Fotografía de ballet en Cuba: Los inicios (Primera parte)

Por Isachi Durruthy Peñalver

Los antecedentes de la fotografía de ballet en Cuba aparecen estrechamente vinculados a la Escuela de Ballet de la Sociedad Pro Arte Musical. Fundada en 1931 por iniciativa de la asociada Natalia Aróstegui, este fue el primer espacio cultural capacitado para la enseñanza de la danza en la Isla.[1]

Aunque los directivos no tenían como propósito formar artistas profesionales, sí desarrollaron una labor promocional que requirió la colaboración de periodistas, escritores y, por supuesto, fotógrafos. Uno de los casos más interesantes fue el de Joaquín Blez Marcé, el fotógrafo del mundo elegante (Santiago de Cuba, 1886-La Habana, 1974). Como resultado de su prolífera variedad temática, encontramos instantáneas de directivos y jóvenes integrantes de la Escuela de Ballet. Un dato curioso de esta colaboración es la imagen del debut escénico de la niña Alicia Martínez del Hoyo (Alicia Alonso), acontecido el 29 de diciembre de 1931, en el antiguo Teatro Auditórium de La Habana.[2]

En los retratos de estudio tomados por Blez, la representación danzaria funciona más bien como completo de sus figuras.; caracterizadas con pomposos maquillajes, peinados y trajes típicos, poses sugestivas, el decorativismo de grandes telones o la suntuosa escenografía. Durante estos años el retrato

“toma de la pintura su carga de jerarquización social, desde la postal del estudio fotográfico hasta toda clase de imágenes que se congelan en poses, como un vocabulario estudiado de aspiraciones y frases hechas”.[3]

Bailarina, Joaquín Blez, Archivo de la Fototeca de Cuba.

Las sinuosas apariencias lumínicas que el artista manejó con destreza reflejaron el afán por ampliar las posibilidades expresivas de su medio. Ello fue posible gracias al procedimiento de encubrir el lente con una gasa de seda, método utilizado previamente en Francia por Adolf de Meyer (1868-1946) y retomado con genialidad en su popular estudio. Las imágenes conservadas en el archivo de la Fototeca de Cuba, pertenecientes a la década del veinte y treinta del siglo XX, refieren el sentido de la imagen danzaria como complemento comunicativo de un indudable glamour.

Como artífice de perspectivas y recreaciones idílicas, Joaquín Blez supo perpetuar las más vivas expresiones. Su obra se impone en la historia de la fotografía cubana como punto de partida irrefutable para la comprensión de un sentido de artisticidad nunca antes apreciado, sin embargo, no podría hablarse de la existencia de la fotografía de ballet como temática constituida en Cuba hasta principios de la década del cuarenta del siglo XX. Hasta este momento los acercamientos efectuados indicaban una intención de plasticidad fuertemente adherida al legado de la tradición pictórica y fotográfica europea. La danza como complemento visual supeditado a las bien logradas pretensiones de artisticidad.

Alberto Alonso en Amor Brujo, 1941. Fotografía de Julio Berestein. Archivo Museo de la Danza.

Durante la década de 1940, la fotografía de ballet alcanza un punto paradigmático con las aportaciones de un minucioso artista: Julio López Berestein (1917-1968). Especializado en la fotografía de estudio, la publicidad y los retratos de modas, desarrolló un estilo personal que lo convirtió en uno de los fotógrafos más importantes de su época. A diferencia de Joaquín Blez, trabajó de manera asidua junto a la Sociedad Pro Arte Musical. No solo realizó retratos de profesores y artistas extranjeros vinculados a esta institución como Ana Leontieva, María Karnílova, John Kriza o los cubanos Fernando y Alberto Alonso, también documentó versiones coreográficas que allí tuvieron lugar. En el caso de Pedro y el Lobo, inspirada en el original para narrador y orquesta de Serguéi Prokofiev, sobresale el manejo audaz de las tonalidades sepia en un ambiente que trata de captar la espontaneidad e inocencia de los integrantes de la Cátedra de Ballet Infantil.

