones con quienes ven de manera obtusa cualquier asomo de crítica planteado desde el escenario, sabemos cuán seria y al mismo tiempo cuán ridículas, pueden ser esas exigencias que pretenden coartar las libertades de un artista para comentar, desde el valor desenmascarador de la risa, cualquier postura reacia al cambio o al comentario que puede denunciar aquietamiento o pereza, esos obstáculos que frenan el verdadero progreso.

El programa del lunes en la noche sacó el mejor partido de los títeres, mediante un guion ágil y chispeante, en el que se pudieron lucir nuevamente sus actores, incluso a través de sus dobles en el retablo.

El títere, aliado perenne de la comedia, volvió a alzarse aquí como arma útil en ciertas batallas nada distantes. Aquí el triunfo estuvo en no emplear a los títeres como elemento decorativo, sino en su ingeniosa relación con la trama, libres de la ñoñería que tantos imponen al retablo (esos títeres ñi-ñi-ñí tan insufribles) y que los propios muñecos, créanme, padecen no poco. La simbiosis entre el tono del programa y el carácter desacralizador de los títeres se justificó apropiadamente y no los redujo al papel de “invitados especiales”. Una señal que invita a la televisión a mirar al teatro con más certeza, a fin de que se dejen ver en la pequeña pantalla muchos de los talentos que desde artes y criterios diversos puedan enriquecer propuestas que, como aquí sucedió, terminen beneficiadas mediante estas colaboraciones.

Lo del humor en este verano televisivo da para muchos otros comentarios. La televisión, que puso muchos recursos en ese sentido, también debe repensar horarios, calibrar las opiniones del público, apostar por talentos nuevos, defender diversas texturas y perspectivas a la hora de establecer una programación, antes que lanzar una cascada de proyectos entre los cuales hay virtudes y defectos a señalar y estudiar, pero que por sí solas no siempre justifican la ineficacia de proyectos que desde su base se adivinan endebles -recordemos cómo, hace unos años, nos atosigó con una avalancha de concursos y programas de participación. En medio de ese debate, Vivir del Cuento sigue siendo la referencia más gustada y solicitada. Y salta a la vista por qué.

Son ya varios años siguiendo a Pánfilo y su tropa cada noche de lunes. Un pedazo de Cuba que se ríe a conciencia de nuestros problemas, y alienta a sus espectadores desde la sinceridad de cada programa, y que rinde tributo a toda una tradición del humor en TV que tuvo otros días de gloria en San Nicolás del Peladero, Casos y cosas en casa, Detrás de la fachada, y que continúa, con intermitencias, hasta el presente (Sabadazo, Jura decir la verdad, etcétera).

También hay una tradición de los títeres en la TV Cubana, y me dio gusto verlas en un mismo espacio, en ese episodio de anoche, en función de un público adulto, y hablando de nuestras problemáticas. Mucho me hubiera gustado haber visto al equipo de la compañía teatral así fuera entre el público de la función titiritera que casi acaba a cachiporrazos; espero que si retornan al set dejen a la indomable Silvia Taquechel decir alguno de sus poemas y robarse los aplausos. Gracias al equipo de Vivir del Cuento y a Teatro de las Estaciones por lo ofrecido anoche, por recordarnos, sin prejuicios ni falsas excusas, la verdadera utilidad del buen humor.

Fotos tomadas del perfil de Facebook de Rubén Darío Salazar

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