De Gilda, aquella clase inolvidable

Por Omar Valiño

Porque nació el 27 de agosto de 1913, y entonces su aniversario es mañana, pensé aprovechar el «pretexto» para dedicar esta columna a Gilda Hernández. Sin embargo, el sábado pasado, dentro de las jornadas por los 60 años de la Uneac, un encuentro se detuvo en Sergio Corrieri, a propósito de que él presidiera la comisión organizadora de su VII Congreso. Se me unieron, por tanto, madre e hijo en la perspectiva de esta evocación y no los quiero desligar, pero lo haré en dos partes por razones de espacio.

Como en la música, Gilda ocupó esa dificilísima función de la voz segunda, cuando ella y Sergio, junto a un pequeño grupo de actrices y actores, fundaron el Grupo Teatro Escambray en 1968. Allí, y así, permaneció hasta su muerte en 1989. Dos décadas que coronaron una vida dedicada al teatro.

Desde los años 50 se vincula al Prometeo de Francisco Morín y en la Revolución, desde el mismo 1959, a Teatro Estudio, donde comenzará a dirigir. En la eclosión escénica de los 60, parafraseando a Rine Leal, destaca su pertenencia al Conjunto Dramático Nacional y su conducción del Taller Dramático, así como sus puestas en escena de Réquiem por Yarini, de Carlos Felipe, y de Las brujas de Salem, de Arthur Miller, guardada entre lo mejor de nuestros montajes.

Su participación en El alma buena de Se-Chuan, aquel debut de la obra de Brecht en Cuba, marca para Gilda una influencia que atravesará tanto sus puestas como sus actuaciones hasta florecer por completo en la escritura de El juicio, en los inicios de la aventura del Escambray.

En un plano más personal, puedo entresacar aquí pasajes de un testimonio que brindé a la actriz Gina Caro, luego publicado bajo el título Gilda a mis ojos. Aún inédito, Gina persigue, desde hace tiempo, conformar un libro con diferentes miradas sobre Gilda Hernández para reverenciar la impronta creadora de esta mujer, menos presente y recordada de lo que merece.

Cuando de adolescente comencé a visitar La Macagua, el campamento del GTE en el lomerío del Escambray, nos invitaron al salón de ensayo a ver cómo Gilda ensayaba para una función especial de El paraíso recobrado. En realidad, cómo recuperaba para otros actores más nuevos esa obra de Albio Paz que ella había protagonizado de manera única. Fue mi gran oportunidad de ver a Gilda trabajando, enseñando algo que en aquel momento seguramente yo no comprendía del todo: la transmisión de la herencia del grupo en términos concretos. Porque se trataba de elementos artesanales, prácticos y, por qué no decirlo, también en términos ideológicos y de la propia trayectoria del grupo.

Años después, entre estudiantes de Graziella Pogolotti en la Facultad de Artes Escénicas del ISA, la conocí personalmente en el Escambray. Luego de su fallecimiento, y para mi investigación de tesis, pasé meses allí revisando papeles y fotos, haciendo entrevistas, confrontando opiniones y recuerdos. Emergió, en toda su dimensión, la extraordinaria importancia de Gilda Hernández en el grupo. Relevancia que, con el tiempo, he asociado a otras agrupaciones por la existencia de personas como Gilda. Suelen ser mujeres y son decisivas en los colectivos. Sentimiento maternal en un sentido amplio y liderazgo en zonas a las que los líderes masculinos no prestan tanta atención. Esa fue Gilda, con su esencial función: tramar el acoplamiento de técnica, ideas, memoria y humanidad. Ensamblar la utopía, como en aquella clase inolvidable.

En Portada: Carlos Padrón, Gilda Hernández, Raúl Pomares y Sergio Corrieri. Foto tomada de La Jiribilla.

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