En 1943, incitado por el estilo del pintor impresionista Edgar Degas, Berestein realizó uno de los antecedentes más destacados en la experimentación con la imagen fotográfica de ballet en la Isla. En esta serie el fotógrafo retomó diversas poses de las afamadas bailarinas pintadas por el maestro francés, recreándolas en una atmósfera en la que predomina el claroscuro. La joven modelo Alicia Alonso, absorta en sus pensamientos, nos remite explícitamente al original impresionista. El fondo emana casi ausente, disipado en la negritud del ambiente. La suavidad en el manejo de las tonalidades, logradas a través del dinámico contraste entre luces y sombras, acentúa la trascendencia de la gestualidad de la figura femenina. Berestein eludió los estereotipos alcanzados por la fotografía de ballet hasta ese momento, o sea la preeminencia de una imagen enaltecida del bailarín, apostando por una innovación bidimensional cimentada en el manejo creativo de los elementos formales. Al igual que el célebre pintor, hizo trascender el gesto danzario con ingenio y delicadeza. Más que enunciar, sugirió armónicamente esa coordinación estética inherente a toda manifestación artística. El estudio fotográfico sobre Edgar Degas evidenció las potencialidades innovadoras de nuestros retratistas, infundiéndole nuevos bríos a la novísima relación que acontecía en Cuba entre la danza y la fotografía.

Alicia Alonso como modelo de Julio Berestein para su estudio sobre Edgar Degas (1943). Archivo Museo de la Danza.

La prolífera labor desarrollada por Berestein explicitó el interés de muchos creadores nacionales por mantenerse a la par de ese influjo modernista que desataba múltiples experiencias tanto a nivel formal como conceptual y tecnológico.[4] Sus notables ejecuciones trasgredieron el sentido propagandístico y en las instantáneas dedicadas al ballet emana su notable manejo de la técnica fotográfica, su virtuosismo para captar retratos, la apetencia perenne de un resultado estético dignificante. Favoreciendo así una intencionalidad que rompió con la linealidad temática del momento, sus aproximaciones revelaron una estimulante vocación intelectual, palpable en las palabras del prestigioso crítico Gómez Sicre:

“Que sea Julio Berestein, un fotógrafo comercial, quien da esta certera muestra nos satisface aún más porque nos viene a convencer de que aquí existen artistas irreductibles por el medio y es ello magnífico presagio para el futuro”.[5]

Esta serie colocó como centro de las innovaciones artísticas a una joven bailarina que aún no había alcanzado su posterior notoriedad en la cultura cubana. Por primera vez, Alicia Alonso emanaba como inspiración y musa de una experiencia visual trascendental, suceso que enunciaba su futuro y decisivo rol en los más renovadores procesos artísticos de la nación.

El interés de nuestros fotógrafos por mantenerse informados de las innovaciones y tendencias foráneas, posibilitó que la imagen de ballet no se “desfasara” con respecto a los discursos promulgados por artistas extranjeros. En tal sentido Armand, el fotógrafo de las estrellas (Armando Hernández López, Matanzas, 1905 – EE.UU, 1992) fue uno de los más significativos exponentes. Siguiendo la línea trazada dos décadas atrás por Joaquín Blez, lo fundamental era brindar una imagen enaltecida de la figura representada.

Bailarina, Joaquín Blez. Archivo de la Fototeca de Cuba.

Armand construyó un universo distintivo que dejó profundos vestigios en el panorama cultural de su época. Con él, la fotografía de ballet cristalizó definitivamente hacia la conformación de un escenario construido en el que la danza dejó de ser ornato de divagaciones suntuosas para convertirse en hecho estético con explícitas intenciones publicitarias y propagandísticas. Su instinto, sensibilidad y carisma concretaron los nacientes esfuerzos de los fotógrafos cubanos por ampliar las posibilidades significativas de su medio.

Como miembro de la Unión Nacional Fotográfica desde 1942 y más tarde de la Primera Escuela Técnica Nacional del Arte Fotográfico, su obra caló hondo en la prensa plana de la época, según la cual

“nadie se considera enteramente consagrado mientras el genial artista que es Armand no lleva su silueta al celuloide, dejando en el mismo, para la posteridad, la fama y el recuerdo, la mejor de las constancias”.[6]

Durante la década del 50, su estudio en La Habana fue sin dudas uno de los más frecuentados por los integrantes de entonces Academia de Ballet Alicia Alonso[7], valiosas imágenes conservadas en los archivos del Museo Nacional de la Danza así lo ejemplifican.

