Fotografía de ballet. Tercera parte: Del canon estético al hecho escénico

Por Isachi Durruthy Peñalver

Analizar los aportes de la fotografía de ballet, en su dimensión cultural y simbólica, a los procesos de desarrollo que han acontecido a lo largo de la historia del arte, implica desentrañar su entramada complexión a partir del reconocimiento de sus principales problemáticas. Legar a la posteridad los port de bras, pirouettes, tour jeté, fouettés… esa capacidad para retener el matiz dramático aportado por determinado personaje, un pequeño intervalo de tiempo, es tan efímero como el proceso mismo del ejercicio danzario. En tal sentido las posibilidades de inmediatez ofrecidas por la manifestación determinarán su compromiso con la irrepetibilidad de una puesta en escena. La alusión creativa o fidedigna del devenir técnico, estético y narrativo de la danza constituye un campo de formas en constante tirantez. Históricamente la fotografía se ha valido de disímiles perspectivas para eludir los planos convencionales. En el pasado, las vanguardias artísticas sugirieron la apariencia engañosa de una realidad, conscientemente modificada, en la que los creadores incitaban multiplicidad de lecturas al rechazar un sentido unilateral en la expresión. Pero los enfrentamientos entre originalidad y convención, no han de ser exclusivamente irreverentes pues responden a la impronta del vocabulario universal de la danza como portadora de ineludibles conexiones con su tradición.

“Nunca se ha olvidado que todo puede ser absurdo si su significación se agotase en su función inmediata”.[1] Ese estado poético, el lirismo, el sentido de intimidad que emana de la imagen bidimensional no ha de procurar tanto mostrar como perpetuar. El simbolismo, como experiencia cultural, ha condicionado la propia subjetividad del hombre al remitirlo consciente o inconscientemente a ese ideal que se trata de representar. La fotografía ha permitido eternizar los valores que se lo confieren a cada bailarín por sus cualidades en el escenario. En tal sentido, la  función del arte como lenguaje debe estar al servicio de una interpretación personal, capaz de traducir, clarificar y redescubrir los valores inherentes a cada artista sobre las tablas. En tal sentido la manifestación ha de concebirse desde los aportes que pueda ofrecer como testigo ocular del desarrollo de la danza y de la historia del arte en sentido general.

La tarea de una estética de la fotografía, y tómese esta expresión tanto en sentido objetivo como subjetivo, no consistiría en afirmar lo que la fotografía es, lo que desde siempre debe haber sido, sino lo que ha llegado a ser.[2]

Fotografía de Gene Schiavone. Tomada de la web

La total irreverencia hacia los cánones danzarios condiciona errores técnicos y estilísticos que hacen pensar a bailarines, maîtres, especialistas y público, que la obra carece de valor. Acercarse al mundo de la danza como pretexto, soslayando su sintaxis, gramática propia, evolución técnica y su vigencia contemporánea como lenguaje vivo, conduce a perspectivas desacertadas que empañan la validez estética y testimonial de la propia obra de arte. En tal sentido, el destacado fotógrafo estadounidense Gene Schiavonne, ha expresado:

Una fotografía es un momento en el tiempo que inmediatamente se convierte en pasado. Sin la fotografía, se desvanecería en la oscuridad como si nunca hubiera sucedido. Si la fotografía se pierde, eventualmente también lo hará el bailarín. Cuando miras la imagen plana, puedes ver una forma hermosa o un movimiento y vestuario hermosos, sin embargo, eso es solo la superficie, la vista bidimensional. Necesitas mirar más profundo (…). [3]

Tradicionalmente las artes plásticas han constituido plataforma testimonial imprescindible de los sucesos escénicos; un instrumento de comunicación muy provechoso para enriquecer las proyecciones visuales y conceptuales de avanzada. Enaltecer al ser humano que ha sido capaz de lograr altos grados de virtuosismo técnico y expresivo constituye uno de los valores fundamentales para las generaciones ulteriores. La obra de arte no solo puede comunicar directamente su función, es además un signo estético. Como realidad sensible es plenamente autónoma; comunica y nos remite a una multiplicidad de sentidos. De tal manera la fotografía de ballet es, a su vez, testigo y hecho, fin y medio.

