Germen, huella y …presencia del Teatro Nacional de Cuba

Por Frank Padrón

“El teatro Nacional de Cuba atesora una de las historias más importantes de gran parte del movimiento teatral a partir de 1959”, ha escrito el premio Nacional de Teatro Gerardo Fulleda León. Para comprobarlo, al menos un poco, hay que visitar la exposición Teatro Nacional de Cuba, germen y huella, que en la Galería del Centro Cultural Bertold Bretch se expone hace varios meses[1].

Cita con la memoria y el devenir a través de las décadas, es posible gracias a la destacada diseñadora de vestuario Nieves Laferté (quien realizó la dirección general y curadoría junto a la también relacionista pública Alina Morante), y a la que asistimos mediante fotos, programas de mano y una selección de ropa empleada en obras significativas mediante maniquíes colocados al final de la sala.

No olvidemos que, como apunta el investigador Jorge Brooks Gremps, en el útil programa de mano, “la historia de la construcción del Teatro Nacional de Cuba, desde su proyección en 1951, fue una odisea. La Revolución se encuentra con una obra inconclusa, no obstante se decide abrir la institución el 12 de junio de 1959”.

A partir de entonces, el coliseo se convierte, más que en un espacio donde presentar obras escénicas y conciertos, en un verdadero centro cultural que irradiaba, promovía y era en sí mismo, arte , enseñanza, formación. Bajo la certera guía de la doctora Isabel Monal en los dos primeros años, se creó el departamento de Folklore que dirigiría el ya célebre etnólogo y compositor Argeliers León, mientras Ramiro Guerra, ese monstruo del mundo danzario, se encargó de la investigación en torno a ese campo, lo cual se correspondió de inmediato con la práctica: la fundación del Conjunto de Danza Moderna de la institución, que devino décadas más tarde la hoy prestigiosa Danza Contemporánea de Cuba.

Por su parte, lo específicamente teatral recayó en las manos de Fermín Borges, procedente de la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo (1953), antecedente inobjetable de muchas de las conquistas culturales tras el triunfo revolucionario, mientras la música fue regida en los primeros años por un nombre esencial en nuestras vanguardias: Carlos Fariñas.

De entonces a hoy, se pierde en el recuerdo la gran cantidad de galas, puestas en escena, conciertos, funciones de ballet y danza en general, eventos y festivales de los que ha sido (y es) (sub)sede mediante sus dos salas: la Avellaneda (mayor) y la Covarrubias, hogar perenne esta última de las presentaciones de la Orquesta Sinfónica Nacional los domingos en la mañana durante los últimos años.

Pero, ¿se pierde, escribí?. No del todo, gracias precisamente a una exposición como esta . El montaje de Sara Díaz y Harold López, apoyado en la producción de Niurka Avilés, ha cuidado la distribución espacial y el equilibrio entre la papelería y las instalaciones, sin olvidar la pantalla donde de manera audiovisual se recrean momentos importantes, de entre la inmensurable colección de estos, que nos devuelven desde ese lenguaje la historia viva y latiente del recinto.

Los vestidos hablan per se; demuestran el esfuerzo, dentro de tantas dificultades materiales y económicas como siempre hemos afrontado, de llevar a escena piezas del teatro universal, clásico, frecuentemente de épocas remotas que demandan estudio e investigaciones acaso mayores, además de recursos y mucho trabajo, algo de lo cual se traduce en esos pedazos de tela tan elocuentes de etapas y estilos.

Ello entronca, de manera simbólica y desde el lenguaje sintético de la sinécdoque, con todas las artes plásticas, que han sido constante y maravilla en el TNC; desde la especialidad de diseño, no solo de vestario –sino de interiores y escenografía- donde sobresalen nombres como los de Zilia Sánchez, Andrés García, Raúl Oliva, Salvador Fernández, Eduardo Arrocha…(muchos, como se aprecia, verdaderas instituciones fuera del recinto teatral) hasta la presencia de obras e instalaciones que, tanto en el lobby de sus dos salas como en sus verdes exteriores, han representado lo que más brilla y vale en esa manifestación.

Portocarrero, Raúl Martínez, Rita Longa, Adigio Benítez, Sandu Darie, se han hecho notar afuera, mientras dentro ha habido muestras de grandes virtuosos del pincel y/o la fotografía, como ocurre durante los festivales de ballet mediante fotos y gigantografías alusivas a Alicia y a figuras claves de nuestra escuela danzaria.

No ha quedado fuera, al menos en una pequeña muestra, la huella de tantos visitantes ilustres , tanto a nivel de personalidades de todos los ámbitos del saber y la cultura (desde Jean Paul Sartre a Maurice Béjart u Osvaldo Dragún, entre otros tantos) como de colectivos destacados a nivel internacional (Ópera de Pekín, Ballet Bolshoi, La Candelaria…), algo que ojalá hubiera estado un poco más presente, como quizá pudo visibilizarse más una práctica constante y trascendental del costado docente en el coliseo: los talleres de creación , que sobre todo en los años iniciales, fueron verdaderos laboratorios de (in)formación y capacitación de profesionales relacionados con el arte, en las más diversas disciplinas.

De cualquier manera, Teatro Nacional de Cuba, germen y huella, es un rescate oportuno, eficaz, elocuente de esa institución nuestra, orgullo de la cultura cubana y de mucho más allá. Ojalá, cuando todo regrese, otros  tantos  se lleguen al Centro Cultural de Línea e I para acudir a una cita inaplazable con la Historia y el imaginario de la nación.

“Qué representó para mí el TNC? Uno de los momentos más preciosos de mi vida”, ha escrito Sofía Farrés, “La Tía”, tallerista fundadora del mismo. Estoy seguro de que para muchos de nosotros también.

[1] Aunque cerrado por las condiciones epidemiológicas, los interesados pueden personarse cualquier día laborable en horarios de oficina y se les permite el acceso a la sala, guardados los conocidos y obligatorios protocolos sanitarios.

Fotos Alina Morante

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