La significativa ganancia en cuanto a la calidad visual refirió los estrechos contactos con los lenguajes estéticos provenientes de Europa y Estados Unidos. Si es cierto que en la obra de Armand, los fondos y la escenografía carecen de la rigurosidad demostrada por sus contemporáneos norteamericanos (Walter E. Owen y Maurice Seymour, por solo citar algunos), que el manejo de la iluminación es menos detallista y arriesgado, su obra sobresale por el extremo cuidado promulgado hacia la técnica danzaria, la naturalidad que emana de las escenas, el refinado gusto por afianzar el prototipo femenino delicado y elegante sin eludir su gracia, encanto y dramatismo.

Fernando Alonso en el personaje de Icaro, en la década del 40. Fotografía de Julio Berestein. Archivo Museo de la Danza.

Paralelo al importante papel desempeñado por este fotógrafo, durante las décadas del cuarenta y cincuenta, la prensa también recogió numerosas instantáneas de ballet realizadas por fotógrafos cubanos. Publicaciones periódicas como las revistas Bohemia, Carteles, Grafos Havanity, los periódicos Información, el Diario de la Marina, por solo citar algunas, se hicieron eco de los espectáculos y las presentaciones del entonces Ballet de Cuba.

Los anuncios publicitarios, programas de ballet, boletines, las carteleras informativas del Teatro Auditórium y las entrevistas a sus directivos, fueron las más usuales. Muchas de estas noticias se ilustraban no solo con imágenes de fotógrafos norteamericanos como Maurice Seymour y Walter E. Owen, lo hicieron también con relevantes figuras nacionales como los ya mencionados Julio Berestein, Armand y en menor medida Narcy.[8]

[1] Padrón, Sigryd. La Sociedad Pro Arte Musical. Ediciones Unión, 2009. Premio Anual de Musicología Argeliers León.

[2] En aquella función ofrecida por los estudiantes de Pro Arte Musical, Alicia Alonso, con 11 años de edad, interpretó el Grand Vals de La bella durmiente del bosque.

[3] Llevat, Mabel. “Solemnidad y Funcionalismo de la fotografía en Cuba”. En FC. Anuario de Fotografía Cubana. No. 0 año 2005. p. 48

[4] Entre 1955 y 1968 trabajó como fotógrafo del Instituto Nacional de Cultura, que entonces tenía como sede el Palacio de Bellas Artes. Alternó esta labor con la sección “Lo que puede usted ver en el Museo Nacional” en el Diario de la Marina y como colaborador asiduo de la Revista Nacional de Teatro.

[5] José Gómez Sicre. Catálogo de la exposición Retratos de intelectuales y artistas cubanos de Julio Berestein en el Lyceum de La Habana. 17-20 de febrero de 1943.

[6] Tomado del Diccionario de la Fotografía Cubana de Ramón Cabrales Rosabal, en proceso de edición por la Editorial Boloña de la Oficina del Historiador de la Ciudad de La Habana.

[7] La fundación del Ballet Alicia Alonso en 1948, supuso la creación de la primera academia con fines profesionales en Cuba. En 1955 pasó a denominarse Ballet de Cuba, esta sería la génesis indiscutible del prestigioso Ballet Nacional de Cuba.

[8] Narcy, nombre artístico de Ibrahím Arce Olazábal (Camagüey, 1908 – La Habana, 1968) Comenzó como ayudante en el estudio de Armand. Se especializó en retratos de estudio, novias y de glamour para artistas de la radio, el teatro y la televisión cubana. Su estudio radicaba en la calle San Nicolás, entre Concordia y Virtudes, Centro Habana.

En portada: Alicia Alonso caracterizada para El Lago de los Cisnes, fotografía de Armand. Archivo del Museo de la Danza.

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DamasDanza(s) Susana Pous, España/Cuba

Bailarina, coreógrafa, profesora, directora de MICOMPAÑÍA Siempre he creído que el arte nace entre grietas. Entre las grietas de lo...

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