Cuando el célebre crítico inglés Arnold Haskell afirmaba que “una fotografía de Nijinski dice más que cien películas sobre él” [4], se refería al contenido perdurable de la manifestación, a su permanencia incuestionable como partícipe y portavoz de una verdad histórica irrefutable que posee extraordinarios valores culturales.

Carlos Quezada. Male Dance Proyect

En los últimos años la función testimonial de la cámara ha sido conjugada con recurrentes discursos que trasfiguran y estilizan, aún más, el lenguaje asentado en décadas precedentes. Creadores de enorme prestigio como el ruso Mark Olich o Gene Schiavonne han configurado un prolífero camino en el que la imagen danzaria resalta por su originalidad, impacto y poder de seducción. Visualidad que se incluye dentro de una condición global que ponen en evidencia la diversidad de cruces, enunciaciones y referentes culturales que se utilizan en nuestro tiempo.

El panorama contemporáneo apunta hacia la consolidación de un carácter intercultural, heterogéneo, apoyado en la experimentación digital con la imagen, la libertad sin fronteras y la expansión a nivel geográfico pues se distinguen fotógrafos de diversas naciones de Europa, Estados Unidos, Latinoamérica y hasta Australia. Algunos de estos elementos son perfectamente perceptibles en la medida que:

  • Irrumpen creadores jóvenes que estarán enfocados en presentar su obra a miles de seguidores como parte del flujo súper dinámico de redes sociales sobre todo Instagram. Aquí se distinguen las norteamericanas Dane Shitagi, Brooke Trisolini, Eva Nys y la australiana Belinda Stronner.
  • La parodia, como elemento discursivo, emerge a través de la rememoración del erotismo y la sensualidad de las figuras representadas. El colombiano Ruven Afanador, uno de los grandes exponentes de la fotografía de moda, imitó las atmósferas idealizadas de las obras litográficas del siglo XIX en su serie Sombras de 2005. Faunos, bailarines y demás modelos son inspiración directa de la tradición clásica del ballet.
  • Permanece un minimalismo escenográfico que bebe, sobre todo, de la glamurosa línea trazada por maestros del mundo de la moda como Irving Penn. Ruven Afanador impuso un sello distintivo a partir de su aclamada serie Mil Besos, realizada en 2009
  • La elegancia y belleza del movimiento devela un enorme potencial expresivo. La norteamericana Lois Greenfield, con sus soberbias imágenes de estudio, el ruso Alexander Yakovlev quien materializa las trayectorias que dibujan los brazos y las piernas añadiendo elementos complementarios como harina y el mexicano Carlos Quesada, con sus poderosos retratos de bailarines masculinos, son grandes ejemplos.

Indudablemente al carácter tradicional de la manifestación se suma esta nueva oleada de artistas que comunican con la cultura exterior, sin temor a capturar, desmontar o readaptar la mirada en torno a la danza clásica, moderna y contemporánea. La intrépida apertura del lente y su raigal esencia renovadora configuran un horizonte de producción artística múltiple y multiforme. Una interesante cosmovisión estética del ballet, el movimiento, el gesto danzante en continuo diálogo con la cámara,  que nos hace pensar que sus esfuerzos y potencialidades aún tienen mucho por decir.

Foto de Portada: Ballerina Project por Dane Shitagi. Tomada de Pinterest

Referencias bibliográficas:

[1] Huizinga, Johan. La decadencia del simbolismo. Capítulo XV. “El otoño de la Edad Media”. Texto digital del Centro Teórico Cultural Criterios. Carpeta Los mil y un textos en una noche. Volumen I.

[2] Caja, Francisco. “Fotografía y Modernidad”. Texto Digital del Centro Teórico Cultural Criterios. Carpeta Los mil y un textos en una noche. Volumen II.

[3] Ver Más allá del lente: Concurso Internacional de Fotografía de Danza Alicia Alonso 2021. www.cubaescena.cult.cu

[4] Haskell, Arnold. ¿Qué es el ballet? Instituto Cubano del Libro. La Habana, 1968. p. 65.

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